Se vuelve a hablar estos días de la necesidad de una NUEVA EVANGELIZACIÓN en España. Nosotros llevamos el Evangelio a medio mundo. Ahora parece que ese medio mundo nos debe evangelizar a nosotros. En nuestra patria el Señor suscitó grandes instituciones y movimientos evangelizadores. Ahora da la impresión que esos métodos debemos importarlos de fuera. Así es la historia de la salvación.


                 Lo que importa es que las personas descubran a Dios, y se comprometan seriamente con la fe que reciban. Los métodos nos pueden ayudar para propiciar ese encuentro personal con el Señor. Desde mi experiencia expongo unas anotaciones sobre medios para evangelizar que tenemos al alcance de nuestras parroquias y comunidades.

                Hay que partir del dato constatado a diario: Las masas solo se mueven, generalmente, por el sentimiento y la emoción, de ahí nace la llamada religiosidad popular. Pero esas masas fácilmente se desinflan cuando el foco (llámese procesión, fiesta patronal, celebración familiar, etc.) con toda su parafernalia se ha apagado. Como no nace de un convencimiento profundo y una religiosidad comprometida, y por tanto no arraiga en una comunidad sino en una masa ocasional, esa fe manifestada es muy efímera. La prueba está en que no suele cambiar el itinerario de las personas, por mucho que lloren por la impresión del momento.  No habrá que cortar ese hilillo que les une a lo trascendente, pero no poner mucha confianza en ello. Hace falta algo más “fuerte” y eficaz.

                El Señor ha suscitado en España, a lo largo de la historia, verdaderos movimientos o focos de evangelización. Unos que cristalizaron en comunidades religiosas, y otros fundamentalmente laicales.

                Entre los primeros tenemos a todo el movimiento misionero de la Orden de Predicadores fundada por Santo Domingo, que ha dado muchos teólogos y predicadores, piénsese en Santo Tomás de Aquino, por ejemplo. Ellos  llevaron el Evangelio a gran parte de Europa e Hispanoamérica.

                Los Jesuitas, fundados por San Ignacio de Loyola, que no hace falta decir el mucho bien que han hecho a la Iglesia durante siglos. La misma Orden religiosa ha promovido movimientos de espiritualidad que han alimentado durante mucho tiempo al Pueblo de Dios.

                Las y los Carmelitas descalzos, verdaderas comunidades orantes que han alimentado la fe durante tanto tiempo, y cuyos fundadores (Santa Teresa y San Juan de la Cruz) siguen moviendo almas y vocaciones.

                Otras muchas fundaciones religiosas dedicadas a la enseñanza, a la atención de necesitados, y a la colaboración en la pastoral diocesana y parroquial.

                Ya en el siglo XX hay un salto cualitativo en cuanto a los destinatarios de distintas fundaciones, asociaciones, movimientos, realidades eclesiales, etc. Son los laicos los verdaderos protagonistas de la evangelización que estas instituciones promueven. La Acción Católica se convertirá en un verdadero ejército de jóvenes y adultos al servicio de los apostolados institucionales. El Opus Dei, que llegaría a ser Prelatura de acuerdo con la norma canónica, fundado por un sacerdote diocesano, San José María Escrivá de Balaguer, y cuya finalidad es promover la santidad en medio del mundo de todos los bautizados, de cualquier condición y estado. Los Cursillos de Cristiandad, que pretenden  en tres días poner al cristiano en una pista de lanzamiento para vivir su fe en el mundo, en su parroquia, en su grupo. Del Cursillo de Cristiandad nacerá la Renovación Carismática Católica, con la finalidad de estar abiertos a los carismas del Espíritu Santo en un clima de gran alegría y espíritu comunitario. Tiene la renovación vocación de evangelización masiva a través del testimonio, del canto, de la celebración, con una gran carga afectiva. También nacen de los Cursillos la Comunidades Neocatecumenales  que,  como su nombre indica,  pretenden reavivar en el cristiano las gracias de su bautismo mediante las exhaustivas catequesis que desembocan en la pertenencia, casi de por vida, a una comunidad fuertemente dirigida por sus catequistas. En poco tiempo ha logrado extenderse por casi todo el mundo con una gran disposición de servir a la Iglesia. Y hay otros movimientos,  familiaristas, asistenciales, espirituales, etc, de menos envergadura pero que aportan el espíritu que Dios les da.

                Puedo hablar de mi experiencia personal.  He sido en mi juventud de la Acción Católica, ya de sacerdote Director Espiritual del Movimiento de Cursillos de Cristiandad. He sido Consiliario Diocesano de la Renovación Carismática. Consiliario Diocesano de la Asociación de Viudas.  Pertenezco al Opus Dei como sacerdote agregado de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Soy Consiliario Diocesano del Movimiento “Apostolado de la Divina Misericordia”.  De las Comunidades Neocatecumenales solo tengo la grata experiencia de las amistades que me unen a personas que a ellas pertenecen, y de las que considero cristianos realmente comprometidos. Pienso que harían un bien mucho mayor si de verdad estuvieran arraiga en la Parroquia, cada una en su parroquias con su párroco correspondiente, y trabajando al unísono.  He desarrollado en mi parroquia los llamados “Cursos Alpha”, con buen aprovechamiento. Cada iniciativa  con su estilo, pero todos con el mismo fin. Lo importante en tirar todos del carro en la misma dirección.

