Pocas parábolas me parecen tan enjundiosas como la del Hijo Pródigo, no sólo por la materia en sí, un auténtico autorretrato de Dios, sino por la gran variedad de enseñanzas que podemos oír de ella… La mayoría suelen centrarse en que el padre era muy bueno, que siempre perdona, que el hijo mayor es un envidioso, que el pequeño es un despilfarrador…
 

Pero pocas veces (algunas sí, por eso lo conozco) he oído comentar tres aspectos muy relevantes de la parábola, tan relevantes que sin ellos el mensaje queda mutilado y llegaríamos a una conclusión equivocada. Estas tres cosas son:

Primera: que el hijo pródigo se arrepiente. Entiende que ha hecho mal y lo lamenta, diciendo “Volveré a mi padre y le diré: padre, pequé contra el Cielo y contra ti”. Y así, decide volver a su padre dispuesto a confesarse culpable de la falta.

Segunda: que es un arrepentimiento sincero, no sólo para la galería, ya que a continuación de su lamento asume que merece un castigo del Padre: “Ya no merezco ser llamado hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros”. Y cuando ve al padre así se lo dice.

Y tercero: que el padre, a pesar de que le colma de besos nada más llegar, no le ahorra ni una de las palabras de arrepentimiento que el hijo tenía que decirle. Sabe bien el padre que eso es necesario para el bien de su hijo y espera a que se lo diga. Una vez terminado el arrepentimiento, le perdona y organiza la fiesta.

¿Son o no son relevantes estas tres cosas? Porque si no se tienen en cuenta, parece que el padre perdona al hijo con sólo volver, pero muchos “olvidan” que  para ser dignos de perdón hay que volver arrepentidos, y arrepentidos de verdad, no como esos que reconocen que se equivocan pero no se arrepienten de nada, o lo hacen sin ninguna intención de esforzarse en adelante.

Pues esta es la forma en que el Padre nos perdonará. Así es como Cristo, y después la Iglesia, nos lo ha enseñado.

Aramis