Miércoles, 08 de abril de 2020

Religión en Libertad

El epicentro espiritual de México... y del viaje papal

En Guadalupe el Papa oró ante la Virgen como deseaba: pide a todos ser embajadores del amor de Dios

Francisco predica su homilía en la Basílica de Guadalupe, con la imagen de la Virgen, de San Juan Diego y un gran Cristo detrás
Francisco predica su homilía en la Basílica de Guadalupe, con la imagen de la Virgen, de San Juan Diego y un gran Cristo detrás
El Papa Francisco presidió una Misa en la tarde del sábado en la Basílica de Guadalupe en Ciudad de México ante miles de personas a quienes, siguiendo el tono de su discurso a los obispos, alentó a ser sus embajadores para hacer el bien sobre todo a los más débiles y pidió no dejarse vencer por los sufrimientos o dolores.

Luego de un recorrido de unos 40 minutos desde la Nunciatura hasta la llamada Villa, adonde llegó a las 4:38 p.m. (hora local), el Santo Padre recorrió el lugar en medio de un gran ambiente de alegría y entusiasmo de todos los fieles asistentes que se calcula son unos 40.000 según estimaciones de las autoridades. La Villa estaba totalmente abarrotada de personas que recibieron al Papa con diversos cánticos como el clásico: “¡Esta es la juventud del Papa!”

El Pontífice ingresó a la Antigua Basílica o Templo Expiatorio de Cristo Rey donde se revistió para la Misa, que se inició a las 5:00 p.m. como estaba programada y que fue concelebrada por una gran cantidad de obispos y sacerdotes.

Portando el báculo que solía usar San Juan Pablo II, Francisco inició el procesional hacia la nueva Basílica mientras saludaba y bendecía a los fieles, pasando por encima de unas coloridas alfombras de aserrín.

Antes de ingresar, el Papa prendió una gran vela votiva por el Año de la Misericordia, para cruzar luego la Puerta Santa del gran templo.

El canto de entrada fue “Bendito el que viene en nombre del Señor” entonado por el coro de la Basílica que resonó en la iglesia mientras el Santo Padre inciensaba la tilma de Guadalupe, tras lo cual la multitud estalló en aplausos.



Con la Virgen como madre, el llanto no es estéril
En su homilía, el Pontífice destacó las enseñanzas ligadas a la advocación de Guadalupe: “Nos dice que tiene el «honor» de ser nuestra madre. Eso nos da la certeza de que las lágrimas de los que sufren no son estériles. Son una oración silenciosa que sube hasta el cielo y que en María encuentra siempre lugar en su manto”. Y añadió: "Hoy nuevamente nos vuelve a enviar; como a Juanito, hoy nuevamente nos vuelve a decir, sé mi embajador, sé mi enviado a construir tantos y nuevos santuarios, acompañar tantas vidas, consolar tantas lágrimas”.

Para esta tarea de ser embajadores del amor de Dios, Francisco resaltó que “todos somos necesarios, especialmente aquellos que normalmente no cuentan por no estar a la «altura de las circunstancias» o por no «aportar el capital necesario» para la construcción de las mismas”.


Una niña ayuda al Papa con las flores que dejó a la Virgen en su camarín

El deseo de Francisco: orar ante la tilma
Al concluir la Misa el Papa y los obispos mexicanos rezaron unos minutos mirando a la tilma de la Virgen.

Después llegó el momento en que el Papa Francisco cumplió el sueño que, según había explicado, le llevaba a México: orar a solas ante la imagen de la Virgen de Guadalupe. El Pontífice ofreció un ramo de flores amarillas y se sentó a rezar en silencio durante unos 20 minutos ante la imagen de la tilma de la Virgen de Guadalupe en el llamado camarín de la Virgen de Guadalupe.



Pocos minutos antes el Papa bendijo una corona para la Morenita del Tepeyac, que se colocó a la izquierda de las flores que llevó Francisco.

Mientras el Papa estuvo ante la imagen de la Virgen, los obispos mexicanos lo acompañaron desde el altar mayor de la Basílica, y los más de 40.000 fieles que asistieron a la Misa rezaron con él en silencio. Al concluir este intenso momento de oración el Papa tocó la tilma e hizo la señal de la cruz. Tras la oración, dieron vivas a la Madre de Dios.


