Gabriel, Miguel y Rafael se han reunido en la Frontera. Allí donde son recibidas las almas salvadas por amigos, familiares y conocidos despues de ser purificadas de los restos de cada pecado capital, en los siete ríos de la Gracia. Se adentran más allá, hacia la luz blanca y los muros luminosos de las doce puertas de la Jerusalén celestial. Los gigantescos arcángeles son como gotas diminutas de materia espriritual ante la inmensidad de los muros celestes. Desde lo alto de la muralla resuena un potente sofar que avisa de la llegada de los mensajeros. A la puerta central se acercan dos ancianos con túnicas largas y barbas blancas que con serenidad celestial hacen pasar a los gigantones alados.
—Hola hijitos míos, pasad ¿Qué ocurre?
—Ya sabéis lo que está pasando allá abajo, en las últimas estribaciones de los ríos de Gracia... los condenados han abandonado el infierno y han asaltado el purgatorio.
—Sí, estamos al tanto—contesta con calma uno de los ancianos.
—Sabéis que los santos han impedido el asalto, taponando los ríos con sus cuerpos celestiales e intercambiándose por las almas débiles que allí se encontraban—insiste Miguel.
—Sí.
—Bien, pues tenemos un último problema—aclara Rafael.
—¿No dices que los ríos son infranqueables? Entonces los condenados no pueden acceder a los ríos y subir hasta aquí.
—No están cerrados todos los ríos, queda uno... el río de Gracia de la cólera,—anuncia con seriedad Gabriel— todos los santos se han ido autoinmolando y nadie queda allí con fuerza para acometer esa última batalla.
Los dos ancianos se miran y comprenden.
—No Pedro. Déjame ir a mí. Tú debes seguir guardando el paraíso, no debes sacrificarte. Tu lugar está aquí.
San Pedro y San Pablo se unen en un rocoso abrazo, lleno de amor y fortaleza, mientras se encomiendan al Padre, que ha decidido permitir estos acontecimientos en la patria celestial. Pablo, escoltado por los arcángeles se dirige hacia la frontera y desde allí se lanza al vacío cayendo paralelo a las interminables cataratas de fuego purificador. En el descenso voluntario hacia su inexorable destino, su cuerpo se va transformando revistiendose de juventud, poder y energía. Mientras cae, su oración y suplicas le van armando contra el enemigo. Las sandalias en los pies que es el celo por el evangelio, ceñida la cintura con la verdad, el torso protegido por la coraza de la justicia, en un brazo el escudo de la fe y la espada del espíritu que es la palabra de Dios, en el otro. Y finalmente, coronado por el yelmo de la salvación, aterriza como un meteorito en el suelo desértico del purgatorio, levantándo tal polvareda que los condenados que están importunando a las almas del río de la cólera, se quedan como congelados. Todos se encuentran espectantes esperando que la nube arenosa se disipe para poder reconocer al enemigo enviado desde lo alto.
El primero en descubrir a Pablo es Nicolás Maquiavelo, que se dirige a él empuñando su espada florentina:
—¡Los gobernantes deben subordinar la moral individual a la consecución de sus fines!
El político cuya teoría sobre la conveniencia de una completa subordinación de los medios a cualquier fin político, que derrumba la moralidad de los actos humanos, ataca a Pablo que se defiende con un esquivo giro de cintura:
La caridad no se alegra de la injusticia, se alegra con la verdad.
Sin que Maquiavelo se de por vencido, se acercan dos aliados, uno por la derecha, Sigmund Freud y otro por la izquierda, el marqués de Sade.
—¡Instintos, pulsiones, líbido... toda nuestra vida está determinada y dirigida por nuestra sexualidad, esa es muestra condena y nuestra sanación!—grita el padre del Psicoanálisis, mientras Sade intenta atrapar a Pablo.
La caridad es amable, es decorosa—responde el santo mientras se escapa ágilmente del abrazo perverso del marqués.
En ese momento entra en escena un hombre montando un caballo enorme y agresivo que con sus patas intenta aplastar al agente celestial.
