A veces, los que intentamos seguir el ejemplo de Cristo, nos sentimos invadidos por el desánimo y la impotencia. Queremos, pero no podemos. Luchamos, pero fracasamos (en apariencia). Comenzamos a andar, pero nos caemos de nuevo. Y por muy buenas intenciones y propósitos que tengamos, terminamos siempre tropezando… en la misma piedra. Se nos llena el corazón de desánimo, de cierta angustia, de remordimientos, al reconocer que estamos lejísimos de nuestro objetivo. Es cierto, puede llegar a ser descorazonador. Y sin embargo, no debería ser así. De ninguna de las maneras.


Porque si algo quiere el Señor de nosotros es nuestra felicidad. Somos sus hijos y Él nos ama, infinitamente más de lo que nosotros jamás llegaremos a amar a nuestros propios hijos (quienes los tengan), o a nuestra gente más querida. Nos ama. Y nos conoce mejor que nosotros mismos. Y aún así, o por eso mismo, nos ama. Y nada nuestro le es ajeno. Mira nuestros defectos con infinita ternura y siempre nos perdona, incluso antes de que acudamos a Él con el corazón contrito. Estoy seguro de que se ríe de nuestros tropiezos y su Mirada no puede ser otra que la de un Padre amoroso cuidando de sus hijos pequeños. (Desde luego, conmigo tiene como para morirse de la risa, porque si algo domino son las caídas y resbalones. Ay, menos mal que me quiere)