Religión en Libertad

Motores y fe, en la competición de motos más extrema: el capellán que acompaña a jóvenes pilotos

Kasprzak creció a pocos metros del estadio donde entrenaban los pilotos de speedway.

El sacerdote insiste en que su labor no consiste en "predicar desde fuera", sino en compartir la vida del equipo.archivo

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El rugido de los motores marcó su infancia, pero nunca imaginó que acabaría viviendo el speedway desde un lugar tan singular: como sacerdote y capellán de un club profesional

El sacerdote polaco Mateusz Kasprzak, hoy capellán del equipo TŻ Ostrovia, ha convertido su pasión de niño en un puente entre la fe, el deporte y la vida cotidiana de los pilotos. Su historia, llena de giros inesperados, revela un mundo donde la adrenalina y la espiritualidad conviven en la misma pista.

Apoyo humano y espiritual

Kasprzak creció en Ostrów Wielkopolski (Polonia), a pocos metros del estadio donde entrenaban los pilotos. Desde pequeño, el sonido de las motos era parte del paisaje. "Prácticamente todo el barrio se llenaba con el inconfundible sonido de las motocicletas", recuerda en Misyjne.

Esa fascinación infantil lo acompañó siempre, incluso cuando ingresó al seminario. Aunque sus padres nunca le permitieron competir, el sueño de subirse a una moto permaneció intacto. Años después, ya sacerdote, pudo cumplirlo. 

"Hace seis años tuve la oportunidad de pilotar una moto de speedway por primera vez", explica. Aquella experiencia marcó un antes y un después: entendió desde dentro la dificultad, el riesgo y la destreza que exige este deporte sin frenos, donde cada curva puede decidir una carrera… o una caída.

El sueño de subirse a una moto siempre permaneció intacto.archivo

Su nombramiento como capellán fue una petición del propio club. La directiva envió una carta al obispo solicitando su designación, convencida de que la presencia de un sacerdote podía aportar apoyo humano y espiritual a los pilotos. El obispo aceptó, y así comenzó una misión que combina acompañamiento, escucha y presencia constante.

El sacerdote insiste en que su labor no consiste en "predicar desde fuera", sino en compartir la vida del equipo. "A veces es más importante simplemente estar presente, escucharlos e interesarse por sus problemas", afirma. Su participación como piloto amateur le permite convivir con ellos en entrenamientos, talleres y eventos, generando así confianza y cercanía.

La misa de inicio de temporada se ha convertido en un momento clave. Allí, varios pilotos pidieron confesarse, un gesto que conmovió profundamente al capellán. Para él, es la prueba de que la fe sigue teniendo un lugar en el deporte de alta competición.

Las motos más extremas

El speedway es uno de los deportes más peligrosos del mundo. Las motos no tienen frenos, los pilotos compiten a centímetros unos de otros y un error mínimo puede provocar un accidente grave. Por eso, la dimensión espiritual adquiere un peso especial.

Kasprzak lo explica con claridad: la fe ayuda a los deportistas a mantener el equilibrio emocional en un entorno donde la presión es constante. "La fe ayuda a comprender que el valor de una persona no depende únicamente del resultado", señala. En un mundo donde una mala carrera puede desencadenar una ola de críticas en redes sociales, este mensaje se vuelve esencial.

El sacerdote también acompaña a los pilotos en los momentos más duros: las derrotas. Recuerda que los aficionados pueden ser volubles: "un día aplauden y apoyan, y otros pueden aparecer críticas, insultos u odio". Por eso insiste en que los deportistas necesitan apoyo estable, no solo cuando ganan.

Uno de los aspectos que más preocupa al capellán es inculcar respeto entre los jóvenes pilotos. El speedway es un deporte de contacto, y un error puede poner en riesgo la vida del rival. Por eso, Kasprzak recurre al Evangelio para transmitir un principio básico: no hacer al otro lo que no quieres que te hagan a ti.

"En la pista hay que competir con ambición, pero al mismo tiempo respetar al oponente", afirma. La responsabilidad, la humildad y la conciencia del riesgo son valores que intenta reforzar en cada encuentro.

Para Kasprzak, el speedway no solo es velocidad y emoción: es una escuela de vida. Le ha enseñado perseverancia, humildad y fidelidad. "El verdadero carácter de una persona se revela en los momentos difíciles", asegura. Y lo mismo aplica a los aficionados: el verdadero hincha es el que apoya al equipo incluso cuando pierde.

Su sueño personal es sencillo: seguir aprendiendo a pilotar y mejorar en cada entrenamiento. Su sueño comunitario, en cambio, es más profundo: que el speedway siga uniendo a las personas y generando un ambiente sano, de apoyo y respeto.

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