Domingo, 18 de agosto de 2019

Religión en Libertad

Ernst von Freyberg, presidente del IOR

Los «secretos» del Banco del Vaticano: 19.000 clientes; no presta dinero; no hace inversiones

... tampoco especula con divisas ni con bienes, tiene una capitalización que no ofrece casi ningún banco del mundo; trabajan 112 personas.

Ernst von Freyberg
Ernst von Freyberg
Ernst von Freyberg, el nuevo presidente del Instituto para las Obras de Religión (IOR), más conocido como el Banco del Vaticano, habla en estaamplia y profunda entrevista sobre los mitos y leyendas que han rodeado a esta institución financiera, y el papel que le toca desempeñar:

– Presidente Ernst von Freyberg, mi primera pregunta es: ¿Le gusta a usted su trabajo, venir desde Frankfurt a Roma, para desempeñarse en el Vaticano?
– Es un gran privilegio trabajar aquí. Trabajar en el Vaticano es el ambiente más inspirador que usted puede imaginar. Y es un gran desafío servir al Papa para restaurar la reputación de este Instituto.

– ¿Usted se imaginó cuál sería su trabajo, antes de comenzar aquí?
– Lo imaginaba diferente de lo que es. Cuando llegué aquí pensé que iba a necesitar concentrarme en lo que se describe habitualmente como “hacer limpieza” y “poner en orden” los depósitos improcedentes. Hasta ahora no hay nada que yo haya podido detectar. Esto no significa que no hay nada, sino que significa que no es nuestra mayor preocupación.

Nuestra mayor preocupación es nuestra reputación. Nuestro trabajo –mi trabajo- está mucho más relacionado con la comunicación que lo que pensaba inicialmente. Y está mucho más relacionado con la comunicación en el interior de la Iglesia. En el pasado no hemos hecho todo lo que se debería haber hecho.

Nuestra preocupación comienza en casa, con nuestros propios empleados, con los que trabajan para la Iglesia en Roma, con los que trabajan en la Iglesia a lo largo del mundo. Es con ellos con quienes estamos obligados a ser transparentes y a quienes les debemos una buena explicación de lo que hacemos y de qué modo tratamos de servir.

– ¿Cómo alguien como usted que viene con esa clase de experiencia quiere trabajar para el Vaticano, después de todas las historias que salpicaron al IOR?
– Uno no quiere hacerlo. No es que uno se sienta en casa y sueña con ello. Inclusive cuando usted concurre a una entrevista no se dice a sí mismo ‘quiero realmente este trabajo’. Cuando uno es llamado, es muy feliz de aceptar ese llamado, y pienso que esto es cierto también para todos los demás candidatos que fueron entrevistados para ocupar este puesto.

Una vez que usted está aquí, encuentra que es realmente una buena experiencia, está mucho menos cargado de complicaciones y de problemas internos que lo que se podría esperar desde fuera de la institución.

– ¿Cómo es un día normal en la oficina? Al mirar hacia afuera usted ve la Plaza de San Pedro, es decir, es un ambiente de trabajo completamente diferente al que la mayoría de las personas está habituada. ¿Es como un día en la oficina de Frankfurt?
– Un día normal comienza en la forma más extraordinaria, porque tengo el privilegio de vivir en Santa Marta, y se me permite ocasionalmente asistir a Misa con el Papa. Es un privilegio estar a las 7 en punto de la mañana y escuchar sus cortos y siempre conmovedores sermones.

En la oficina mi día está estructurado en torno a proyectos. Me gusta muchísimo emprender las tareas como administración sistemática de proyectos. Nuestras principales tareas aquí las dividimos en proyectos y sub-proyectos, me gusta sentarme en los comités que impulsan esos proyectos.

Todos los días paso algún tiempo con el director y el sub-director para afrontar los negocios diarios, preparo las reuniones de la junta y me comunico. Hablo en el interior de la Iglesia, hablo con periodistas, hoy [jueves] almorcé con el embajador de uno de los más grandes países del mundo, para explicarle lo que estamos haciendo.

Usted me encontrará siempre administrando proyectos, ocupándome de los negocios diarios y comunicando.

