“Moisés subió de las Estepas de Moab al monte Nebo, cumbre del Pisgá, frente a Jericó, y Yahveh le mostró la tierra entera: Galaad hasta Dan, todo Neftalí, la tierra de Efraím y de Manasés, toda la tierra de Judá, hasta el mar Occidental, el Négueb, la vega del valle de Jericó, ciudad de las palmeras, hasta Soar. Y Yahveh le dijo: Esta es la tierra que bajo juramento prometí a Abraham, Isaac y Jacob, diciendo: A tu descendencia se la daré. Te dejo verla con tus ojos, pero no pasarás a ella. Allí murió Moisés, servidor de Yahveh, en el país de Moab, como había dispuesto Yahveh” (Dt 34, 1)

—¡Josué! ¿Dónde vas?
Algunos me gritan cuando me monto en mi yegua y parto hacia la cumbre del monte Nebo. Estan preparando el arca de la Alianza y los útiles para la guerra y me necesitan en estas últimas horas antes de bajar y comenzar la conquista de nuestra tierra prometida por Yaveh. Pero si ellos me necesitan a mí, yo necesito a otra persona.
—¿Moisés?—susurro para no despertarle. Descansa dentro de la improvisada y oscura tienda. Ha llegado a sus últimos días, todos lo sabemos—¿duermes?
Me indica que pase, con un ademán de su débil mano. Se la cojo mientras me acomodo de rodillas a su lado. Respira con dificultad y me mira con los ojos entreabiertos.
—¿Qué te ocurre? Tienes la cara sombría.
No contesto y bajo la mirada avergonzado. Me aprieta la mano y me pregunta:
—¿Tienes miedo?
Agacho más la cabeza. Realmente he venido en busca de ánimos y consuelos, pero me averguenzo de mi debilidad ante un hombre tan grande como el que reposa ante mí. Debo conducir a mi pueblo en una guerra desigual, frente a enemigos poderosos y más grandes y aguerridos que nosotros. No sé si podré hacerlo, no se si estaré a la altura. Me tiembla el ánimo.
—Por eso eres el elegido—interrumpe mis pensamientos como si los estuviera oyendo—porque desconfías de tí. Es el requisito esencial para ser un hombre de Dios. Desconfiar de uno mismo para poner toda la confianza en el todopoderoso. La fe consiste en saberse poca cosa y confiar en que Yaveh llevará a cabo lo prometido.
Realmente es así como me siento, como si fueran a salirme las tripas por la boca de la ansiedad que me embarga. Ahora comprendo que no se trata de mí, sino de él. Es Yaveh el que hará la obra... a pesar mío.
—Fíjate en mis miserias, hijíto.
—¡No señor, tu eres el más grande hombre de sobre la tierra y lo serás siempre!—le interrumpo impetuoso, pero el me silencia poniendo su mano en mi boca.
—Yo he sido un asesino y un fugitivo. Cuando fui llamado por Yaveh, era un deterrado y un paria.
Me mira adivinando mis pensamientos una vez más.
—Sí, Yaveh me engrandeció. Me puso ante el faraón a pesar de mi tartamudez. Hice frente a los magos y hechiceros, a pesar de mi inutilidad. Saqué al pueblo de Egipto, a pesar de mis miedos. Los conduje através del desierto durante tantos años, a pesar de mi impaciencia. He vivido una gran aventura que jamás se me hubiera ocurrido siquiera imaginar, a pesar de mi icredulidad. Y mi único mérito ha sido confiar en la potencia de Dios, en que todo era voluntad de Yaveh. En dejar hacer a Dios... en mi alma y fuera de ella.
Me insta a que le ayude a levantarse.
—Ven salgamos al atardecer. Quiero ver esa tierra una vez más. Toda una vida esperando...
Su cabeza se pierde en recuerdos y repasos de su intensa vida, mientras se acomoda en mi brazo y salimos al aire fresco de la montaña.
—Confiar...—susurro quedamente mirando al horizonte.
—Si Dios promete algo, lo llevará a cabo.—Moisés continúa mi frase— El problema es que no escuchamos a Yaveh, ni sabemos lo que nos dice, ni le damos crédito. Confiamos más en nuestras fuerzas, en la lógica, en la violencia. Y todo para hacer nuestra voluntad, no la de Yaveh.
Moisés se ha sentado en una roca al borde del precipicio. Desde ahí puede contemplar la anhelada promesa, la nueva tierra, el nuevo edén que él... no llegará a ver.
—¿Confiaste siempre sin vacilar?
—No.— Moisés me contesta serenamente sin dejar de mirar a lo lejos—¿Recuerdas Meribá? Allí el pueblo se quejó una vez más. Tenían sed y Yaveh me ordenó hablar a la roca para que manara agua, pero yo no hablé, la golpeé con mi cayado. Dudé del poder de Dios. Se mezcló en mi alma la ira contra aquel pueblo tan mimado e incrédulo y la desconfianza en el poder de la palabra de Yaveh. No di crédito a la voz de Dios y quizá eso me ha valido quedarme a las puertas de entrar en esa ansiada tierra que tenemos delante.
—No me tranquilizas. Después de tantas pruebas de tu lealtad... ¡Qué exigente es Yaveh!
El anciano lleno de un sereno espiritu me mira entre divertido y comprensivo.
—El hombre elegido debe ser fiel en lo pequeño, hasta en lo más insignificante, y hacer las cosas como le son dichas y ordenadas. Hay mucho en juego. Pero ánimo, no te preocupes. Tú ocúpate de tener siempre recta intención, de no poner tus ideas y deseos por delante de la voluntad de Dios y todo saldrá bien. Con la misión te dará las fuerzas para llevarla acabo. En cuanto a mí, tengo lo que deseo. Tengo el privilegio de hablar con Dios y que él me responda, esa es mi heredad. No necesito pruebas y tierras que poseer para confiar. Le tengo a él mismo. ¿Te parece poco?
Quedamos en silencio un rato, deslumbrados por las luces del aterdecer que acarician las que, en breve, serán nuestras tierras. Empieza a hacer frío, Moisés debe volver al cobijo de su tienda y yo debo bajar a organizar el campamento.
—Estás preparado para esta nueva etapa. Confía en la victoria, se valiente y no temas que yaveh ganará tus batallas, no serás tú, lo hará él. Ánimo y no desfallezcas, aún cuando creas que todo está perdido o es imposible, el todopoderoso lo hará si así te lo ha comunicado.
Despacio le ayudo a tenderse de nuevo en el jergón. Rápidamente cierra los ojos y le dejo descansar mientras salgo de la tienda, más fortalecido y confiado que cuando llegué esta tarde. La noche ha caído ya sobre nosotros y el tiempo de descansar ha llegado... antes de iniciar las definitivas batallas que nos darán en posesión la tierra.
—Descanso... Por fin voy a descansar. He tenido una vida maravillosa y prodigiosa y ahora disfrutaré del descanso de mi alma en mi porción de tierra. Confiaré y no temeré por mi fuerza y mi canto es el Señor, él es mi salvación.
Le oigo susurrar despacio, sereno... en paz consigo mismo. Cierro el toldo y le dejo en su intimidad.
Quizás pueda yo llegar a ser ni la mitad de valeroso y fuerte que él.
Quizás no vacile y sepa cumplir con los designios que Dios ha preparado para mí.
Quizás lleve a cabo la misión encomendada con confianza y seguridad.
Bajo por la pendiente a reunirme con el grueso del pueblo. Al llegar uno me increpa:
—¿Dóde estuviste? Necesitamos que organices las cosas. No te ausentes así, la gente se inquieta si no te ve cerca.
Noto en mí una fuerza diferente, una serena seguridad que brota de lo más hondo de mi ser y respondo:
—No os inquietéis por cosa alguna. Mañana bajaremos a esta tierra que tenemos ahí delante y caerá en nuestras manos... porque así lo tiene previsto Yaveh.

