Sólo si Jesús ha resucitado ha sucedido algo verdaderamente nuevo que cambia el mundo y la situación del hombre. Entonces Él, Jesús, se convierte en el criterio del que podemos fiarnos. Pues, ahora, Dios se ha manifestado verdaderamente (Benedicto XVI)

El miércoles pasado, estuve en el programa de José Javier Esparza, Palabras que cambiaron la historia, para hablar sobre el proceso y la muerte de Jesús. Antes de comenzar el diálogo con los invitados, pasaron un reportaje con una encuesta realizada en la calle, en la que preguntaban qué emperador había dado libertad a los cristianos, y cómo había llegado el cristianismo a España. Nadie supo responder.

Se conocen muy poco nuestras raíces cristianas. Hay un analfabetismo religioso que se difunde en medio de nuestra sociedad tan inteligente. Los elementos fundamentales de la fe, que antes sabía cualquier niño, son cada vez menos conocidos[1]. Y no sólo eso, lo terrible es que, posiblemente, a esas personas, como a tantas otras, les importa muy poco todo eso. Seguramente están convencidos que sus vidas no serían muy distintas si las cosas hubiesen sido de otra manera, es decir, si el cristianismo hubiera sido perseguido hasta acabar con él, si eso hubiese sido posible; o que la situación española no habría cambiado nada, si el cristianismo no hubiera llegado a nuestro país.

Si el lunes se hiciera una encuesta parecida, y se preguntase a la gente: ¿qué sentido tiene para tu vida la resurrección de Cristo? Estoy seguro de que la mayoría de los entrevistados no sabrían qué responder, porque tampoco se hubieran hecho nunca esa pregunta, a no ser que fuera alguien que hubiese estado en la vigila pascual o en misa el domingo anterior.

Ahora bien, y si, efectivamente, no hubiera resucitado, ¿qué habría ocurrido? En primer lugar, nuestra predicación carece de sentido y vuestra fe lo mismo. Además, como testigos de Dios, resultamos unos embusteros, porque en nuestro testimonios atribuimos falsamente haber resucitado a Cristo (1 Corintios 15, 14-15).

Es decir, el cristianismo sería un fraude. La fe sería algo totalmente inútil, porque ya no podría haber confianza en un Dios que no cumple sus promesas. No habría esperanza, porque el dolor, la tristeza, la muerte, el mal y el pecado triunfarían, y no habría posibilidad de algo mejor. Y sería imposible vivir la caridad, porque ya no seríamos hijos de Dios, ni hermanos unos de otros. No habría perdón ni reconciliación entre los hombres.

Y, sin embargo, sí sucedió algo y fue real. La resurrección de Cristo no fue un sentimiento o una ilusión de unos pobres locos, que quisieron perpetuar la memoria de un muerto. Tampoco ha sido la vuelta a la vida de alguien que volvería a morir, como Lázaro o el hijo de la viuda de Naín. Con eso no hubiera sido suficiente. Lo que anuncian los evangelios es algo totalmente distinto y novedoso.

La resurrección de Jesús ha consistido en un romper las cadenas para ir hacia un tipo de vida totalmente nuevo, a una vida que ya no está sujeta a la ley del devenir y de la muerte, sino que está más allá de eso; una vida que ha inaugurado una nueva dimensión de ser hombre[2].

El testimonio de los apóstoles es que, aquel que murió entre malhechores, está vivo. Y pronto, con una rapidez que sorprende, ese mensaje se difundió. Muchos creyeron en él hasta el punto de entregar sus vidas, no por un ideal, sino por Cristo resucitado.

Aquellos hombres comprendieron que la resurrección de Cristo da sentido a la existencia. Ya no hay miedo ni a la vida ni a la muerte, porque el que ha resucitado con Cristo por el bautismo vive ya la vida nueva de los hijos de Dios. Es el sí de Dios frente al pecado y la muerte.

Con la resurrección, Dios ha sellado una alianza con el hombre. El que era primogénito de toda criatura es ahora el primogénito de entre los muertos. En Jesús resucitado se han unido el hombre creado de barro de la tierra y la naturaleza divina, abriendo las fuentes de la vida eterna. Ahora es posible trasformar al hombre y al mundo a imagen y semejanza de Dios.

Así pues el Verbo de Dios ostenta el primado sobre todas las cosas, porque es verdadero hombre y admirable consejero y Dios fuerte, que llama de nuevo con su resurrección al hombre a la comunión con Dios para que por medio de la comunión con Él participemos de la incorruptibilidad[3].



[1] Benedicto XVI, Homilía en la Misa Crismal (5 abril de 2012): http://www.news.va/es/news/homilia-santa-misa-crismal

[2] J. Ratzinger/Benedicto XVI, Jesús de Nazaret II, 284.

[3] Ireneo de Lión, Demostración de la predicación apostólica, 40.