                Advierto que en la Iglesia tenemos la tendencia a ir cada uno por su camino, mirando con recelo al que va por otro distinto, y en muchas ocasiones luchando unos contra otros, como si fuéramos enemigos fanáticos de distintas religiones. Este es el obstáculo más serio para lograr una verdadera evangelización, nueva o la de toda la vida.  Por eso el Señor nos dio el Mandamiento Nuevo, y nos dijo que nos queramos unos a otros. Somos una sola Iglesia.

                La Iglesia es como una gran barca en la que todos estamos enrolados, pero para remar en la misma dirección e intentar que lleguemos a buen puerto. Cuando cada uno rema como quiere, se desata en el interior de la Iglesia una fuerza centrípeta que nos atrapa en su remolino sin dejarnos avanzar. O también una fuerza centrífuga que nos dispersa de tal manera que se pierde la unidad. La Iglesia entonces ya no es comunidad, sino desorden. En este barco en el que navegamos cada uno ha de cumplir su misión, y hasta el último marinero es imprescindible para que la travesía sea feliz.

                En todo proceso de evangelización hay que tener en cuenta que dependemos de un trípode sin el cual todo el “tinglado” se nos viene abajo. Las patas de este trípode son los clásicos: vida espiritual, formación y acción. Tal y como Jesucristo  lo vivió y estableció: mucha oración y celebración, profunda formación partiendo de la Palabra de Dios, y acción caritativa y misionera.  Sin este trípode podemos caer en el error del espiritualismo desencarnado, o en el secularismo desacralizado. El apóstol laico moderno debe ser un hombre de oración, de buena formación y de una acción bien pensada de acuerdo con su condición secular.

                No todas  las piedras pueden pertenecer a la “fachada de la catedral”, pero la fachada no se podría sostener si no hubiera unos buenos sillares, enterrados, que están sosteniendo todo el edificio. Es decir, que unos pondrán más empeño en la oración, y otros en la acción, pero todos sobre el mismo trípode que nos permite una vida cristiana sólida.

                Si tuviera que indicar cuáles son  los pilares imprescindibles para una verdadera vida cristiana y una eficaz evangelización, yo diría los siguientes: Oración, Palabra de Dios, Eucaristía, Confesión y Penitencia.  La experiencia la tenemos en el espíritu de los conocidos santuarios marianos. Son millones los fieles que han encontrado allí la fe verdadera, y siguen el programa que les ofrece la Virgen. No estaría nada mal fomentar las peregrinaciones a estos lugares tan entrañables donde la Virgen nos espera. Nos empeñamos en planteamientos perfectamente estudiados desde los despachos, y nos podemos olvidar de lo elemental que nos ofrece el Evangelio. La Evangelización es tarea de santos. Siempre lo ha sido. Y de eso se trata.

                Por todo ello yo sugiero que en las parroquias se fomenten los ejercicios espirituales, los retiros, las jornadas de oración, los ciclos de formación, el cine-fórum,  las buenas lecturas. Es muy recomendable el reparto periódico de una hoja parroquial muy personal, sencilla, pensada para esa misma parroquia. Imprescindible un horario diario de confesiones, y fomentar la dirección, o acompañamiento, espiritual. Celebrar muy bien las fiestas parroquiales. Cuidar con esmero la Misa Dominical, con una homilía sencilla, bien pensada, y breve, que les llegue al alma, exponiendo la Palabra de Dios proclamada de modo que la sepan vivir con ilusión. Cuando la Misa es con niños sabemos que hablándoles a ellos se enteran mejor los padres.  No está de más que de vez en cuando al finalizar la Misa se organice una fiesta infantil, o unos juegos. Los padres son los que más disfrutan, y así se crean lazos entre ellos.

                La labor es lenta, pero es muy importante no perder la calma y la alegría. Algunos sacerdotes se “queman” por no ver los frutos de inmediatos. Calma. La mies es mucha, pero muchas veces no se deja segar. Y no digamos cuando en ella se siembra cizaña. Las ovejas se descarrían más de la cuenta. Recuerdo la contestación de un sacerdote al obispo nos hablaba de buscar la oveja perdida. El sacerdote, un tanto descorazonado, dijo: Sr. Obispo, a mí se me han descarriado las 99 y me he quedado con una. Hubo risa contenida porque afloraba ahí un problema serio.

                Yo me quedo con aquellas palabras de Cristo: “No perdáis la calma… tener fe… Yo he vencido al mundo”.  Nueva Evangelización quiere decir nueva ilusión, objetivos renovados, odres nuevos para el vino nuevo. “Yo hago nuevas todas las cosas”. Y una total confianza en la Gracia de Dios. La unión hace la fuerza, no lo olvidemos.

Juan García Inza

Juan.garciainza@gmail.com