La ministra de Defensa en unas declaraciones en que toda correspondencia sintáctica y gramatical brilla por su ausencia –¡Dios mío, la gente que nos gobierna! ¡Y ésta suena como la alternativa del pesoísmo rampante!- ha dicho literalmente lo siguiente:
 
            “Que Gadafi y algunos como él son simplemente lo que parecíaN que eran, lo que TODO intuíamos que eran. Y en segundo lugar, les diría que Europa y más allá incluso de Europa en EXCESIVAS ocasiones ha sido EXCESIVAMENTE prudente lo que ha significado EXCESIVAMENTE benevolente con determinados mandatarios y con determinados RÉGIMENES. Creo que Europa debe ayudar A ALGO QUE ES UNA EVIDENCIA [¿ayudar a una evidencia? ¿cómo se hace eso?] además de por supuesto condenar radicalmente la violencia ejercida sobre la ciudadanía, que estamos viendo, radical condena, pero también debe DE empujar en la buena dirección” [sic, sic y requetesic].
 
            Y mi pregunta, más allá de los retóricos recursos con los que tan lindamente se adorna la ministra, es: Y en todo esto, ¿dónde queda la Alianza de Civilizaciones que impulsaba hasta hace apenas unos meses el Oráculo Omnisciente de la Moncloa? Finalmente ¿forma parte el susodicho de esa pléyade de dirigentes europeos que “en excesivas ocasiones ha sido excesivamente prudente lo que ha significado excesivamente benevolente con determinados mandatarios y con determinados régimenes”, o no forma parte? ¿Se hará inevitable añadir a la Ley de memoria histórica una cláusula adicional que, junto a la obligatoriedad de proclamar lo buena que fue la II República, prohíba declarar que existió una vez una cosa llamada Alianza de Civilizaciones en la que, con el esforzado impulso de la política exterior española y a cargo del sufrido contribuyente español, junto a la España del Omnisciente militaban el Egipto de Mubarak, la Libia de Gadafi, el Túnez de Ben Alí, el Irán de Ahmadineyad, el Bahrein de Al-Khalafi, el Marruecos de Mohammed VI, la Argelia de Buteflika y tantas y tantas otras satrapías magrebíes y no magrebíes?
 
            Si ZP hubiera sido un gobernante normal que hubiera tenido unas normales relaciones, calificables simplemente como de buena vecindad y de defensa de los intereses nacionales, frente a los que son sus vecinos naturales, incluso con los gobernados por sátrapas como los que ahora estamos viendo saltar por los aires, poco es lo que podría reprochársele. Al fin y al cabo, las relaciones internacionales son, de todas las ramas de la política, la más hipócrita, la más despreciable si quieren Vds., la más necesaria y pragmática desde otro punto de vista. Ahora bien, ¿era necesario significarse en el modo y manera en que lo hizo el Ominisciente al solo objeto, -reconozcámoslo así porque así fue-, de mitigar esa obsesión patológica que tenía por tocarle las mindangas a Bush, con no se sabe qué beneficio para los españoles aún por desvelarse?
 
            La verdad es que no hay palo que haya tocado el Omnisciente que no se derrumbe inexorablemente al mero paso de los minutos, de los segundos. Nada tiene más consistencia que el humo de los muchos cigarrillos que se fuma, un humo que, por otro lado, parece constituir todo el ancho panorama de su raquítico campo óptico. Difícil imaginar tanto despropósito en tan escaso tiempo. Ahora bien, los españoles lo hemos votado... ¡¡¡Y dos veces, señores, dos veces!!! Shame on us!
 
 
 
 
 
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