Cuando pensamos en la fiesta de la Ascensión la vista se dirige a los niños que en muchos lugares en ese día tan especial reciben por primera vez la comunión, el Cuerpo de Cristo. Vamos a pensar en ello. Unirse de modo pleno a Cristo resucitado justo el día que se celebra con toda solemnidad su Ascensión al cielo dejando a los discípulos sin saber que hacer porque el Maestro se va con el Padre. Eso mismo sucede si en esta fecha nos ponemos ante el mismo Cristo que sube al cielo pero a la vez se queda en nuestro corazón y nos gozamos como nadie en este mundo al adorarle en su presencia real expuesto en la custodia.

Así sucede la víspera de la Ascensión cuando cae la tarde, se hace de noche y reina el silencio que habla por sí solo. Terminada la cena y recreo con mis hermanos dejo que pase un poco el tiempo y me voy a la capilla. Tengo unas ganas tremendas de estar a solas con el Señor cara a cara en adoración. Llevo mucho tiempo sin momentos así y decido prepararme a esta fiesta con un rato de adoración para intimar con el que está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo.

¡Por fin! ¡Gloria a Dios! ¡A solas con Él solo! Hay poca alabanza en la oración y lo que me descuadra del todo es que ante el que tengo delante, al que tanto he querido estar con Él, ahora no sé por qué la mirada se dirige a la derecha del altar, hacia los cuadros de tres grandes pilares de mi vida espiritual: Santa Teresita del Niño Jesús, San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús. Quiero volver la mirada al Resucitado pero hay otra mirada que no me deja, es la de la pequeña Teresa, que con sus mismos ojos quiere que le mire y sigo sin saber por qué. No lo entiendo. Más de dos meses esperando tener este encuentro y ahora que nada me lo impide hay una mirada que no me deja ir a la custodia. ¿Qué quieres? ¿Qué pasa? ¿Qué hago?

Me quedo en silencio ante estas preguntas que le presento a Cristo vivo y resucitado y también a la que no deja de mirarme; y espero. Espero algo, una palabra, una explicación, una respuesta a esto que tiene lugar mientras me dejo llevar en la oración. ¡Y el silencio se rompe!, ¡la luz aparece! y ¡el alma se calla para acoger todo lo que viene en un instante!: Cristo asciende al cielo, se va, pero nos deja el modo de seguir esas huellas que quedan sobre la tierra mientras los discípulos lo ven subir al cielo hasta que una nube corta esa mirada. ¡Dios es tan grande, tan generoso, tan Padre que nos regala en el Carmelo Descalzo una fuente caudalosa de caminos para seguir a su Hijo! Todo cobra sentido ante estos gigantes de la espiritualidad que desde caminos diferentes pero iguales a la vez nos ayudan a ser santos y caminar hacia el cielo. Las palabras toman fuerza ante los rostros de los tres que se hacen presentes en esta oración: ¡la confianza en el Padre de Santa Teresita!, ¡el seguimiento de Cristo de San Juan de la Cruz! y ¡la vida en el Espíritu de Santa Teresa de Jesús! ¡Todo aclarado! Vamos por partes.

Miro a Santa Teresita y me encuentro con ese caminito que le conduce hasta lo más alto, hasta los brazos del Padre cuando se deja llevar por Jesús que le toma sobre sí y la lleva al Padre porque sabe confiar como una niña pequeña que no duda que nada malo le va a pasar si pone toda su confianza en aquel que más le quiere en este mundo, el Padre de la misericordia infinita que le muestra un camino precioso a seguir, mostrar y animar a todos a recorrer, el caminito de la confianza en el Padre:

Dios no puede inspirar deseos irrealizables; por lo tanto, a pesar de mi pequeñez, puedo aspirar a la santidad. Agrandarme es imposible. Tendré que soportarme tal cual soy, con todas mis imperfecciones. Pero quiero buscar la forma de ir al cielo por un caminito muy recto y muy corto, por un caminito totalmente nuevo.  […] Yo quisiera también encontrar un ascensor para elevarme hasta Jesús […] ¡El ascensor que ha de elevarme hasta el cielo son tus brazos Jesús! Y para eso, no necesito crecer; al contrario, tengo que seguir siendo pequeña, tengo que empequeñecerme más y más” (Manuscrito C 2v-3r).

