Domingo, 16 de junio de 2019

Religión en Libertad

Tras un proceso de sanación de cuerpo y alma, ahora es activista contra la pena de muerte

SueZann miró fijamente al asesino de su padre en el juicio y le dijo: «Te perdono al 100 por 100»

Bosler, ante las condenas a muertre en Estados Unidos, promueve el envío de cartas solicitando clemencia al Gobernador del Estado
Bosler, ante las condenas a muertre en Estados Unidos, promueve el envío de cartas solicitando clemencia al Gobernador del Estado

ReL

El gesto y la mirada determinados de la norteamericana SueZann Bosler (Homestead, Florida) revelan la resiliencia y honestidad de una superviviente y, al mismo tiempo, de una persona que ha sido capaz de perdonar, explica el periodista Joan Andreu Parra, en Cataluña Cristiana, que ha podido entrevistarla. En la biografía de Bosler están marcados al rojo vivo los efectos del terremoto que se originó cuando James Bernard Campbell asesinó a su padre, el reverendo Bill Bosler, mientras ella, con 24 años, resultaba malherida con afectaciones crónicas en el habla y la memoria. Una vez curada, de cuerpo y alma, luchó por evitar la ejecución del asesino confeso de su padre y creó, junto a otros, la asociación Journey of Hope, donde lleva treinta años batallando contra la pena de muerte. Bosler estuvo en Barcelona recientemente con motivo de la Jornada internacional Ciudades por la Vida-Ciudades contra la Pena de Muerte, donde fue invitada por la Comunidad de Sant Egidio.

- La inmensa mayoría de personas nos oponemos a la pena de muerte en abstracto. En su caso, usted se ha opuesto a la ejecución de una persona que asesinó con saña a su padre, hace 31 años, y que la dejó a usted malherida. ¿Contra qué sentimientos propios ha tenido que luchar para convencerse de que la pena de muerte no era necesaria para conseguir justicia?

- Quiero ser honesta en mi respuesta. He tenido la suerte de haber sido educada en la Iglesia -por mi padre, que era reverendo, y por la propia comunidad, la Iglesia de los Brethren, una pequeña denominación anabaptista- y pensaba que tenía que ser una experta en perdón, al menos conceptualmente. Durante cinco años, tras los hechos, me repetí cientos de veces que perdonaba al asesino de mi padre, pero al volver a mi casa estaba enfadada, sentía odio y ganas de venganza, de causar daño. Entonces dudé mucho de Dios, le cuestioné y me encaré con él. Nuestra familia nos consideramos personas muy decentes, ¿por qué justamente tenía que pasarnos a nosotros?

- Y llegó el momento del juicio...

- En la sala, antes de que entrara todo el mundo, me encontré cara a cara con él [James Bernard]. Le miré fijamente y le dije que le perdonaba al cien por cien. Lo hice de corazón, con el alma, sin esperar agradecimiento de él ni que él me pidiera perdón. Fue un momento muy bonito, de gran libertad, y eso me proporcionó un enorme sentimiento de tranquilidad y alivio.

- Perdonó de verdad...

- Antes de eso, pensaba que si le perdonaba ya no podría llorar por mi padre o echarle de menos. Intentaba programarlo. Pero el perdón llega cuando llega, es un proceso personal. También pensaba que yo era mejor que ese hombre, antes de perdonarlo. Descubrí que yo no era mejor que él, sino que éramos iguales. Qué más da que seas el rey de España, un trabajador o un asesino. El perdón fue algo muy grande para mí, no sé dónde estaría, ni quién sería como persona, de no haberlo practicado. A partir de ese momento sentí una fortaleza en mi interior que me llevó a luchar para que no mataran al asesino de mi padre.

SueZann Bosler detenida por la policía durante una protesta contra la pena de muerte

- ¿A quién debe sus convicciones?

- En el juicio, la fiscalía insistía para que yo apoyara la pena de muerte del acusado. Pero si yo colaboraba en su ejecución sería un deshonor para mi padre, porque sería ir en su contra y de sus ideales pacifistas. ¿Qué papel tenía el perdón entonces? Ciertamente mis palabras son las de mi padre. Ocho años antes de que le mataran hablamos sobre la pena de muerte y conocía sus argumentos religiosos y morales en contra. Pero fue definitivo cuando me dijo: “Si un día me asesinan, no quiero que ejecuten a mi asesino.”