– Gracias también por hablar con nosotros. Ha habido historias respecto a que usted es una especie de director part-time. Usted no vive todo el tiempo en Roma. ¿Eso es manejable?
– Si usted observa nuestros estatutos, verá que en ellos nosotros [la junta] nos reunimos cada tres meses como un comité y una vez al mes yo reviso el resultado económico con el director general. Eso es lo que los padres fundadores imaginaron para mi puesto.

Cuando me entrevistaron, me dijeron “uno o dos días a la semana”, ahora son tres días en Roma y uno o dos días cuando trabajo en otras partes del mundo para el Instituto. Creo realmente que con el tiempo debería moverme en forma más acorde a nuestros estatutos.

– Pero por el momento es apropiado para su trabajo.
– Cuando observo los desafíos que tenemos, necesitamos todas las horas dedicadas a esto.

– Su puesto está bajo la supervisión de una comisión de cardenales. ¿Cómo se trabaja de ese modo en la práctica?
– Tenemos una comisión de cinco cardenales, la cual es la instancia suprema de nuestro Instituto. Nos reunimos con ellos cada dos o tres meses, en general en el contexto de una reunión de junta. El director general y yo nos reunimos mensualmente con el presidente de la comisión de cardenales para informar, pero también para coordinar lo que estamos haciendo.

– ¿Hay también otras agencias, como ser firmas consultoras, incluidas en su trabajo?
– Hay una agencia principal, que no es una firma consultora sino nuestro supervisor, la AIF. Es la autoridad financiera que supervisa todas las instituciones financieras del Vaticano. Yo le brindo regularmente un informe y trabajo estrechamente con ella.

Respecto a asesores externos, he contratado una cierta cantidad de ellos. He contratado la que es probablemente la consultora más importante en lavado de dinero, para revisar cada una de nuestras cuentas y para revisar nuestras estructuras y procedimientos, a fin de detectar operaciones de lavado de dinero.

Contratamos también especialistas en comunicación y hemos contratado uno de los estudios jurídicos líder a nivel mundial para que nos ayude a comprender mejor nuestra estructura de trabajo y a cumplir con las leyes.

– Hablemos sobre el lavado de dinero: supongo que hay normas que usted quiere aplicar.
– La Santa Sede se ha comprometido a cumplir las normas internacionales. Yo aplico la ley y también las normas más estrictas que se exigen a nuestros bancos corresponsales. Todas las semanas tengo en mi escritorio todos los casos sospechosos y me reúno semanalmente con un responsable para coordinar los esfuerzos contra el lavado de dinero. También tenemos una política de tolerancia cero, tanto respecto a los clientes como a los empleados que puedan estar involucrados en actividades de lavado de dinero.

– Hablemos sobre el banco. Aunque no sea el término correcto para designar al Instituto que usted preside, es conocido como el “Banco del Vaticano” y está ligado a un gran número de mitos. Dejemos de lado estos mitos: ¿qué es exactamente el IOR?
– El IOR es el mismo desde que fue instituido en 1942. Sólo hace dos cosas: toma depósitos de sus clientes y los mantiene en custodia. Más que nada somos algo parecido a una oficina familiar, que protege los fondos de los miembros de la familia. Esos miembros de la familia son la Santa Sede, entidades relacionadas con la Santa Sede, la mayoría de las congregaciones con actividades en todo el mundo, clérigos y los empleados del Vaticano.

El segundo servicio que brindamos, próximo a la protección y a la custodia, es el pago de servicios, que significa para las entidades del Vaticano y para las congregaciones con actividades en todo el mundo que les brindemos el servicio de transferencia de fondos a los lugares en que se desarrollan sus actividades.

– Hablando estrictamente, ¿ustedes no son un banco?
– No somos un banco. No prestamos dinero, no hacemos inversiones directas, no actuamos como contraparte financiera, por eso no se puede conseguir de nuestra parte una muestra o una cobertura. No especulamos con divisas ni con bienes, nuestra actividad fundamental es recibir dinero como depósito y luego lo invertimos en bonos gubernamentales, en algunos bonos corporativos y en el mercado interbancario, en el que depositamos con otros bancos, por una tasa de interés levemente superior que la que recibimos, en orden a poder devolverle el dinero a nuestros clientes siempre que lo deseen.

