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Misionero paúl argentino en Madagascar, nominado al Nobel de la Paz

El apóstol de la basura, el albañil de Dios: el padre Opeka ha creado una ciudad; empezó con fútbol

El apóstol de la basura, el albañil de Dios: el padre Opeka ha creado una ciudad; empezó con fútbol
Llegó a Madagascar en 1970 con la Congregación de San Vicente de Paúl. Prometió una vida digna a los pobres

ReL

15 septiembre 2016

Pedro Opeka es un sacerdote argentino de 69 años,  misionero en la isla africana de Madagascar desde 1970 con la Congregación de San Vicente de Paúl. Se calcula que en su largo servicio misionero ha ayudado a medio millón de personas a reducir su pobreza extrema. En algunos lugares ya le llaman, popularmente,  el "santo de Madagascar".

Por su labor con los pobres obtuvo la Legión de Honor en 2008 y estuvo nominado al Premio Nobel de la Paz. El portal argentino InfoBae recoge la historia de Pedro Opeka.

«El santo de Madagascar»
Lleva casi 50 años en Madagascar y gracias a su obra en ese país muchas personas abandonaron la situación de indigencia. Una causa noble admirada en todo el mundo. 

Nació en San Martín, Buenos Aires, para vivir su historia en Akamasoa, Madagascar y multiplicar su admiración en Europa. En su juventud trabajó con su padre esloveno en la industria de la construcción, en la ciudad de Miramar.

Pedro también leía la Biblia una y otra vez. Quedó impactado con Jesús, “el amigo de los pobres”.

En Junín de los Andes construyó una casa para que una familia se resguardara del frío, hasta que leyó una carta que le motivó.

La Congregación de San Vicente de Paúl explicaba en un escrito de 1648 cómo fue la llegada de los primeros misioneros a Madagascar. “Me voy para allá”, fue la reflexión de Pedro.


En el centro Pedro Opeka junto a niños de la ciudad de Akamasoa

“La Madre Teresa con pantalones”, “el Santo de Madagascar”, “el Soldado de Dios”, “el Apóstol de la basura”, “el Albañil de Dios”. Son los múltiples pseudónimos con los que sus conocidos apodan a Pedro. 

A sus 69 años tiene más de diez libros publicados y siete documentales: todos en territorio africano y europeo. 

Su causa hacia los pobres le llevó a ser propuesto para el Nobel de la Paz en años anteriores. Pero la contemporaneidad de su lucha interminable es el rasgo que le posiciona en la vida.

Refugio a los desamparados
Hace 50 años (por aquel entonces Pedro tenía 22), que Madagascar es su patria adoptiva. Llevó su lucha hasta uno de los países más relegados del mapa, una de las zonas más pobres del planeta. Cambió miseria por oportunidades y brindó refugio a los desamparados.

Su apariencia, polarizada, fue un contrapunto cultural de impacto ante un paisaje humano uniforme de tez negra. Fueron suficientes décadas de sojuzgamiento y represión para que una comunidad africana asimilara gentilmente a un integrante de una raza asociada a su horror. Su estigma por ser un hombre blanco lo resolvió jugando al fútbol con los chavales. Bastó una pelota, un partido para empatar las diferencias.

Desde niño, Pedro deseaba ser sacerdote y futbolista. Le dijeron que era inviable esa combinación: una cosa o la otra. Eligió, entonces, ser sacerdote, misionero y futbolero. 



Su obra en Madagascar
Su legado en Madagascar se divide en dos. Sus primeros 15 años trascendieron sobre la costa sureste, dentro de la selva tropical en un pueblo llamado Vangaindrano.

Con el fútbol como vehículo cultural, con el esfuerzo como obra de cambio, animaba la iglesia junto con otros curas de la misma congregación.

Entre creaciones de dispensarios para salud, educación y cooperativas de trabajo, el Padre Opeka padeció paludismo y parasitosis. Para tratar las enfermedades se trasladó a Antananarivo, la capital del país, en donde se encuentra en la actualidad.

“No vi pobreza, ahí conocí la miseria. Cuando llegué vi miles y miles de personas que vivían de uno de los vertederos más grandes del mundo. Esa noche no dormí y le pedí a Dios que me diera fuerzas para rescatarlos de ahí”, recuerda el sacerdote.

Akamasoa, la ciudad que creó Pedro Opeka
La ciudad de Akamasoa fue obra de Pedro Opeka y la primera piedra se puso en 1990. El trabajo, la escolarización de los niños y el respeto de las normas de convivencia fueron las tres condiciones que el sacerdote impuso allí para regular la vida de sus habitantes.



La ciudad cobijó a más de medio millón de personas. Hoy, 25 mil habitantes, diez mil escolarizados, quince mil menores de 15 años, viven en una distribución de 17 barrios. “Es la ciudad de los pobres, la ciudad de los que están cansados de esperar“, cuenta.

Akamasoa recibe ayuda de tres organizaciones no gubernamentales de Francia, una de Mónaco, más cooperaciones económicas que llegan desde España y Eslovenia. Europa es el principal motor de su obra y desde allí se gestó su candidatura al Premio Nobel de la Paz.




 
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