El vicio imita a la virtud y la cizaña pretende pasar por trigo, porque en el aspecto es ciertamente semejante al trigo, pero los entendidos la distinguen por el gusto. También el diablo se transforma en ángel de luz (2 Cor 11, 14), no para volver a donde estuvo (pues su corazón es inflexible como un yunque, sin posibilidad de un nuevo arrepentimiento), sino para envolver en la niebla de la ceguera y en el pestilente estado de la incredulidad a quienes llevan una vida semejante a la de los ángeles. Muchos van como lobos vestidos de oveja, pero con uñas y dientes de otra clase: vestidos de piel suave, disfrazándose con tal aspecto ante los sencillos, arrojan por sus dientes el mortal veneno de la impiedad. Por eso nos es necesaria la gracia para observar con mirada vigilante y aguda, no sea que, comiendo cizaña en lugar de trigo, caigamos en el vicio por ignorancia o que, creyendo que es oveja quien es lobo, nos convirtamos en su presa. Como también podría ser que, tomándolo por un ángel bienhechor, cuando es en realidad el diablo artífice de la ruina, seamos devorados por él. Pues «está rondando como león rugiente, buscando a quien devorar», como dice la Escritura (I Pe 5, 8). Por esto hace la Iglesia sus advertencias; por esto se imparte esta enseñanza; por este motivo se establecen estas lecturas.

Pues la piedad consta de dos cosas, los sagrados dogmas y las buenas obras: ni es agradable a Dios la doctrina sin buenas acciones, ni Dios acepta las obras separadas de las creencias religiosas. ¿Qué utilidad tiene el recto sentir acerca de Dios si se fornica deshonestamente? Y, a la inversa, ¿de qué sirve obrar con pudor —lo que en sí es correcto si luego se blasfema impíamente? Por consiguiente, es de gran valor el conocimiento que se pueda tener de los dogmas. Para ello es necesario tener una mente vigilante, como quiera que hay quienes obtienen su botín por medio de la filosofía y vanas falacias (Col 2, 8). Los gentiles seducen a diversas realidades mediante un hablar suave, pues «miel destilan los labios de la meretriz» (Prov 5, 3). Y quienes provienen de la circuncisión engañan a quienes se les acercan con falsas interpretaciones de la sagrada Escritura (cf. Tit 1, 1011), comentándola desde su infancia hasta su vejez y envejeciendo en la ignorancia de la realidad (cf. 2 Tim 3, 7). Los herejes, por su parte, engañan a los humildes mediante la blandura de su lenguaje y la suavidad en el decir (cf. Rom 16, 18), entrelazando con el dulce nombre de Cristo los dardos envenenados de los decretos impíos. De todos ellos a la vez dice el Señor: «Mirad que nadie os lleve a engaño» (Mt 24, 4). Por ello se entrega la doctrina de la fe y se hacen exposiciones de la misma. (San Cirilo de Jerusalén, Catequesis IV, 1-2)

 
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En la sociedad del siglo XXI vemos los dogmas como elementos del pasado que nos quitan libertad. La libertad, además, desde el paradigma del sordo ¿Quién mejor que un sordo para elegir la música que quiera? El sordo no tendrá más que el azar para seleccionar qué autor y qué obra poner en cada momento.  El azar se nos ofrece como sinónimo de libertad y el orden se presenta como evidencia de esclavitud. Estamos reeditando continuamente el relato del Génesis y el diálogo de Adán y Eva con la serpiente.

 
Pero ¿Puede un dogma darnos libertad? Parece un evidente oxímoron (contradicción). Es como si dijéramos que un semáforo nos da libertad. Pregúnteles a los peatones que pueden andar de una acera a otra gracias a los semáforos. El problema no es la existencia de algo que ordena, sino que el orden sea real y no sólo apariencia de orden. Dice San Cirilo que el vicio imita la virtud y de esta manera la suplanta. Es complicado detectar cuando el vicio se nos acerca vestido de caridad o bondad.

 
En un diálogo sobre los dogmas, mi interlocutor decía que ojala la caridad fuese la que nos permitiera discernir en aquello que discrepamos”. ¿A que suena bien la frase? Parece que nos dice que Dios, que es Amor (caridad) sea el que discierna sobre nuestras discrepancias. Pero la frase tiene varias trampas ocultas.

 
La primera de ella es que la caridad no es capaz de discernir  por si misma (reconocer, diferenciar y separar algo que suele ser de tipo personal). El discernimiento se realiza con la colaboración imprescindible del intelecto y sobre los fundamentos que nos aportan la Revelación y magisterio. La oración debería formar parte sustancial de esta labor de distinción y reconocimiento.

 
La segunda trampa es hacer sinónimos caridad y tolerancia. Tomando los evangelios como referentes, Cristo actuó movido por la caridad cada vez que señalaba los comportamientos inadecuados que observaba. La caridad nos mueve a aconsejar y señalar posible errores en quienes queremos. Si nos quedamos callados, estamos actuando de forma poco caritativa.

 
Entonces ¿Hace falta echar una bronca a quien vemos actuar incorrectamente? Precisamente no. La caridad nos mueve a señalar con respeto y humildad lo que estimamos equivocado y además, deberíamos esperar a que nos respondieran. Si nuestro juicio está equivocado, nuestro hermano nos lo hará ver con similar caridad a la que nosotros hemos empleado. Ignorarnos no es caritativo. Dios no nos ignoró ni nos ignora. Pensemos en los consejos de corrección fraterna que San Pablo nos confía (Ga 6,110). Pensemos que la corrección puede y debe ser recíproca, cada vez que lo veamos necesario.

 
Por lo tanto y siguiendo lo que San Cirilo nos indica: demos gran valor al conocimiento que podamos tener sobre los dogmas.No los despreciemos como antigüedades obsoletas. Considerémoslos como piedras de clave de nuestra capacidad de entender lo que nos rodea.