Saliendo de Madrid por la nacional 1 o carretera de Burgos llegamos al cabo de hora y media a las tierras de Aranda, en plena Ribera del Duero. Muy cerca de allí en Caleruega nació Domingo de Guzmán, fundador de los dominicos, allá por los años 1170. Son tierras de perfil suave y recia contextura. Una tierra muy agradecida al agua y que guarda muy bien la humedad. Con lluvias adecuadas para sembrar en otoño y un riego oportuno en el mes de Mayo es suficiente para asegurar una buena cosecha. La mayoría de los días del año luce el sol y, a pesar de que el clima es estepario y fresco no abundan las brumas ni las nieblas sino que el cielo está alto y azul. No predomina allí  la suavidad de otros climas ni la delicadeza de otros paisajes, pero se entiende muy bien que un hombre recio, duro y extremadamente voluntarioso como Domingo naciera en ese entorno.

 
La cultura del vino es también, uno de los consuelos tradicionales del lugar. Hasta hace poco, que aparecieron las cooperativas, cada casa tenía su bodega familiar. La familia vendimiaba, pisaba la uva, fermentaba el vino, lo criaba y se lo bebía, estableciéndose una sana competencia entre las distintas bodegas para ver quién sacaba el vino mejor. Cada cual cantaba con orgullo las alabanzas de su propia cosecha. Conozco algún paisano de Caleruega que me aseguraba que desde mozo no había probado el agua y que con dos o tres litros diarios del clarete de su propia bodega le bastaba para hidratar sus células después de las duras labores del campo.
 
Otro de los elementos del paisaje son los rebaños de ovejas, un blanco muy típico sobre el ocre del terruño. No sabemos de cierto si a Domingo le gustaba el cordero asado, pero es una realidad hoy día la fama que tal manjar le procura a la región. Más tarde en el sur de Francia, donde pasó muchos años, tuvo ocasión de rememorar recuerdos de la infancia ya que, aunque en clima menos extremo, el paisaje, las vides y los rebaños son muy parecidos a los de su tierra natal. Las raíces de cada cual configuran su alma y modelan su carácter. Sabemos que nunca perdió cierta afición al vino Su recia fe y su intrepidez conquistadora brotaron de ese humus castellano en el que nació.
 
Quisiera encuadrar en unas pocas páginas la vida y el significado de Domingo de Guzmán y su orden. Sabemos que sus padres eran nobles de las familias de los Guzmanes por parte del padre y de Aza, de la madre. Tanto Guzmán como Aza son dos pueblos en plena ribera del Duero donde actualmente se producen buenos vinos de marca. Ambos poseen bellos vestigios y monumentos del pasado que algún día habrá que visitar ya que están a menos de dos horas de Madrid.
       
Igualmente sabemos que hacia los siete años le enviaron con un tío suyo a un pueblo cercano, Gumiel de Hizán, cuyo letrero vemos en la autovía A1, entre Aranda y Lerma. También en Gumiel hay vestigios preciosos para visitar. El tío era sacerdote por lo que sabía al menos leer y escribir, enseñándoselo al niño junto con las primeras letras. Yo imagino a tal tío de mentalidad muy abierta y casi librepensador porque en esa época había una durísima controversia no sólo social sino teológica que afectaba a las conciencias de la gente. El hecho de enviarle a estudiar a Palencia a un Estudio General o Universidad, la primera de España, bajo el Rey Alfonso VIII de Castilla, es prueba fehaciente de lo que digo.
 
 
Tiempos revueltos
       
¿Qué sucedía en aquellos tiempos? Estamos a principio del siglo XIII, hacia el año 1200. Nosotros conocemos bien los cambios sociales, las modas, las luchas generacionales. Nos parecen cosas de nuestros tiempos pero estamos muy equivocados. La controversia y tensión social en dichos años medievales fueron tan virulentas y revolucionarias como las de ahora. Incluso iban más al fondo de lo personal. La sociedad monolítica, dominada por los aristócratas señores feudales, se venía, poco a poco, abajo. El feudalismo y la organización de la sociedad de aquel entonces se consideraban de derecho divino. Nada sucedía, según aquella mentalidad, sin el beneplácito divino. El conde, el marqués, el aristócrata y todo la jerarquía social con sus diferencias lacerantes de clases era querido por Dios y por lo tanto intocable. El hecho de ser pobre y plebeyo era un designio divino. Nadie discutía tal estatus. Lo aceptaba la Iglesia, lo defendía la Teología, lo veían normal los de arriba y hasta el pueblo, sometido y esquilmado, lo veía bien y nunca se le ocurrió discutirlo.
 