—¡El día que la humanidad se vea libre de los cristianos el mundo se librará de las ratas que conspiran tras las sombras de sus ídolos, para salvaguardar sus propios intereses!
Nerón apremia a su montura para que despedaze a Pablo. El emperador que prendió fuego a Roma para edificar una ciudad para mayor gloria de su nombre, grita calumnias y furias contra Pablo, como lo hizo contra los cristianos de su época a los que responsabilizó del incendio y alos que masacró.
La caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; no busca su interés.
Mientras Pablo se escabulle como puede de las furiosas patas del animal, un hombrecillo oscuro y ciego deambula siniestramente. El apóstol de Tarso se queda espectante mientras vigila a los asaltantes anteriores que se reagrupan a sus espaldas.
—El dinero, la revolución, el nuevo reino... en todo estuve equivocado—Judas tiembla de frío y miedo acosado por su conciencia. De repente se encara con Pablo y le grita desesperado—¡Nunca me lo podré perdonar!
Aunque repartiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, nada me aprovecha. La caridad todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera.
Pablo se ha refugiado en una especie de cueva, para recuperar el resuello, mientras los condenados le buscan furiosos.
En el pescuezo siente un aliento y se gira lentamente. El hocico de un caballo negro le escupe con un relicho. Desde arriba el rey Saúl se agacha para que le oiga y le vea en la penumbra de la cueva:
—No me respondió. Yaveh me dejó solo ante el enemigo—le susurra de forma sobrecogedora el rey de Israel que por empecinada envidia a David perdió el favor divino y ante la batalla inminente, se refugió en adivinos y esotérismos.
Pablo agarra fuertemente su escudo y en un rápido movimiento lo interpone entre su cabeza y la lanza que Saúl ha disparado contra él.
Aunque tuviera el don de profecía, y conociera todos los misterios y toda la ciencia; aunque tuviera plenitud de fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad, nada soy.
El que fue llamado Saulo antes de conocer la verdad, sale corriendo de la cueva a terreno abierto, donde le espera un último enemigo... Barrabás.
—¡Justicia! ¡Libertad!
Y con una furia desbordante se lanza contra Pablo, que mantiene en alto el escudo con dificultad. Las acometidas del insurgente judío que el pueblo prefirió al embaucador Jesucristo, son poderosas por que están cargadas de argumentos y merecimientos. El libertador de Israel logra destrozar el escudo de Pablo y éste se defiende con su espada:
La caridad es paciente, no se irrita, todo lo espera, soporta todo.
Finalmente Barrabás desarma a Pablo y hunde su espada en la coraza de su enemigo como si fuera de mantequilla.
—¡Si esperamos las justicias de Dios y no nos rebelamos, no seremos libres nunca!
Pablo sabe de su destino y en un último soplo de serenidad, clama:
Desaparecerán las profecías. Cesarán las lenguas. Desaparecerá la ciencia. Pero la caridad no acaba nunca.
Y con mandoble de su espada Barrabás corta la cabeza de Pablo que cae al río de Gracia de la cólera, provocando que todas las almas purificantes sean inmediatamente elevadas a la Frontera, dónde las víctimas de sus iras las esperan entre alegrías y perdones.
Los condenados, al ver que todos los ríos han sido taponados por el sacrificio de los santos, estallan de cólera. El odio los embarga y los domina. La furia los empuja a aniquilarse entre ellos. Han cometido una y otra vez los mismos errores y han acabado en la frustración y la impotencia.
El purgatorio ha sido defendido y los condenados no han podido acceder a la Gracia, pero...
...¿Qué hará el Padre ahora con ellos?


“Éstos son los que dieron muerte al Señor y a los profetas y los que nos han perseguido a nosotros; no agradan a Dios y son enemigos de todos los hombres,
impidiéndonos predicar a los gentiles para que se salven; así van colmando constantemente la medida de sus pecados; pero la Cólera irrumpe sobre ellos con vehemencia” (I Ts 2, 15)


Dedicado a mi querido sacerdote Israel Guijarro, apasionado colaborador en este penúltimo capítulo.