– Lo que hay en común con los bancos es que ustedes ganan dinero, al final del día hay algún superávit. ¿Es es lo que se pretende o es algo que sucede?
 – Nuestra misión es servir. Si hacemos bien nuestro trabajo podemos esperar obtener un superávit. En promedio, contribuimos con 55 millones de euros para el presupuesto del Vaticano y somos uno de los pilares económicos más importantes. Ahora bien, usted puede preguntarme cómo ganamos 55 millones de euros. Si usted mira nuestra declaración de ingresos, hay tres elementos básicos: uno es el interés que pagamos a quienes depositan. Luego el ingreso por interés que obtenemos de eso. Esa es nuestra parte más importante del ingreso y que cada año sería entre 50 y 70 millones de euros, de eso usted puede deducir nuestros costos.

Además, obtenemos algunas ganancias en los precios de los bonos que suben y bajan, con ello usted puede ver cuál es nuestro beneficio. También hay un margen de interés, es decir, hay cambios en los valores de los bonos que tenemos en nuestro poder, usted deduce de eso el costo operativo de aproximadamente 25 millones de euros.

– Imagino que eso va directamente a una cuenta en su propio banco, para que el Vaticano pueda cumplir con sus objetivos, ¿no es cierto?
– Va a una cuenta que es para el Vaticano.

– Hipotéticamente hablando: me acerco a usted, acabo de fundar una congregación religiosa. ¿Qué servicio puede usted ofrecerme a mí y a mi congregación?
– Solamente dos: usted puede depositar sus fondos, que ha recibido de todos los que lo apoyan, los mantenemos a resguardo, le pagamos a usted un interés y le devolvemos el dinero cuando lo necesite. Cuando usted me dice que se ha establecido en tres provincias, una en Asia, otra en África y otra en Latinoamérica, yo le puedo asegurar la transferencia de sus fondos a sus hermanos que están en el extranjero haciendo obras de caridad, y le aseguro que el dinero le llegará a ellos, inclusive en los lugares más extraños del mundo.

– ¿Cuál es el servicio único que brinda el IOR, de qué tipo es ese servicio que un banco grande o mediano no puede ofrecer?
– Lo que es realmente nos distingue es que nosotros conocemos perfectamente el mundo de la Iglesia y la misión de la Iglesia. Hay 112 personas en el IOR, el cual tiene 19.000 clientes. En su gran mayoría son monjas o clérigos, y con frecuencia conocen a la persona que trata con ellas en el IOR desde hace 20 ó 30 años. Sabemos lo que necesitan exactamente, aquí tienen una persona en la que pueden confiar y es esta relación personal la que hace que vengan aquí.

Competimos como cualquier otra institución financiera del mundo. Cada uno de nuestros clientes es solicitado constantemente por los bancos para que vayan a ellos. Se quedan con nosotros porque quieren estar con nosotros. Usted sabe que si preguntáramos “¿deberíamos cerrar el IOR?”, el 99,99% de nuestros clientes votaría en contra de ello. Ellos quieren quedarse aquí, ellos quieren depositar el dinero aquí. Tienen un servicio personal y la experiencia muestra también que es muy seguro. El IOR está altamente capitalizado, tiene un patrimonio de alrededor de 800 millones de euros en un balance general de 5 billones de euros. Es el doble de lo que usted obtendría en bancos fuera del Vaticano.

Durante la crisis financiera nunca estuvimos en problemas. Ningún gobierno tuvo que rescatarnos, somos muy, muy seguros.

– Su servicio especial es que su personal conoce a los clientes y a la Iglesia, pero más adelante otra institución podría también ofrecer esa clase de servicio. Hay otros bancos, bancos eclesiásticos, por ejemplo, que podrían ofrecer iguales servicios, ¿no es cierto?
– También podrían ofrecer un muy buen servicio. Yo no diría igual, porque cada servicio es diferente. Muchos de nuestros clientes probablemente utilicen también otros bancos y comparen nuestro servicio con el de éstos últimos.

