Viernes, 29 de mayo de 2020

Religión en Libertad

«¿Sacio mi alma con el ajo y las cebollas de la esclavitud?», predica Francisco por Corpus Christi

El Papa Francisco en la misa de Corpus Christi en Roma
El Papa Francisco en la misa de Corpus Christi en Roma
El Papa Francisco presidió este jueves la celebración del Corpus Christi en la basílica de San Juan de Letrán, en la que llamó a los fieles a rechazar el falso pan que ofrece el mundo a través de sus vanidades, como el poder y el orgullo, porque no nutren y sacian el hambre de amor y eternidad como el pan que da el Señor a través de la Eucaristía.

El Papa Francisco no participó en la procesión que después de la celebración partió desde la catedral de Roma hacia la basílica de Santa María la Mayor.

El portavoz de la Santa Sede, el padre Federico Lombardi, en una pequeña rueda de prensa, explicó que “el Papa consideró oportuno renunciar al largo itinerario a pie por la Via Merulana, entre las dos basílicas, también teniendo en cuenta los próximos empeños, en particular el viaje que realizará este sábado a Calabria”.

Precisó que al Santo Padre “prefiere evitar de hacer el itinerario en el vehículo descubierto que lleva la custodia, para que la atención de los fieles se concentre en el Santísimo Sacramento”.

La agencia Zenit señala que el año pasado el Papa Francisco sorprendió a todos cuando acompañó la procesión a pie y no en el vehículo que lleva la custodia, como habían hecho hasta entonces san Juan Pablo II, quien reorganizó la procesión suspendida desde hacía varios años, y Benedicto XVI que siempre participó a la misma durante su pontificado.

Homilía del Papa Francisco con motivo del Corpus Christi
«El Señor, tu Dios… te dio a comer el maná, ese alimento que ni tú ni tus padres conocíais» (Dt 8,2-3).

Estas palabras del Deuteronomio hicieron referencia a la historia de Israel, que Dios los hizo salir de Egipto, de la condición de esclavos, y por cuarenta años ha guiado en el desierto hacia la tierra prometida.

Una vez establecido en la tierra, el pueblo elegido logra una cierta autonomía, un cierto bienestar, y corre el riesgo de olvidarse los tristes acontecimientos del pasado, superadas gracias a la intervención de Dios y a su infinita bondad. Las Escrituras exhortan a recordar, a hacer memoria de todo el camino hecho en el desierto, en el tiempo de la necesidad, de la angustia.

La invitación es aquella de retornar a lo esencial, a la experiencia de la total dependencia de Dios, cuando la sobrevivencia fue confiada a su mano, para que el hombre comprendiera que “no vive sólo de pan, sino… de todo lo que sale de la boca de Dios” (Dt 8, 3).

Además del hambre física, el hombre lleva en sí otra hambre, un hambre que no puede ser saciada con el alimento ordinario. Es el hambre de vida, hambre de amor, hambre de eternidad.

Y el signo del maná –como toda la experiencia del éxodo– contenía en sí también esta dimensión: era figura de un alimento que satisface esta hambre profunda que hay en el hombre. Jesús nos dona este alimento, es más, es Él mismo el pan vivo que da la vida al mundo (Cfr. Jn 6, 51). Su Cuerpo es el verdadero alimento bajo la especie del pan; su Sangre es la verdadera bebida bajo la especie del vino. No es un simple alimento con el cual saciamos nuestros cuerpos, como el maná. El Cuerpo de Cristo es el Pan de los últimos tiempos, capaz de dar vida, y vida eterna, porque la sustancia de este pan es Amor.

En la Eucaristía se comunica el amor del Señor por nosotros: un amor así grande que nos nutre con Sí mismo; un amor gratuito, siempre a disposición de toda persona hambrienta y necesitada de regenerar sus propias fuerzas. Vivir la experiencia de la fe significa dejarse nutrir por el Señor y construir la propia existencia no sus bienes materiales, pero sobre la realidad que no perece: los dones de Dios, su Palabra y su Cuerpo.

Si miramos alrededor, nos damos cuenta que hay tantos ofrecimientos de alimentos que no vienen del Señor y que aparentemente satisfacen más. Algunos se nutren con el dinero, otros con el éxito y la vanidad, otros con el poder y el orgullo.

¡Pero el alimento que nos nutre realmente y que sacia es solamente el que nos da el Señor! El alimento que nos ofrece el Señor es diferente de los otros, y quizás no parece así tan gustoso como ciertas comidas que nos ofrece el mundo. Y así, soñamos otras comidas, como los hebreos en el desierto, que añoraban la carne y las cebollas que comían en Egipto, pero olvidaban que aquellas comidas las comían en la mesa de la esclavitud.

Ellos, en esos momentos de tentación, tenían memoria, pero una memoria enferma, una memoria selectiva, una memoria esclava, no libre.

Cada uno de nosotros, hoy puede preguntarse, ¿Y yo? ¿Dónde quiero comer? ¿En torno a qué mesa me quiero nutrir? ¿En la mesa del Señor? ¿O sueño con comer alimentos gustos, pero en la esclavitud? ¿Cuál es mi memoria? ¿Aquella del Señor que me salva?, ¿O aquella del ajo y de las cebollas de la esclavitud? ¿Con cuál memoria yo sacio mi alma?

El Padre nos dice: “Te he nutrido con maná que tú no conocías”. Recuperemos la memoria. Ésta es la tarea: ¡Recuperemos la memoria!, y aprendamos a reconocer el pan falso que nos ilusiona y corrompe, porque es fruto del egoísmo, de la autosuficiencia y del pecado.
Dentro de poco, en la procesión, seguiremos a Jesús, realmente presente en la Eucaristía.

La Hostia es nuestro maná, mediante el cual el Señor se nos dona a sí mismo. A Él nos dirigimos con fe: Jesús, defiéndenos de las tentaciones del alimento mundano que nos hace esclavos, purifica nuestra memoria, para que no quede prisionera en la selectividad egoísta y mundana, pero sea memoria viva de tu presencia por toda la historia de tu pueblo, memoria que se hace “memorial” de tu gesto de amor redentor. Amén
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