El Adviento nos introduce ya en Belén, en estos días en los que colocamos los "nacimientos" con tanta ilusión como ternura, recordando, celebrando y viviendo aquella primera Navidad de la tierra. Durante el Adviento la Palabra de Dios ha ido avivando nuestra esperanza en la venida del Salvador. Y como en la primera comunidad cristiana el deseo se hace oración: "¡Ven, Señor!". El pasado y el presente nos abren al futuro. El evangelio nos invita a contemplar a María, la joven doncella de Nazaret, que dice un "sí" definitivo y radical a los planes de Dios. En la persona de María se cumple la profecía formulada por Isaías ocho siglos antes: "La Virgen concebirá en su seno y dará a luz un hijo, que se llamará Dios con nosotros". También José, el justo, da su consentimiento y se apresta para preparar la casa donde habite el Salvador. En la humildad de su respuesta, se convierten en modelo para todos los que proclamamos la encarnación de Dios y preparamos hoy su venida.
En vísperas ya de la Navidad, podríamos recordar los "tres secretos o claves" de la Virgen: primero, una palabra; segundo, un encuentro; tercero, un gesto sacrificado.

Primero, una palabra: "Hágase", un "sí" rotundo a la voluntad de Dios, a los planes de Dios, enseñándonos así el camino de la santidad. El mundo se ha edificado sobre cuatro "Hágase": el de la creación: "Hágase la luz"; el de la Encarnación: "Hágase en mi, según tu Palabra"; el de la redención: "Padre, no se haga mi voluntad sino la tuya"; el de la santificación: "Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo".

Segundo, un encuentro: una vez que ha sido "tocada" por Dios, María se pone en camino para visitar a su prima Isabel, enseñándonos que el amor de Dios hemos de derramarlo en los demás, en un prójimo anhelante de testimonio. María se marcha a Ain Karin, donde acompañará a Isabel, le ayudará en las tareas del hogar, y proclamará el hermoso Canto del Magnificat.

Tercero, un gesto sacrificado: María, acompañando a su Hijo al pie de la cruz, nos enseña que las obras deben cristalizar en hechos, y nuestras palabras y buenas intenciones en realidades. Como nos decía el Papa Benedicto XVI, el pasado 8 de diciembre, en la plaza de España, en Roma: "María nos consuela y nos comunica el amor de Dios: No temas, hijo, Dios te quiere; te ama personalmente; pensó en ti antes de que vinieras al mundo y te llamó a la existencia para colmarte de amor y de vida; y por eso, ha salido a tu encuentro, se ha hecho como tú".

ANTONIO GIL