El Papa está a punto de llegar a Santiago y Barcelona. Yo, desgraciadamente, no podré estar allí pero los que vayan, que espero que sean muchos miles, seguro que le dan el recibimiento que Su Santidad merece. Y también estoy seguro de que una vez se marche, todas estas personas (y los que lo vean por televisión, como yo) se irán a sus casas alegres y reconfortadas por haberle escuchado. Y es entonces, al ver tanta gente contenta y fervorosa, cuando alguno pensará que, de nuevo, todo ha sido éxito.

Señores: ¡pero si esto será sólo el principio! Ahora es cuando todas esas personas se van (nos vamos) a enfrentar a la realidad, cuando van a demostrar a todos, y a ellos mismos, que lo que les han dicho en Santiago y Barcelona es Verdad. Pero, ¡ay amigo!… ¿y qué es lo que me han dicho? Porque seguro que me han dicho algo, pero… ¿qué? Claro, entre tanto folio…

Todas esas personas, cuando vuelvan a su entorno, a sus amigos, a sus familias, a sus trabajos, resulta que no van a tener nada nuevo que contar, por la sencilla razón de que es probable de que no se hayan enterado de qué les han dicho, al menos algo concreto para el día a día. A mí me ha pasado esto. Y es que la Iglesia dice las cosas tan bien, tan bien… que a veces no hay quién se entere.

Supongamos que nos dijeran algo así: “Hermanos, este año centraros en trabajar en vuestros compromisos del Bautismo, ya sabéis, asemejaros a Cristo, llevar una vida sin mancha y evangelizar. Poneos un propósito concreto para cada compromiso, revisadlo cada día y dentro de un año vemos cómo os va. Y recordad que si no estáis en un grupo es casi imposible perseverar en estas tres cosas”.

Así se entendería todo a la perfección.

Aramis