Viernes, 18 de septiembre de 2020

Religión en Libertad

Santa Juana de Arco, mártir.

Todo lo que he hecho, lo he realizado de la mano de Dios.

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Santa Juana de Arco.
Santa Juana de Arco.

Santa Juana de Arco, mártir. 30 de mayo.

El 16 de mayo de 1920 Benedicto XV proclamaba una polémica canonización; polémica antes, durante y después, hasta hoy: La canonización de Juana de Arco, la heroína francesa. El 6 de enero de 2012 se cumplieron 600 años de su nacimiento, y su figura aún inspira a muchos, y no siempre para bien. Polémica fue su figura, condena y santificación. Es un personaje lleno de matices políticos, históricos y religiosos. Manipulada fue Juana mientras vivía, mientras fue juzgada, rehabilitada y tenida como santa. Afortunadamente los grandes personajes siempre trascienden su tiempo y las manipulaciones y, más tarde o más temprano, se desembarazan de los añadidos, mitos y falsedades que se les añaden. Juana se ha librado algo, pero aún le queda mucho. Juana de Arco fue acusada de hereje, y los jueces se fijaron principalmente en dos “faltas”: vestir de hombre y ser insumisa a la autoridad eclesiástica al llamarse enviada de Dios, comunicarse sin intermedio de la Iglesia con Dios, y sus “voces” (determinar la naturaleza de estas fue una obsesión para los jueces). Pero en realidad la verdadera causa contra ella fue deslegitimar su misión y obra: si esta era demoníaca, por ende, se deslegitimaba a Carlos de Francia. Si una bruja o hereje le habían guiado, su reinado no podía ser valedero ni los súbditos tendrían por qué servirle. Toda una mentalidad medieval muy bien establecida. Por supuesto que esta intención no consta en el juicio, faltaría más.

En 1451, la persona de Juana seguía siendo venerada, era “La Doncella”. Su fama crecía y nadie la tenía sino por santa, a pesar de la condena eclesiástica. Su familia solicitó la revisión de la causa y la anulación del estigma de herejía que cayó sobre ella. El papa Nicolás V se negó, por miedo a Inglaterra, que perdía terreno ante Francia, el papa pensó que podía tomarse como una afrenta de Roma a los ingleses y prefirió no intervenir. Finalmente, fue Calixto III, español, quien el 7 de julio de 1456, la rehabilitó, y levantó su excomunión. Su figura quedó en el imaginario popular y político francés como una heroína nacional, un modelo y ejemplo del verdadero francés. En las batallas su persona era invocada como recuerdo y acicate, en los discursos era ensalzada y en las homilías propuesta como ejemplo.

En el siglo XIX, ante el avance del laicismo, de la libertad de expresión y el anticlericalismo francés, los obispos franceses vieron en Juana, una vez más, una figura para frenar esos males. Ella debía encarnar la verdadera Francia: piadosa, fiel a la Iglesia, humilde y santa. De este espíritu participó abiertamente Santa Teresita (1 de octubre), en cuya obra se plasma este entusiasmo por Juana de Arco, defensora del catolicismo francés. Así que los obispos pidieron al Beato Pío IX (7 de febrero) que culminara la rehabilitación de Juana, oyendo al pueblo francés y la canonizara, pero este papa se negó. Más suerte tuvieron con León XIII, que permitió que se estudiase el caso. Finalmente San Pío X (21 de agosto) la beatificó el 18 de abril de 1909, para ser canonizada, como ya dije, en 1920. Esta canonización, como el proceso, es bastante polémica, pues hay mucho de leyenda y sentimiento nacionalista, antes que de historia real. Juana era piadosa, devota y aunque no era letrada, era lista y avispada, los procesos inquisitoriales lo muestran. Pero ¿es esto suficiente para ser canonizada? ¿Implica su canonización que realmente Dios la envió a la guerra, y por ende, era la libertad de Francia (o de cualquier territorio) un caso de defensa de la fe? Son preguntas que respondidas desde la lógica y pensamientos medievales tendrían respuesta, pero que hoy cuestan responder.

