Religión en Libertad
LA HISTORIA CON NOMBRE PROPIO
Donoso Cortés, contemporáneo nuestro
En su día, Paul Claudel escribió que los profetas son los comentadores de la actualidad. Una afirmación especialmente feliz para iluminar la vida y la obra del marqués de Valdegamas
Actualizado 12 marzo 2010 - 11:43  
Domingo González - Arnaud Imatz   
En pocos meses la popularidad del marqués de Valdegamas alcanzó su apogeo. Sus artículos, sus discursos y sus libros, traducidos al francés, al italiano y al alemán, fueron objeto de múltiples publicaciones. Ranke y Schelling los comentaron, Metternich los alabó, Luis Napoleón, Federico Guillermo IV y probablemente el zar Nicolás II los leyeron y meditaron. Brillante y efímero cometa, Donoso Cortés muere apenas cuatro años después de haber alcanzado el culmen de su celebridad y autoridad.

Un largo período de oscuridad

Al éxito fulminante sucede un largo período de oscuridad. Olvidado, desconocido, ignorado durante varios decenios, el diplomático de Extremadura es redescubierto en la época entre las dos guerras y en los años cincuenta. A partir de que los libros de Edmund Schramm y de Dieter Westemeyer, y sobre todo los trabajos de Carl Schmitt y de Federico Suárez hubieron mostrado la formidable penetración del espíritu donosiano y su intensa actualidad, la atención sobre él no se ha amortiguado. Para convencerse de ello basta una mirada sobre su bibliografía. Con la desdichada excepción de Francia, la literatura abunda sobre el autor y su obra.
El insulto o el silencio fueron las armas favoritas contra Donoso durante su vida y tras su muerte. El politólogo Carl Schmitt se pregunta sobre el motivo del terrible odio cernido sobre este hombre bueno, indulgente y dulce: «No se trata de una hostilidad normal, propia de la lucha política -escribe- Esta aversión tiene relación precisamente con la racionalidad de la idiosincrasia donosiana y se apoya en motivos más profundos, metafísicos».



Parroquia de Valle de la Serena (Badajoz), donde fue bautizado Donoso

Donoso fue un hombre brillante y admirado, un diplomático fino y eficaz, un hombre de Estado seguro y hábil, un orador elocuente, un escritor de pluma elegante y fácil; en fin, un católico cuya vida posee valor de ejemplaridad. Era demasiado para sus adversarios. No podían soportar que un tal hombre desafiara su pretensión de poseer el monopolio de la inteligencia y de la interpretación del sentido de la Historia. Hubieran preferido que sus trágicas y claras predicciones fuesen las de un romántico, las de un autodidacta o las de un primitivo. La voz de un ermitaño o de un monje no habrían tenido, probablemente, ningún eco. Contra él, en cambio, la benévola indulgencia no era de recibo: era demasiado hábil y tenía demasiado peso.

La historia le da la razón

El pensamiento europeo dominante juzgó sus ideas superadas y prefirió ignorarlas. Pero la historia le dio en gran parte la razón. No cabe negar actualidad a un pensamiento que asesta un golpe mortal a la filosofía progresista de la historia, pilar del comunismo marxista. No se puede negar el interés de una obra que anuncia la venida de un despotismo gigantesco, obsesión hoy de un gran número de pensadores y gobernantes. Ni resulta posible negar la presciencia de un hombre capaz de prever y de anunciar, en pleno apogeo zarista, el papel de Rusia en la revolución comunista y el océano de sangre que sumergirá a Europa durante los cien años que siguieron a la revolución de 1848.


Busto de Donoso Cortés en Valle de la Serena

Las impactantes capacidades proféticas de Donoso se manifestaron de forma privilegiada en unas circunstancias especialmente solemnes. En efecto, el 4 de enero de 1849 el marqués de Valdegamas va a pronunciar en las Cortes el célebre Discurso sobre la Dictadura. En España, y sobre todo en el extranjero, el éxito de esta trágica y brillante pieza oratoria es inmediato. «No me avergüenzo hoy, como sesentón, -escribió en los años cincuenta Carl Schmitt- tras todas mis experiencias con hombres y libros, con discursos y situaciones, de afirmar que el gran discurso de Donoso sobre la Dictadura de 4 de enero de 1849, es el más magnífico discurso de la literatura universal, sin exceptuar a Pericles y Demóstenes, ni a Cicerón, Mirabeau o Burke».

«Estoy aguardando el diluvio y riéndome de los tontos», decía Donoso a su discípulo Gabino Tejado en una carta de 1851. Hoy el diluvio se nos viene encima, y todavía quedan tontos que lo niegan y, lo que es peor, algunos se refugian en la meteorología para defender su posición. Ese sea tal vez el problema. El diluvio que se nos viene encima (y que Donoso pronosticó por su profundo conocimiento del alma humana), no es asunto que tenga que ver con la atmósfera, los anticiclones, las precipitaciones o los frentes fríos. Es algo mucho más grave. Es un asunto de hombres. Por eso ninguna de nuestras orgullosas ciencias sociales, tan cargadas de prejuicios ideológicos anacrónicos y de lastres epistemológicos, se sienten a la altura del reto de nuestro tiempo. Tal vez porque el reto de nuestro tiempo es el reto de los últimos tiempos.

La literatura política profética, escatológica y apocalíptica, que Donoso fecundó con su obra, ha sido retomada por otros autores. Entre ellos sobresale la figura del antropólogo franco-americano René Girard, cuya trágica advertencia («querer aliviar es siempre contribuir a lo peor») Donoso suscribiría con casi total seguridad. En su día, Paul Claudel escribió que los profetas son los comentadores de la actualidad. Una afirmación especialmente feliz para iluminar la vida y la obra del marqués de Valdegamas. Donoso Cortés, hoy más que nunca, es nuestro contemporáneo.