Si alguien te dice algo que te dura en la cabeza semanas, es porque esa persona ha dado en el clavo. No sé en qué clavo ha dado, pero ha dado en uno, seguro.

Hace unas semanas, un cura de mi parroquia con el que hablaba, me dió algunos consejos y entre cosa y cosa me dijo con toda la intención del mundo: “Para ser buena persona no hace falta ser cristiano”. Y, de repente, como se dice por ahí, ves pasar tu vida por delante y te preguntas: ¿Para qué soy yo cristiano? ¿Para qué me esfuerzo tanto en serlo?

¿Para ser generoso y educado? ¿Para ser amable, sincero, desprendido? ¿Elegante, valiente, agradable…? ¿Para ser buen marido, buen padre, buen profesional, buen amigo? ¿Para ayudar a los demás, para compartir mi tiempo con…? Yo me hago esta pregunta: ¿Soy cristiano para ser estas cosas?

Mi conclusión es que no.

Entonces ¿para qué soy cristiano? Pues no encuentro, porque no la hay, otra respuesta más que esta: para amar a Dios. Lógicamente, si amo a Dios seré generoso, sincero, valiente, buen padre, buen amigo… y todas esas demás cosas que yo quiero ser y que, dicho sea de paso, Dios desea de mí. Pero no debo olvidar el verdarero “para qué”.

Y así estoy desde hace varias semanas, con el asunto en cuestión dandome vueltas en la cabeza. A ver si se instala en mi cerebro de una vez, que falta me hace…

Aramis.