Sin embargo, dejando las consideraciones políticas aparte, si algo nos ha de interesar de Juana de Arco es ella misma, la Juana cercana y real. Y para ello no hay nada mejor que leer los procesos inquisitoriales, donde queda patente la oscuridad de quien pregunta y la claridad de quien responde:

El proceso inquisitorial, político a todas luces, se abrió el 9 de enero de 1431, por el obispo Cauchon, en cuyo territorio había sido apresada Juana. Era adepto a la causa inglesa y al rey Enrique II de Inglaterra y VI de Francia, y, por ende, contrario a Carlos VII de Francia. O sea, que dijera lo que dijera Juana, su sentencia ya estaba “escrita”, si era o no era hereje o bruja no importaba. El 21 de febrero comenzaron los interrogatorios del proceso en el que todos, desde jueces, asesores y carceleros, o eran ingleses, o eran adeptos a Inglaterra. Por si fuera poco, las actas fueron amañadas, pus varios testigos declararon en el proceso de rehabilitación, como había escribanos que cambiaban textos, a la orden de Cauchon.

La primera trampa, usual en los tribunales inquisitoriales, consistió en hacerla jurar que respondería la verdad, fuera lo que fuera que le preguntaran, a lo que ella contestó: “No sé sobre qué me van a interrogar. No me podría aventurar a asegurar tal cosa antes de saber lo que me van a preguntar”. Era lo que querían, pues si no juraba era porque algo tendría que ocultar. Desde el principio Juana dejó claro que en lo concerniente a sus revelaciones privadas no añadiría nada de lo que ya había dicho, pero de todo lo demás estaría dispuesta a decir la verdad. Tanto le insistieron en esto que el 24 de febrero dijo “Por mi fe, no me podéis preguntar aquello que no os contestaré (…) Quizá haya muchas cosas sobre las que me podréis preguntar a las que no responda la verdad, especialmente en lo concerniente a las revelaciones, puesto que me podéis obligar por ventura a revelar algo que he jurado no decir. De esta manera caeré en perjurio, cosa que no deberíais desear”.

Los principales temas que les obsesionaban a los jueces eran: “las voces”, la “señal”, y el vestirse de hombre. Sobre lo primero hay que decir que según avanza el proceso estas voces van definiéndose, personificándose, casi hasta poder ser representadas gráficamente. Juana misma pasa de hablar de voces, a hacer algunas descripciones, como si para ella misma fueran tomando forma. Le preguntaron nimiedades sobre estos seres, como si vestían con sábanas, si San Miguel llevaba balanza, si la tocaron en alguna parte del cuerpo, si hablaban a la vez o por separado, si hablaban francés, o tenían pelos. Largos y cansados interrogatorios se sucedieron sobre esto. Veamos algunas de sus respuestas:

I. Las voces:
El 27 de febrero le preguntan cómo supo que eran Catalina y Margarita, a lo que respondió: “Ya os he dicho muchas veces que son las santas Catalina y Margarita; creedme si así lo deseáis” El 3 de marzo: preguntada si sus hombres creían que ella venía de parte de Dios, dijo: “No sé si lo creerían, solo me remito a su coraje. No obstante, si no lo creían, fui enviada por Dios igualmente”. El día 14 de marzo dijo que Santa Catalina le había dicho que estaría a salvo, aunque no sabía si sería liberada, ni cuando sería juzgada. Las voces le dijeron: “Sé consciente de todo. No te preocupes por tu martirio, porque vendrás finalmente al paraíso”. Llamaba Juana “martirio” a la pena y adversidad de la prisión pues “no sabía si sufriría un mal mayor, pero seguía esperando en Nuestro Señor”. Los jueces vieron en ello un resquicio de presunción, un pecado contra la fe, por lo que le insistieron, preguntando si las voces le decían que, fuera como fuera, se salvaría y no se condenaría al infierno, a lo que respondió que “creía férreamente lo que las voces le decían: que se salvaría, tan fuertemente como si ya lo hubiese conseguido”. Le advirtieron del peligro de esa afirmación respondió que “la mantendría como un tesoro”, y le pidieron considerara si no se hallaba en pecado mortal luego de decir eso. Ella contestó rotundamente: “No lo sé, pero me confío en todo a Nuestro Señor”. Sus respuestas siempre eran superiores lo capcioso de las preguntas de los jueces, para su perdición.
 