– ¿Por qué el Vaticano debería tener un banco? Es una pregunta que se formula con frecuencia, especialmente ahora luego de la elección del papa Francisco. ¿Qué responde usted cuando se le pregunta por qué el Vaticano debería tener un banco o por qué lo necesita?
– Lo consideraría desde dos perspectivas. Una es la de nuestros clientes: ellos quieren estar con nosotros. Es porque 19.000 clientes han votado colocar su dinero aquí. El otro modo de considerarlo es preguntar si le prestamos un buen servicio al Santo Padre. Y no hemos prestado un buen servicio al Santo Padre con la reputación que tenemos. Esta reputación oscurece el mensaje. Considero que mi primera y más importante tarea es abordar este problema.

– ¿Para salir del rincón?
– Para alejarnos del centro de atención e ir a un rincón [risas]: brindar con humildad nuestro servicio y no estar todo el tiempo en el centro de la atención.

– Usted mencionó el número de clientes. En comparación con otros bancos, ¿es un banco grande, pequeño, mediano?
– Es diminuto. Hay pocos bancos más pequeños que nuestro Instituto.

– El informe elaborado por la autoridad de supervisión, AIF, que usted mencionó antes señaló la semana pasado irregularidades en seis casos. ¿Significa que el IOR está involucrado en comportamientos no apropiados para un banco del Vaticano o qué es lo que nos dicen esos números?
– Lo primero que nos dicen esos números es cómo comienzan los rumores. No son irregularidades, son sospechas, lo que prueba que nuestro sistema de monitoreo comienza a trabajar. Significa que somos diligentes y que hemos identificado seis transacciones que pensamos que podían ser inapropiadas, por eso las informamos a nuestro supervisor. Cuando identificamos una transacción de ese tipo, informamos inmediatamente a nuestro supervisor, la AIF.

– Ese es el método de transparencia por parte de la AIF y también por parte de ustedes.
– Es el sistema de informes, en marcha dentro de la Santa Sede y aplicable a todas las instituciones financieras. Es lo que usted esperaría en un sistema financiero moderno: tener un sistema que filtra cada transacción. No somos un banco, pero como institución financiera se aplica el mismo sistema a nosotros. Filtramos cada transacción, si detectamos algún comportamiento sospechoso se presenta con la AIF un Informe de Transacción Sospechosa. Ese sistema está diseñado para prevenir el lavado de dinero y el financiamiento del terrorismo.

– Se ha hablado mucho sobre la lista blanca de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico [OECD, por sus siglas en inglés], el Vaticano quiere ser aceptado como miembro de esa lista blanca, ¿de qué modo el Instituto contribuye a ello?
– No hay una lista blanca. El propósito del proceso Moneyval es identificar países y jurisdicciones que puedan causar un riesgo al sistema financiero global. Esto se hace mediante evaluaciones del contexto legal de cada país y jurisdicción. Se detallan los países y las jurisdicciones considerados críticos. La Santa Sede fue evaluada el último año y según el informe de Moneyval, publicado el año anterior, la Santa Sede tiene instituido un sistema funcional en orden y NO se la considera una jurisdicción crítica. Hay que decir que nosotros somos un aspecto de ese sistema.

Específicamente, se nos pide que tengamos procedimientos más enérgicos y estructuras más sólidas en orden a detectar transacciones sospechosas y en orden a detectar clientes sospechosos. Ahora he contratado la consultora líder en el mundo para estas cuestiones, a fin de reescribir nuestro manual sobre la forma de detectar transacciones y clientes sospechosos y para revisar todas nuestras cuentas. Las estructuras y los procedimientos estarán listos hacia el final del verano y así habremos completado esa parte del proceso.

Iremos más allá de eso y revisaremos cada depósito en particular y eso lo habremos cumplido hacia fines de este año.