San Isidro se pasó toda la vida trabajando para otro porque sólo los aristócratas tenían derecho a poseer la tierra. Y les parecía normal. Incluso los nobles no abrigaban el sentimiento de ser unos explotadores. No era gente malvada. Visto desde ahora nos parece imposible que la religión cristiana amparase tales cosas pero la cultura de cada época se interioriza al nacer y parece lo natural. No podemos juzgar a la gente de aquella época pero tales datos nos sirven para conocer mejor la condición humana y valorar lo que le cuesta al evangelio purificarse a través de las diversas culturas.
 
Ahora bien, dentro de las sociedades hay una dinámica de cambio que se nos impone sin poder controlarla fácilmente. Así en el propio seno de tal sociedad monolítica se incubó una nueva clase social que iba a dar al traste con lo que se presumía inamovible. En efecto, alrededor de los castillos fueron surgiendo pequeños burgos o villas en los que habitaban industriales, agrupados para el servicio de las fortalezas. Los nobles y su gente armada, necesitaban obreros y no sólo labradores. Poco a poco, esta gente se fue independizando, convirtiéndose en artesanos y mercaderes que traficaban con la materia prima del campo. Con el tiempo cobraron fuerza, se fueron enriqueciendo y surgió con ellos una nueva concepción de la vida.
 
Estos burgueses, habitantes de los nuevos burgos o ciudades, no se dieron por satisfechos con las riquezas. Buscaban algo más. Lo primero de todo salir de su analfabetismo. Se puso de moda el estudiar y el saber y se fundaron escuelas por doquier, las cuales dieron origen a las universidades. La primera fue la de París pero detrás vinieron otras muchas. Además el burgués sintió la necesidad de asociación en defensa de sus intereses y así se poblaron las ciudades donde las calles eran ocupadas por los diferentes gremios: tejedores, sastres, zapateros, curtidores, forjadores, herreros, panaderos,  etc.
 
El sentimiento de libertad alegraba el corazón social y la mentalidad se hizo mucho más humanista. El hombre empezó a fijarse en su prójimo y a necesitarlo no sólo económicamente sino como persona. Con esto cambiaron de signo las relaciones humanas e interpersonales. Todavía era una época profundamente religiosa y a nadie le pasaba por la cabeza un cambio cultural alejado de Dios. Eso llegó más tarde. No obstante, el nuevo humanismo abrió infinitas posibilidades a expresiones nuevas. La sociedad feudal era jerarquizada y clasista al máximo. Desde los siervos, pasando por los villanos y burgueses, hasta la media y alta nobleza, había abismos, sin comunicación posible. Ahora van cambiando las cosas y se va experimentando un sentimiento sabroso de libertad e igualdad. “El aire de la ciudad hace libres”, es un adagio de la época. Todo ello origina un sentido nuevo de solidaridad, de comunidad, de espíritu innovador y de actitud crítica frente al orden feudal establecido.
       
Al burgués no le agradaba del pasado, ni las bellas creaciones del Románico. Por eso se edificaban catedrales nuevas sobre las antiguas románicas. Ahora lo lamentamos pero en aquella época había rechazo. Necesitó crear un arte nuevo porque aborrecía la intimidad y la oscuridad solitaria. El nuevo estilo se llamó Gótico. Éste ya no es una creación de los monjes y para ellos como el Románico sino laico y popular, si bien de un pueblo lleno de fe. El Románico, producto monacal, quedó fuera de la nueva mentalidad. Los monjes quedaron relegados, perdiendo influencia social; a los obispos, al clero y al pueblo sencillo y rural les costó mucho seguir este ritmo.
       
Todas estas aspiraciones se hicieron patentes y fueron expresadas, como digo, a través del arte gótico, tanto en la línea arquitectónica como figurativa. Aquí se busca la luz, la altura, la trascendencia. Su creación más peculiar ya no es el monasterio como en el Románico, sino la catedral; ya no es un edificio para monjes, sino un templo para las grandes masas burguesas que empezaban a colmar las ciudades. Los dominicos desde el principio se identificaron con el gótico. En él existe un impulso de elevación y una mística ascendente que es ansia de Dios. Son edificios esbeltos en los que parece que la piedra y la armonía se aúpan para alcanzar el cielo. Hay horror a lo macizo. El muro llega a perder su función esencial de soporte y, como sólo sirve de cerramiento, se reemplaza por grandes ventanales cuajados de vidrieras y colores, muy lejos, todo ello, de la simple saetera románica. Igualmente, las columnas pierden materia, se estiran y terminan en los arcos apuntados de las bóvedas, que nos señalan el camino del cielo. En las artes figurativas todo se humaniza también. Es patente el creciente interés por la naturaleza. Las figuras son humanas, con movimiento y ternura. En la cruz hay un hombre que sufre; no se crucifica a Dios sino a la naturaleza humana de Jesús. La Virgen mira al niño, se vuelve hacia él y le sonríe con infinito cariño.

 (Fragmento del libro: SANTO DOMINGO DE GUZMÁN  (1170-1221), EDIBESA, Madrid 2011, 296 pp)



Sepulcro de Santo Domingo de Guzmán en Bolonia.