Carta a la humanidad que sufre: los enfermos mentales

                               Hay un sector de la humanidad que sufre una de las enfermedades más crueles,  las que afectan directamente a la personalidad del ser humano que no puede ejercer adecuadamente sus facultades mentales. Dios ha pensado en el hombre como imagen suya: con inteligencia y voluntad. Pero a veces los “renglones de Dios” se tuercen por esos caprichos tontos de la naturaleza, y las cosas no salen a Su gusto. Y no es que a Dios se le vaya la mano y le salga una “pieza” mal, ni menos aún que castigue a nadie “retorciendo el modelo”.  Sencillamente que la naturaleza, con sus leyes propias, y sometida a los vaivenes impredecibles de la física y la química, no siempre llevan las complejas obras a la perfección final apetecida por todos. Y así ocurre con los enfermos mentales.

                Y quiero dedicar esta carta precisamente a un grupo numeroso de estos enfermos que un día tuve la oportunidad de visitar en un importante hospital psiquiátrico de Cataluña. Este centro está regido por los Hermanos de San Juan de Dios. Por ser sobrino de uno de estos religiosos me invitaron a visitar el pabellón de los enfermos en situación extrema. Era yo muy joven, y no me podía imaginar hasta que limite de degradación puede llegar la naturaleza humana.

                Ellos no leerán jamás esta carta, pero al menos que sirva de alivio y toque de atención a los que nos consideramos cuerdos o, como dice el chascarrillo, “los externos” que deambulamos por la calle, porque hay mucho enfermo mental correteando por la vida y haciendo daño por falta de cordura.

                Amigos enfermos mentales: Fuisteis para mí un shock muy fuerte. Erais más de cien en aquel triste pabellón de color gris, con ventanas muy altas, y sin apenas muebles. No había color en aquella estancia. Os puedo decir que me dio miedo entrar por aquel pasillo en donde muchos estabais apoyados en la pared  como muertos vivientes.  Caras deformadas por la esquizofrenia aguda, que parecían dispuestos a la acción loca de quien no sabe lo que hace. A mi lado iba un religioso al que respetaban al máximo, y con él me sentía seguro. Me di cuenta que erais tratados con cariño, con un amor que no espera respuesta.

                Se oían gritos y lamentos. Muchos estabais con  las manos atadas para evitar agresiones. Cuando llegué al patio de aquel pabellón no podía creer lo que vi. No quiero describirlo para no herir sensibilades. Erais como los condenados a una muerte que parecía más justa que la vida. No era humano lo que estaba viendo, pero erais personas con alma, con toda la dignidad de los hijos de Dios. Y el espectáculo había que contemplarlo con fe, con mucha fe si querías entender algo. Y recordé en un instante aquellos dementes que esperaban la curación de manos de Jesucristo. ¿No podría hacer Dios un milagro con vosotros?, me pregunté. Podría sin lugar a dudas, pero Dios respeta a la naturaleza, que muchas veces rompe la armonía a la que está llamada. Y El mira más al fondo de la persona. Todos tenías un alma destinada a la eternidad. Ese cuerpo algún día desaparecería dejando de sufrir, y el alma, cargada de méritos, iría a gozar junto a Dios para siempre.

                Me dijeron que muchas de esas enfermedades son fruto de abusos en la vida. Y es cierto, la materia se venga, por decirlo así, del individuo que no sabe respetarla. Y encima queremos endosar a Dios la culpa. Y todo ello me hizo pensar, y replantearme el futuro. Creo que fue allí, ante aquellas piltrafas humanas que erais vosotros, donde me replantee mi visión de la vida, y que valdría la pena hacer más por los que sufren sin saber por qué.

                No estuve mucho tiempo en aquel pabellón de los horrores, pero sí lo suficiente para valorar mucho más la cordura y darle gracias a Dios por lo que me permitía disfrutar de la vida. Quedé admirado de aquellos religiosos invierten toda su existencia a servir, por amor, a personas que nunca sabrán agradecerlo por su demencia.  Y comprendí lo importante que son las obras de misericordia, y el valor de una vida invertida en intentar hacer felices a los demás. No sé si vosotros llegasteis a conocer la felicidad, pero al menos no sufristeis nunca en aquel lugar el desprecio que tal vez la sociedad, incluso la misma familia, os propinó. Gracias por la lección que aprendí para toda la vida.

                Necesitamos de otro tipo de locos que se lancen a la aventura de una entrega sin intereses creados, con el único motivo de servir por caridad.

                Traigo aquí esta hermosa oración que  un día compuso  L J. Lebret, y que no estaría de más rezarla de vez en cuando:

DANOS LOCOS, SEÑOR

¡Oh Dios!, envíanos locos, de los que se comprometen a fondo,

de los que se olvidan de sí mismos,

de los que aman con algo más que con palabras,

de los que entregan su vida de verdad y hasta el fin.

 

DANOS LOCOS, SEÑOR, DANOS LOCOS.

Danos locos, chiflados, apasionados,

hombres capaces de dar el salto hacia la inseguridad,

hacia la incertidumbre sorprendente de la pobreza.

 

DANOS LOCOS, SEÑOR, DANOS LOCOS.

Danos locos, que acepten diluirse en la masa

sin pretensiones de erigirse en escabel,

que no utilicen su superioridad en su provecho.

 

DANOS LOCOS, SEÑOR, DANOS LOCOS.

Danos locos del presente, enamorados de una forma de vida sencilla,

liberadores eficientes del necesitado,

amantes de la paz, puros de conciencia,

resueltos a nunca traicionar, libres y obedientes,

espontáneos y tenaces, dulces y fuertes.

DANOS LOCOS, SEÑOR, DANOS LOCOS.

 
www.youtube.com/watch

 

 Juan García Inza
juan.garciainza@gmail.com