¿Y qué es en concreto correr por el camino de los mandatos divinos? Al final del Prólogo de la Regla aparece por primera vez una palabra expresamente monástica («monasterio») y precisamente en un contexto en el que en primer plano encontramos el misterio pascual. Y es que la monástica no es sino una vida en la que con una intensidad especial se vive el bautismo. Esa es la espiritualidad propia del monje.

 

De ahí que la Regla de S. Benito pueda ser una fuente de inspiración también para aquellos que quieran vivir a pleno pulmón su identidad cristiana en el siglo. En realidad, no se trata de una especialización, no es cuestión de algo distinto, de una casta privilegiada, de un horizonte para unos poquitos. Más bien habría que ver esto a la inversa. El punto de medición no tendría que ser la mediocridad, la inercia, la desgana,… Por más que estadísticamente esto sea lo predominante, lo normal no ha de ser confundido con lo habitual, con lo corriente, con lo usual. Lo normal, lo conforme a norma evangélica, lo que debería dar la medida, tendría que ser quien quisiera vivir, en medio de todas sus debilidades de pecador, su condición bautismal, su haber sido hecho partícipe del misterio pascual, sin condiciones, límites o restricciones. Esta debería ser la referencia cuando pensáramos en qué es propiamente un seglar.

 

Por ello, es posible una lectura seglar de la Regla de S. Benito. Porque en ella, con la concentración de la alquitara de los consejos evangélicos y la separación del mundo, encontramos la ordenación de un vivir que quiere serlo pascual. Un orden de vivencia y con-vivencia que estará llamado a nuevas configuraciones, pues todo camino de per-fección humana, es siempre un camino de lo por-facer en la historia, en la concreta situación en la que a cada uno le toque vivir.

 

El bautismo es siempre un quehacer; no sólo porque tenga que ser lo que soy, sino porque tengo que in-ventar su concreción en mi aquí y ahora. No solamente hay muchos modelos de santidad porque las dotes humanas de los santos sean diferente, sino porque tuvieron que parir una figura de ser cristiano en la situación concreta en la que fueron llamados y para lo que lo fueron. La identidad pascual, siendo una para todos, sin embargo, no es un abstracto. El Hijo de Dios se encarnó no para abstraernos de nuestra circun-stancia.

 

Correr por el camino de los mandatos divinos es posible manteniéndose fieles a la Palabra en el monasterio, nos dice el autor de la Regla. Para quien no sea monje, no hay otro monasterio que su modo de vida en su circunstancia. Así «participaremos de la pasión de Cristo por la paciencia, para que también merezcamos compartir su reino». Y es que la circunstancia, por ser postlapsaria, es cruz para quien sigue a Cristo y es gloriosa, por cuanto, en esperanza fuimos redimidos. Es, por tanto, pascual.

[La rosa es cortesía del jardín de una contertulia-fotógrafa]