Quizás...
No, quizás no.

Así será.


“Sucedió después de la muerte de Moisés, siervo de Yahveh, que habló Yahveh a Josué, hijo de Nun, y ayudante de Moisés, y le dijo: Moisés, mi siervo, ha muerto; arriba, pues; pasa ese Jordán, tú con todo este pueblo, hacia la tierra que yo les doy (a los israelitas). Os doy todo lugar que sea hollado por la planta de vuestros pies, según declaré a Moisés. Desde el desierto y el Líbano hasta el Río grande, el Eufrates, (toda la tierra de los hititas) y hasta el mar Grande de poniente, será vuestro territorio. Nadie podrá mantenerse delante de ti en todos los días de tu vida: lo mismo que estuve con Moisés estaré contigo; no te dejaré ni te abandonaré. Sé valiente y firme, porque tú vas a dar a este pueblo la posesión del país que juré dar a sus padres. Sé, pues, valiente y muy firme, teniendo cuidado de cumplir toda la Ley que te dio mi siervo Moisés. No te apartes de ella ni a la derecha ni a la izquierda, para que tengas éxito dondequiera que vayas. No se aparte el libro de esta Ley de tus labios: medítalo día y noche; así procurarás obrar en todo conforme a lo que en él está escrito, y tendrás suerte y éxito en tus empresas. ¿No te he mandado que seas valiente y firme? No tengas miedo ni te acobardes, porque Yahveh tu Dios estará contigo dondequiera que vayas” (Jos 1, 1)