- ¿Qué opinan su madre y hermanas?

- Mi madre respondía a los medios de comunicación que se interesaron por los hechos como hizo Jesús cuando le crucificaban: “Padre, perdónalos, no saben lo que hacen.” Con mis hermanas no hablamos de ello, no sé en qué punto están. Fue chocante que la madre de mi padre, mi abuela, que le había educado en contra de la pena de muerte, en el juicio le dijera al juez: “En general estoy en contra de la pena de muerte, pero haga lo que crea conveniente.” Y después me enteré de que había hecho una campaña para que la condena a muerte del culpable saliera adelante.

- Usted ha explicado que se sintió tratada como una enemiga del Estado, al pedir al jurado la clemencia por el asesino, en lugar de la pena de muerte. ¿Cuál es la reacción de la Justicia en estos casos?

- De entrada, llamaba la atención que el acusado no tuviera a nadie de la familia que lo apoyara en el juicio, solo lo hacíamos mi comunidad y yo misma. Mi batalla fue conmutar la pena de muerte por la prisión permanente, tras dos juicios con dos sentencias condenatorias de muerte. Pese a la imagen de apertura y que todo el mundo puede opinar en el sistema judicial en Estados Unidos, en los juicios me hicieron sentir como una enemiga del sistema: mis derechos como víctima se violaron, mi opinión no fue respetada. Incluso un juez, cuando dije que era partidaria de abolir la pena de muerte, me amenazó con una multa y cárcel. En el tercer juicio me vi obligada a contratar a una abogada que me enseñó a moverme en el juego judicial y a poner al jurado a mi favor. Finalmente, se  pudieron cambiar las dos condenas a muerte por cuatro condenas de cárcel, que sumaban 200 años.

- Fundó junto a otras víctimas Journey of Hope, cuyo lema es “La respuesta es el amor y la compasión para toda la humanidad”. ¿Qué le aporta esta militancia?

- Cofundé este grupo diez años después de los hechos y es parte de mi proceso de curación, el poder contar esta historia. En este viaje a Cataluña, me he dirigido a varios auditorios. Por ejemplo, ahora acabo de hablar con los jóvenes de la Facultad de Educación y me han inspirado. Ellos son el futuro.

Bosler, en el medio, junto a otros dos participantes en el encuentro Ciudades por la vida, organizado por la Comunidad de Sant Egidio, en Barcelona

- Vive y trabaja como peluquera en Florida. ¿Qué grado de popularidad tiene la pena de muerte en Estados Unidos? ¿Qué opinan de ello sus clientas?

- Quiero que las personas que se sientan en la silla de la peluquería, ya estén a favor o en contra de la pena de muerte, puedan expresarse y sentirse cómodas expresando sus opiniones. Las respeto. En una charla que impartí, un hombre me dijo: “Tú que eres una persona religiosa, ¿qué te parece el ojo por ojo?” Le con­ testé con la respuesta de Gandhi: “Ojo por ojo y todo el mundo acabará ciego.”

- “Cuando los cristianos decidan que la pena de muerte es incompatible con el evangelio de la gracia y la redención, la pena de muerte morirá en América”, hemos leído del autor Shane Claiborne. ¿Está de acuerdo? ¿Tan grande es el poder de los cristianos en Estados Unidos?

- Sí, absolutamente de acuerdo. Mientras impartíamos esta charla hemos visto cómo Malasia o el estado de Washington han derogado la pena de muerte. Hemos hecho progresos, lentos, sin embargo. Hay mucha gente a favor de conmutar la pena de muerte por prisión permanente, solo quieren asegurarse de que los culpables no puedan volver a delinquir.

- Algunos observadores argumentan que la ola orquestada de ataques al Papa Francisco tiene una posible motivación en la derogación de la justificación de la pena de muerte del Catecismo de la Iglesia católica. ¿Qué opina de ello?

- Esto no lo sabía, naturalmente es una gran noticia. El hecho de que el Papa lo haya sacado a la luz hará que muchos católicos se lo repiensen.

SueZann se despide con algunas reflexiones más: “¿Por qué matar a personas para demostrar que matar está mal?”. “Si los derechos humanos no son para todos, para nada existen los derechos humanos”. Y se despide rememorando el estribillo de un himno que se cantaba en la Iglesia de su padre: “Let there be peace on Earth, and let it begin with me” [“Que haya paz en la Tierra, y que esta empiece por mí”].

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