– ¿Hay cuentas numeradas en el Instituto? Siempre hay rumores respecto a supuestas grandes sumas de dinero en cuentas no identificadas.
– Ese es otro buen ejemplo. Es pura ficción. No hay cuentas numeradas. Desde 1996 es técnicamente imposible en nuestro sistema asentar un depósito numerado. Sería contra las leyes del Vaticano. Yo mismo he examinado el sistema y he hecho controles aleatorios, y no encontré ninguna pista de cuentas numeradas.

– ¿Tampoco en el pasado?
– No hubieran funcionado en el sistema.

– Sentados aquí en la entrevista, tenemos el informe de la autoridad de supervisión, la AIF, de la última semana: ¿es “transparencia” el nuevo lema del IOR?
– La transparencia es clave, pero no solamente ella sino también lo que usted observa al final, cuando se es transparente: cuando se está completamente limpio, tal como se debe serlo cuando se quiere ser aceptado en el sistema financiero internacional.

La transparencia no es nada que el mundo no haya tenido y a lo que el Vaticano deba ser arrastrado. Si usted retrocede 15 años, verá que éramos probablemente muy normales en el modo en que todas las instituciones financieras privadas en el mundo y también las públicas operaban con el secreto bancario.

Hoy sigue siendo un gran tema en la Unión Europea hasta qué punto debe llegar el secreto bancario.

Luego ocurrieron tres cosas. Lo primero fue el 11 de setiembre de 2001, cuando los estadounidenses se lanzaron masivamente a identificar el financiamiento del terrorismo. Ese proceso comenzó naturalmente con los bancos más grandes del mundo y ahora ha llegado hasta el banco o instituto más diminuto en el Estado más insignificante. Eso llevó un par de años.

Luego llegaron los medios de comunicación social y con esos medios se hizo presente un concepto completamente nuevo en la mente de la opinión pública sobre el secreto, también en el área de las finanzas.

Posteriormente llegó la crisis financiera y la necesidad y el deseo de las autoridades impositivas para tratar de manera justa a todos los contribuyentes, reclamando responsabilidad a los que evaden impuestos. Esto obligó nuevamente a las instituciones financieras a dejar de lado parte del secreto bancario.

Estos tres acontecimientos transformaron el ambiente financiero en el mundo y llegamos tarde a adaptarnos a este nuevo mundo. Ahora estamos apurándonos para ponernos al día y para estar allí donde estábamos 15 años atrás: en una situación relativamente normal, comparada con otras instituciones financieras.

– Pero tal como usted ha mencionado: en el momento que hay una especie de sombra sobre el Vaticano, esto mancha la imagen del papado y del Vaticano. ¿Es obvio que hay algo que está mal o que todavía no se puso en práctica?
– Sí. Ahora estamos recuperando nuestra reputación. Lo más importante que debo hacer es esto: quitar esta sombra.

– ¿Eso es posible?
– Sí. Yo creo que somos una institución financiera bien administrada y limpia. Podemos mejorar en todas las áreas, de la misma manera que todos los demás, y estamos tratando de ser tan buenos como lo son las instituciones similares. Además, necesitamos comunicar. En el pasado no hemos hablado con nadie, comenzando con nuestros integrantes más cercanos. No les hemos hablado a los cardenales en forma sistemática, no hemos hablado a la curia, no hemos hablado a la Iglesia.

Todo miembro de la Iglesia Católica en el mundo tiene derecho a estar bien informado respecto a esta institución.

¿Qué hacemos ahora? Hemos comenzado a hablar a los medios de comunicación, hablamos dentro de la Iglesia e informamos en forma sistemática a nuestros integrantes claves, y publicaremos un informe anual, tal como lo hace cualquier institución financiera y pondremos esa información en Internet a partir del 1 de octubre, en nuestra propia página web.

– En un plazo de cinco años, ¿no es cierto?
– Para ser precisos, me he planteado lograrlo a mitad del plazo, mi gestión termina en el 2015.

– En el 2015, ¿qué es lo que usted consideraría un éxito?
– Mi sueño es muy claro. Mi sueño es que nuestra reputación sea tal que las personas no piensen más en nosotros cuando piensen sobre el Vaticano, sino que escuchen lo que el Papa dice.
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