Y de ahí, de lanzarme al Padre en los brazos de Jesús para que el Padre me abrace, paso a otro camino, éste en apariencia más difícil, pero lleno de Dios también. Al lado de Santa Teresita está San Juan de la Cruz que presenta un camino, no un caminito. Es el camino de seguimiento de Cristo que propone para llegar a la unión con el Padre si nos ponemos en camino para recorrer la Subida del Monte Carmelo donde se presenta el mismo Cristo como ese camino estrecho que nos abre las puertas del cielo:

Para que entienda el buen espiritual el misterio de la puerta y del camino de Cristo para unirse con Dios, y sepa que cuanto más se aniquilare por Dios,  tanto más se une a Dios y tanto mayor obra hace. Y cuando viniere a quedar resuelto en nada, que será la suma humildad, quedará hecha la unión espiritual entre el alma y Dios, que es el mayor y más alto estado a que en esta vida se puede llegar” (Subida del Monte Carmelo I, 7,11).

¿Y quién queda? Pues mi Madre Santa Teresa que es la que más cerca está de la custodia para recordar que la mejor manera de orar, de unirse al Padre, no es otra que vivir en el Espíritu Santo. Y llenos de Espíritu Santo podemos llamar a Dios, Padre, y ser conscientes de lo que estamos haciendo y diciendo. Para ello nos dedica todo un libro a esta tarea, a aprender paso  a paso a llamar Padre a Dios por medio de la oración que el Hijo nos enseña, el Padrenuestro:

Buen Padre os tenéis, que os da el buen Jesús. No se conozca aquí otro padre para tratar de él. Y procurad, hijas mías, ser tales que merezcáis regalaros con Él, y echaros en sus brazos. Ya sabéis que no os echará de sí, si sois buenas hijas. Pues ¿quién no procurará no perder tal Padre? ¡Oh, válgame Dios!, y que hay aquí en qué os consolar, que por no me alargar más lo quiero dejar a vuestros entendimientos; que por disparatado que ande el pensamiento, entre tal Hijo y tal Padre forzado ha de estar el Espíritu Santo, que enamore vuestra voluntad y os la ate tan grandísimo amor, ya que no baste para esto tan gran interés” (Camino de perfección 27,6-7).

Una vez que hablan los santos del Carmelo de la vida de santidad, de la vida del cielo, de la vida que se abre con la Ascensión, es cuando me dejan mirar al Resucitado y tener al fin ese encuentro de callado amor entre los dos que resuena con todo lo que he recibido momentos antes. Es la vida de la gracia, del paso de Dios que parece que se va, pero en realidad se queda entre nosotros, para que vayamos a estar con Él en cuanto podamos, a adorarle con todo nuestro amor, pasión y entrega y darnos cuenta que este año más que vivir la Ascensión como momento en que Cristo asciende al cielo es todo lo contrario; es que Cristo se queda con nosotros hasta que descubramos el camino que lleva al cielo y entonces, una vez que lo hayamos conocido, aprendido y empezado a recorrer podamos decir con Santa Teresita que queremos ser santos, con San Juan de la Cruz que queremos subir el Monte Carmelo y con Santa Teresa que queremos llamar Padre a Dios. Todo son caminos que Dios nos regala en este momento para lo que tenemos que hacer, que es confiar en el Padre, seguir a Cristo y vivir en el Espíritu Santo a través de unos caminos que todos podemos recorrer; son caminos para ir hacia el Padre, caminos de santidad, caminos para subir al cielo.