Los obispos esperaban fuera, al pie del camarín, mientras Francisco oraba a la Virgen en privado

En su vídeo de saludo a los mexicanos antes de iniciar su viaje, Francisco había hecho un pedido especial: “Lo que pediría es –pero como un favor, a ustedes– que esta vez, que va a ser la tercera que piso suelo mexicano, me dejen un ratito solo delante de la imagen. Es el favor que les pido. ¿Me lo van a hacer?”.

El camarín es un lugar en la Basílica de Guadalupe al que solo algunas personas pueden acceder. Fue construido como una bóveda para custodiar allí la imagen de la Madre de Dios, incluso en casos de terremotos y catástrofes. Este lugar está protegido por una puerta de seguridad de doble combinación a la cual le sigue una reja con protección. Cuenta con tres tipos de iluminación, de las cuales las de alógeno siguen en perfecto estado pese a haber sido instaladas hace 15 años. Todos los días la imagen de la Virgen se custodia en este camarín a partir de las 9:00 p.m.

Vídeo de agencia Efe en YouTube con una selección de momentos de la homilía del Santo Padre


Texto íntegro de la Homilía de Francisco en la Basílica de Guadalupe (México)

Escuchamos cómo María fue al encuentro de su prima Isabel. Sin demoras, sin dudas, sin lentitud va a acompañar a su pariente que estaba en los últimos meses de embarazo.

El encuentro con el ángel a María no la detuvo, porque no se sintió privilegiada, ni que tenía que apartarse de la vida de los suyos. Al contrario, reavivó y puso en movimiento una actitud por la que María es y será reconocida siempre como la mujer del «sí», un sí de entrega a Dios y, en el mismo momento, un sí de entrega a sus hermanos. Es el sí que la puso en movimiento para dar lo mejor de ella yendo en camino al encuentro con los demás.

Escuchar este pasaje evangélico y en esta casa tiene un sabor especial. María, la mujer del sí, también quiso visitar a los habitantes de estas tierras de América en la persona del indio San Juan Diego.

Y así como se movió por los caminos de Judea y Galilea, de la misma manera caminó al Tepeyac, con sus ropas, usando su lengua, para servir a esta gran Nación. Y así como acompañó la gestación de Isabel, ha acompañado y acompaña la gestación de esta bendita tierra mexicana. Así como se hizo presente al pequeño Juanito, de esa misma manera se sigue haciendo presente a todos nosotros; especialmente a aquellos que como él sienten «que no valían nada» (cf. Nican Mopohua, 55).

Esta elección particular, digamos preferencial, no fue en contra de nadie sino a favor de todos. El pequeño indio Juan, que se llamaba a sí mismo como «mecapal, cacaxtle, cola, ala, es decir sometido a cargo ajeno» (cf. ibíd, 55), se volvía «el embajador, muy digno de confianza».



En aquel amanecer de diciembre de 1531 se producía el primer milagro que luego será la memoria viva de todo lo que este Santuario custodia. En ese amanecer, en ese encuentro, Dios despertó la esperanza de su hijo Juan, la esperanza de un Pueblo. En ese amanecer Dios despertó y despierta la esperanza de los pequeños, de los sufrientes, de los desplazados y descartados, de todos aquellos que sienten que no tienen un lugar digno en estas tierras. En ese amanecer, Dios se acercó y se acerca al corazón sufriente pero resistente de tantas madres, padres, abuelos que han visto partir, perder o incluso arrebatarles criminalmente a sus hijos.

En ese amanecer, Juancito experimenta en su propia vida lo que es la esperanza, lo que es la misericordia de Dios. Él es elegido para supervisar, cuidar, custodiar e impulsar la construcción de este Santuario. En repetidas ocasiones le dijo a la Virgen que él no era la persona adecuada, al contrario, si quería llevar adelante esa obra tenía que elegir a otros ya que él no era ilustrado, letrado o perteneciente al grupo de los que podrían hacerlo. María, empecinada —con el empecinamiento que nace del corazón misericordioso del Padre— le dice: no, que él sería su embajador.

Así logra despertar algo que él no sabía expresar, una verdadera bandera de amor y de justicia: en la construcción de ese otro santuario, el de la vida, el de nuestras comunidades, sociedades y culturas, nadie puede quedar afuera.


