Ayer empezó la Cuaresma, 40 días que nuestra madre la Iglesia nos propone para prepararnos interiormente para acompañar al Señor durante su Pasión, Muerte y Resurrección.

Ya nos lo sabemos pero está bien repasar, así aprovecharemos hasta la última gota de gracia que Dios quiere derramar en nuestras almas. Porque la Cuaresma no es un tiempo oscuro de privaciones ni mortificaciones extenuantes sino de pausa y silencio para examinarnos por dentro y hacer sitio al Espíritu Santo que vendrá en Pentecostés, después de que Cristo haya ascendido al Cielo: “(…) pero yo os digo la verdad: os conviene que me vaya, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros. En cambio, si yo me voy, os lo enviaré.” Juan 16,7.

Es verdad que en Cuaresma los ornamentos son morados para recordarnos que es un tiempo de penitencia pero la penitencia no es deprimente ni agobiante, nos permite pagar lo que debemos por nuestros pecados y quedarnos en paz, como dice el refrán: “el que paga descansa”, así que yo la considero algo positivo.

El domingo pasado me llevé una decepción porque el sacerdote recordó que el miércoles siguiente era Miércoles de ceniza y avisó de las horas de la imposición de la ceniza pero no recordó que era día de ayuno y abstinencia y me causó tristeza porque eso también es bueno vivirlo, cuando sentimos en el cuerpo los efectos de la penitencia y la mortificación nos es más fácil comprender el valor del sacrificio supremo de Cristo que vamos a vivir dentro de unas semanas. 

Lo del ayuno y la abstinencia ni es complicado ni es para tanto. Lo recuerdo con unas viñetas que me ha enviado una amiga por WhatsApp, a la que se lo agradezco mucho porque son muy claras:

             

Si estás en buena forma espiritual te propongo que vayas a por todas, que no te quedes en los objetivos mínimos sino que rices el rizo y lo des todo para estar súper preparado ya el Jueves Santo y puedas acompañar al Señor en la última cena, en Getsemaní y en el Calvario, que estés ahí bien atento, bien despierto y con el corazón y los sentidos a tope para no perderte nada y que Jesús sienta el calor de tu presencia: si puedes hacer algún sacrifico o mortificación más, adelante, siempre con el consejo de tu director espiritual.

Y si estás algo flojucho por dentro, cansado en el cuerpo o en el alma, agobiado por situaciones que ocupan todos tus pensamientos y ves que no puedes, que no das para mucho más no te sientas mal: la Iglesia es tu madre y te comprende, no va a ir detrás de ti para ver cuándo no ayunas o cuándo comes carne para ¡zas!, darte un garrotazo, ¿te imaginas? Pues no. Las madres sabemos cuándo nuestros hijos no están al 100% y no nos dedicamos a machacarlos sino a cuidarlos más, no les exigimos igual que cuando están rebosantes de salud y ánimo.

Si estás en esta situación haz lo que puedas, aunque sólo sea levantar la mirada al Cielo y decir: “Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que ¡¡te quiero!!”. Él ya lo sabe y valora muchísimo todo lo que haces por amor a Él, sea poco o mucho.

Lo que Jesús espera de cada uno es que le amemos con todo nuestro ser y demos todo lo que tengamos, todo lo que podamos, ni más ni menos.

Yo te animo a que en esta Cuaresma vayas a confesarte, eso no requiere de ayunos ni abstinencias –bueno, ayunar un poco de nuestro orgullo sí que lo requiere, pero puedes darle la vuelta y darte un atracón de humildad-  y te deja súper lleno: de alivio, de paz, de gratitud, de deseos de ser mejor, del amor que Dios siente por ti.

Con todo mi respeto para el autor de la canción "Perdona a tu pueblo, Señor" y para quienes se llenen de devoción con ella, no creo PARA NADA que Dios esté "eternamente enojado", como nos recuerdan algunos coros parroquiales en los oficios de Semana Santa.

Y como ya es tradición en este blog, te dejo con la canción "Cuaresma" del Grupo Betsaida para ir haciendo ambiente: