Martes, 20 de agosto de 2019

Religión en Libertad

En uno de los 22 centros católicos de Río para adictos

El Papa habla contra la liberalización de las drogas y abraza a los ex-toxicómanos recuperados

Francisco abrazó a algunos ex-toxicómanos y animó a todos a alzarse y no rendirse
Francisco abrazó a algunos ex-toxicómanos y animó a todos a alzarse y no rendirse

P. J. G. / ReL

"No es liberalizando el uso de drogas, como se está estudiando en varias partes de América Latina, como se logrará reducir la propagación y la influencia de la drogodependencia".

Así habló el Papa Francisco ante unas 1.500 personas apiñadas en el hospital de terapias de dependencias y de atención a disminuidos "San Francisco de Asís", en la zona norte de Río, el barrio de Tijuca, un oasis tranquilo entre las favelas de Borel y Formiga. Otras 3.000, según la Policía, rodeaban las calles cercanas pese a la lluvia.

Si Benedicto XVI en la JMJ de España y en sus visitas a Santiago y Barcelona visitó a disminuidos físicos y psíquicos, Francisco ha querido poner el foco sobre las adicciones y dependencias, y promover un discurso de liberación de estas esclavitudes.

Y lo hizo con una insólita alusión -no lo ha hecho apenas durante su Pontificado- a medidas políticas concretas: no a la liberalización de las drogas.

Cardoso, Gaviria, Zedillo... ¿oyeron?
En la prensa brasileña, como por ejemplo en el diario "O Globo", enseguida lo relacionaron con "el grupo de políticos y ex presidentes de Brasil, Fernando Henrique Cardoso, de Colombia, César Gaviria, y de México, Ernesto Zedillo, que abogan por la liberalización de las drogas blandas como la marihuana".



Pero el Papa no solo pide represión, sino también prevención y profundización: "Es necesario hacer frente a los problemas que están en la raíz del consumo de drogas, la promoción de una mayor justicia, la educación de los jóvenes a los valores que construyen una vida en común, acompañando a las personas con dificultades y dar esperanza para el futuro".

Francisco abrazó a ex-toxicómanos, a enfermos, a cuidadores... Pero él mismo dijo que aunque hay que "abrazar a los necesitados, para expresar la solidaridad, el afecto y el amor", admitió que abrazar "no es suficiente".

El Papa animó a acercarse al adicto y decirle: "¡Puedes levantarte! Puedes subir. Será algo exigente, pero es posible si quieres" Y dijo a las personas en procesos de recuperación y desintoxicación: "Nadie puede hacer ese esfuerzo por vosotros, pero nunca estarís solos. La Iglesia y muchas personas están en solidaridad con vosotros".

Ídolos y engaños del mundo
Por la mañana en Aparecida prevenía de "la fascinación de tantos ídolos que se interponen en el lugar de Dios: el dinero, el poder, el éxito, el placer". Por la tarde, en el hospital, advertía contra las "propuestas engañosas de los ídolos del mundo". 

Después de su discurso, el Papa rezó la oración del "Padre Nuestro", bendijo la placa commemorativa del lugar y los rosarios que le presentaron. Dos chicos, hijos de ex-drogadictos, regalaron a Francisco una imagen del santo de Asís (realizada por un ex-toxicómano) y unas flores.

Un hospital muy franciscano
En el hospital San Francisco todo es muy franciscano: la orden que lo gestiona es la Venerable Tercera Orden Franciscana, y su director se llama.. ¡Frei Francisco! Fue él quien recordó la acogida del santo de Asís a los leprosos, con una idea-denuncia: "Santo Padre, la lepra de nuestros días se llama droga". Algo que mata lentamente, que se puede vencer con ayuda social, pero que asusta a muchos y estigmatiza a sus víctimas.



Un ex-drogadicto, abrazado por el Papa, explicó su periplo: "Santidad, viví 17 años drogándome, y 10 años vagabundeando por las calles de la ciudad. Hoy, gracias a Dios, estoy sobrio". Otro ex-dependiente explicó: "Perdí todos mis bienes materiales y mi dignidad. Intentaba parar, pero no lo conseguía. En 2012 fui internado y desde entonces estoy sobrio".

Una red católica, con ayuda de Italia
Así realzaban la importancia de estos centros. De hecho, la arquidiócesis de Río sostiene una red de 22 centros similares, de ayuda contra la drogodependencia, un esfuerzo enorme que es posible gracias al compromiso de los católicos cariocas, de consagrados y religiosas, de voluntarios laicos y al apoyo de los obispos italianos: la Conferencia Episcopal Italiana ha dedicado 1 millón de euros a estos centros.



El Papa se volvió a su residencia como había llegado: en un coche pequeño y sencillo, con las ventanas abiertas para saludar a la gente, que pese a la lluvia intentaba verle.

Discurso del Papa en el Hospital San Francisco de Asís
Querido Arzobispo de Rio de Janeiro y queridos hermanos en el episcopado;
Honorables Autoridades,
Estimados miembros de la Venerable Orden Tercera de San Francisco de la Penitencia,
Queridos médicos, enfermeros y demás agentes sanitarios,
Queridos jóvenes y familiares

Dios ha querido que, después del Santuario de Nuestra Señora de Aparecida, mis pasos se encaminaran hacia un santuario particular del sufrimiento humano, como es el Hospital San Francisco de Asís.

Es bien conocida la conversión de su santo Patrón: el joven Francisco abandona las riquezas y comodidades del mundo para hacerse pobre entre los pobres; se da cuenta de que la verdadera riqueza y lo que da la auténtica alegría no son las cosas, el tener, los ídolos del mundo, sino el seguir a Cristo y servir a los demás; pero quizás es menos conocido el momento en que todo esto se hizo concreto en su vida: fue cuando abrazó a un leproso.



Aquel hermano que sufría, marginado, era «mediador de la luz (...) para san Francisco de Asís» (cf. Carta enc. Lumen fidei, 57), porque en cada hermano y hermana en dificultad abrazamos la carne de Cristo que sufre. Hoy, en este lugar de lucha contra la dependencia química, quisiera abrazar a cada uno y cada una de ustedes que son la carne de Cristo, y pedir que Dios colme de sentido y firme esperanza su camino, y también el mío.

Abrazar. Todos hemos de aprender a abrazar a los necesitados, como San Francisco. Hay muchas situaciones en Brasil, en el mundo, que necesitan atención, cuidado, amor, como la lucha contra la dependencia química. Sin embargo, lo que prevalece con frecuencia en nuestra sociedad es el egoísmo.

¡Cuántos «mercaderes de muerte» que siguen la lógica del poder y el dinero a toda costa! La plaga del narcotráfico, que favorece la violencia y siembra dolor y muerte, requiere un acto de valor de toda la sociedad. No es la liberalización del consumo de drogas, como se está discutiendo en varias partes de América Latina, lo que podrá reducir la propagación y la influencia de la dependencia química.

Es preciso afrontar los problemas que están a la base de su uso, promoviendo una mayor justicia, educando a los jóvenes en los valores que construyen la vida común, acompañando a los necesitados y dando esperanza en el futuro. Todos tenemos necesidad de mirar al otro con los ojos de amor de Cristo, aprender a abrazar a aquellos que están en necesidad, para expresar cercanía, afecto, amor.

Pero abrazar no es suficiente. Tendamos la mano a quien se encuentra en dificultad, al que ha caído en el abismo de la dependencia, tal vez sin saber cómo, y decirle: «Puedes levantarte, puedes remontar; te costará, pero puedes conseguirlo si de verdad lo quieres».

Queridos amigos, yo diría a cada uno de ustedes, pero especialmente a tantos otros que no han tenido el valor de emprender el mismo camino: «Tú eres el protagonista de la subida, ésta es la condición indispensable. Encontrarás la mano tendida de quien te quiere ayudar, pero nadie puede subir por ti».

Pero nunca están solos. La Iglesia y muchas personas están con ustedes. Miren con confianza hacia delante, su travesía es larga y fatigosa, pero miren adelante, hay «un futuro cierto, que se sitúa en una perspectiva diversa de las propuestas ilusorias de los ídolos del mundo, pero que da un impulso y una fuerza nueva para vivir cada día» (Carta enc. Lumen fidei, 57). Quisiera repetirles a todos ustedes: No se dejen robar la esperanza. Pero también quiero decir: No robemos la esperanza, más aún, hagámonos todos portadores de esperanza.

En el Evangelio leemos la parábola del Buen Samaritano, que habla de un hombre asaltado por bandidos y abandonado medio muerto al borde del camino. La gente pasa, mira y no se para, continúa indiferente el camino: no es asunto suyo. Sólo un samaritano, un desconocido, ve, se detiene, lo levanta, le tiende la mano y lo cura (cf. Lc 10, 29-35).

Queridos amigos, creo que aquí, en este hospital, se hace concreta la parábola del Buen Samaritano. Aquí no existe indiferencia, sino atención, no hay desinterés, sino amor. La Asociación San Francisco y la Red de Tratamiento de Dependencia Química enseñan a inclinarse sobre quien está dificultad, porque en él ve el rostro de Cristo, porque él es la carne de Cristo que sufre. Muchas gracias a todo el personal del servicio médico y auxiliar que trabaja aquí; su servicio es valioso, háganlo siempre con amor; es un servicio que se hace a Cristo, presente en el prójimo: «Cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo» (Mt 25,40), nos dice Jesús.

Y quisiera repetir a todos los que luchan contra la dependencia química, a los familiares que tienen un cometido no siempre fácil: la Iglesia no es ajena a sus fatigas, sino que los acompaña con afecto. El Señor está cerca de ustedes y los toma de la mano. Vuelvan los ojos a él en los momentos más duros y les dará consuelo y esperanza.

Y confíen también en el amor materno de María, su Madre. Esta mañana, en el santuario de Aparecida, he encomendado a cada uno de ustedes a su corazón. Donde hay una cruz que llevar, allí está siempre ella, nuestra Madre, a nuestro lado. Los dejo en sus manos, mientras les bendigo a todos con afecto. 


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