Hasta 40.000 personas seguían la misa en el exterior del santuario

Todos somos necesarios, especialmente aquellos que normalmente no cuentan por no estar a la «altura de las circunstancias» o por no «aportar el capital necesario» para la construcción de las mismas.

El Santuario de Dios es la vida de sus hijos, de todos y en todas sus condiciones, especialmente de los jóvenes sin futuro expuestos a un sinfín de situaciones dolorosas, riesgosas, y la de los ancianos sin reconocimiento, olvidados en tantos rincones. El santuario de Dios son nuestras familias que necesitan de los mínimos necesarios para poder construirse y levantarse. El Santuario de Dios es el rostro de tantos que salen a nuestros caminos.

Al venir a este Santuario nos puede pasar lo mismo que le pasó a Juan Diego. Mirar a la Madre desde nuestros dolores, miedos, desesperaciones, tristezas y decirle: Madre, «¿Qué puedo aportar yo si no soy un letrado?». Miramos a la madre con ojos que dicen: son tantas las situaciones que nos quitan la fuerza, que hacen sentir que no hay espacio para la esperanza, para el cambio, para la transformación.

Por eso creo que hoy nos va a servir un poco de silencio. Mirarla a ella, mirarla mucho y calmadamente, y decirle como hizo aquel otro hijo que la quería mucho:

«Mirarte simplemente, Madre,
dejar abierta sólo la mirada;
mirarte toda sin decirte nada,
decirte todo, mudo y reverente.
No perturbar el viento de tu frente;
sólo acunar mi soledad violada,
en tus ojos de Madre enamorada
y en tu nido de tierra transparente.
Las horas se desploman; sacudidos,
muerden los hombres necios la basura
de la vida y de la muerte, con sus ruidos.
Mirarte, Madre; contemplarte apenas,
el corazón callado en tu ternura,
en tu casto silencio de azucenas».
(Himno litúrgico)

Y en silencio y, en este estar mirándola, escuchar una vez más que nos vuelve a decir: «¿Qué hay hijo mío el más pequeño?, ¿Qué entristece tu corazón?» (cf. Nican Mopohua, 107.118). «¿Acaso no estoy yo aquí, yo que tengo el honor de ser tu madre?» (ibíd., 119).

Ella nos dice que tiene el «honor» de ser nuestra madre. Eso nos da la certeza de que las lágrimas de los que sufren no son estériles. Son una oración silenciosa que sube hasta el cielo y que en María encuentra siempre lugar en su manto. En ella y con ella, Dios se hace hermano y compañero de camino, carga con nosotros las cruces para no quedar aplastados por nuestros dolores.

¿Acaso no soy yo tu madre? ¿No estoy aquí? No te dejes vencer por tus dolores, tristezas, nos dice. Hoy nuevamente nos vuelve a enviar; como a Juanito, hoy nuevamente nos vuelve a decir, sé mi embajador, sé mi enviado a construir tantos y nuevos santuarios, acompañar tantas vidas, consolar tantas lágrimas. Tan sólo camina por los caminos de tu vecindario, de tu comunidad, de tu parroquia como mi embajador, mi embajadora; levanta santuarios compartiendo la alegría de saber que no estamos solos, que ella va con nosotros. Sé mi embajador, nos dice, dando de comer al hambriento, de beber al sediento, da lugar al necesitado, viste al desnudo y visita al enfermo. Socorre al que está preso, no lo dejes solo, perdona al que te lastimó, consuela al que está triste, ten paciencia con los demás y, especialmente, pide y ruega a nuestro Dios.

Y en silencio le decimos lo que nos venga al corazón ¿Acaso no soy yo tu madre? ¿Acaso no estoy yo aquí?, nos vuelve a decir María. Anda a construir mi santuario, ayúdame a levantar la vida de mis hijos, que son tus hermanos.

Vídeo de la misa completa en la Basílica de Guadalupe en el canal vaticano de YouTube (2 horas 50 minutos, incluyendo la llegada en Papamóvil)

 
Bajo estas líneas, el momento en que el Papa Francisco sube a visitar a la Virgen de Guadalupe y orar ante su imagen 
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