Todavía no ha logrado desembarazarse La Pasión -la tercera cinta que dirigió Mel Gibson (n. 1956)- del morbo y de la controversia. Mel Gibson, el que con apenas un puñado de películas puede considerarse uno de los mejores directores de finales del XX y comienzos del XXI. Antes había rodado El hombre sin rostro (1993) y Braveheart (1995), con la cual consiguió cinco óscar, entre ellos a la mejor película y al mejor director. Braveheart era ya -si uno es buen observador- un ensayo de La Pasión. La historia de un hombre que da su vida por la libertad de su pueblo, con una escenificación muy cruda de la violencia, una retórica de la épica y la epopeya como género histórico.

Si normalmente es bastante complicado ser ecuánime en las cosas, mucho más lo será cuando esas cosas repercuten de manera tan directa -lo reconozcamos o no- en lo más íntimo de nosotros mismos, en estratos de nuestro ser que por lo general obviamos, pero que no por ello dejan de estar ahí. Decía María Zambrano que “el ser se siente extendido en una cruz formada por el tiempo y la eternidad”. Y de la tensión producida en y desde ese eje da testimonio la filosofía, la literatura universal, o cada una de las bellas artes, incluido por supuesto el cine, que condiciona y conforma en buena medida nuestro imaginario social y personal.


El film de Gibson trata ni más ni menos que de eso: de la dimensión trascendente de la vida humana, del sentido del sufrimiento, del perdón como posibilidad real. Porque hoy más que nunca es necesario hablar al mundo de misericordia, no de venganza. Ahí está el acento y el acierto, expresado en un lenguaje contemplativo, donde prima la imagen sobre la palabra -en arameo y latín, como saben-, donde cada gesto es un acto de creencia. Hay una visualidad radical. Desde el cine mudo muy pocos directores se han atrevido a ello. ¿Efectista, excesivo? ¿Y qué son Kubrick y Scorsese y Coppola? Aconsejo ver con cierta frecuencia La Pasión de Cristo, pero sin prejuicios, abiertos a la libertad expresiva del artista, entre el tenebrismo de Caravaggio y una puesta en escena decididamente inspirada. Los escándalos y prejuicios no dejan de ser un estéril y absurdo reduccionismo intelectual.