II. La señal:
El 10 de marzo ocurre un curioso y enigmático interrogatorio sobre “la señal” que Juana dio al Delfín, futuro Carlos VII, para que reconociera en ella el auxilio de Dios sobre Francia. Le preguntan si existe aún y ella responde: “Es bueno saber que todavía perdura y se mantendrá por más de mil años”. Insistida sobre el carácter de la señal, dirá “¿queréis que cometa perjurio?” Inquirida sobre si habia jurado a Santa Catalina no revelar cual era esa señal, contestó: “He jurado y prometido. Prometo que no hablaré de ello con nadie”. Además, añadió que dicha señal estaría en el tesoro del rey. ¿De que se trataba, algo físico entonces? ¿Un amuleto o una protección? No lo sabemos y es raro, porque un poco más adelante en el interrogatorio, Juana, para que la dejen en paz dice que el rey, los que le acompañaban y hasta el ángel que la trajo, la vieron. Y más aún, más de trescientas personas la habían visto. Y añadió: “no habrá ningún hombre que pueda hacer algo tan rico como la señal, porque de todas formas la señal que os hace falta es que Dios me libre de vuestras manos. Esto es lo más cierto que os enviará”. Y es que Juana confió siempre en que sería liberada de su prisión, y esta es una de las causas suficientes para dudar de sus “voces”. Incluso el 12 de marzo llega a afirmar que las voces la aseguraban que ganaría el proceso.

III. Vestir de hombre:
12 de marzo: preguntada si la voz le pidió se vistiera de hombre, respondió: “Todo el bien que he hecho, lo he hecho por orden de las voces”. O sea, que vestirse de hombre era un bien. 14 de marzo: cuestionada sobre si este vestir de hombre sería pecado, dijo: “Puesto que lo hago por orden de Nuestro Señor y a su servicio, creo que no hay ningún mal en llevarlos y cuando le plazca ordenármelo, dejaré los hábitos enseguida”. Juana con esta respuesta, aunque parezca extraño, contesta para su bien, pues en la mentalidad de los jueces, aunque lo que hiciera estuviera mal, ella debía hacerlo, pues ella creía que era Dios quien se lo pedía. Podría ser errado, pero al creer ella que era bueno, debía hacerlo sin dudar.

15 de marzo: Pretenden trazarle una trampa, para anteponer los vestidos a su deseo de poder ir a misa: Le dicen que, ya que quería ir a misa, sería más honesto vestir de mujer. Que escoja que es lo que prefiere, vestirse de mujer y oír misa, o vestir de hombre y quedarse sin la misa. Como la pregunta anterior, es una trampa por la misma causa. Si Dios era quien le pedía vistiese de hombre, y además, había jurado que no se quitaría las ropas masculinas, así que sería peor para ella (cometería desobediencia a Dios y perjurio) renegar de los vestidos masculinos por la misa, pero claro, no se lo dicen, a la par que le ponen la misa como lo mejor. Pero ella no es tonta y responde: “Garantizadme que oiré misa si me pongo los hábitos de mujer y os responderé”. Se lo garantizan y ella replica: “Y yo os digo que he jurado y prometido que no me quitaré estos hábitos. Por lo que respondo que hagáis que me hagan una falda que sea tan larga que llegue al suelo, sin cola, y encomendádmela para ir a misa y después, cuando vuelva, cogeré los hábitos que llevo”.

IV. Trampas de los jueces:
Indagada sobre si había amenazado al obispo de Beauvais y los demás que la juzgaban con un peligro inminente, contestó que la había dicho: “Decís que sois mi juez. No sé si lo sois, pero me habéis juzgado mal. Estáis enfrentandoos a un peligro y os advierto para que si Nuestro Señor os castiga, yo haya hecho lo que debía, diciéndoos” Es decir, intentan hacerla origen del castigo, mientras que ella, inteligentemente, aclara que no es ella quien los castigará, sino que solo avisa, pero no será la causante.
 
Una respuesta parecida les dio el 10 de marzo, cuando le enumeraron los hechos pecaminosos comprobados, como vestir de hombre, pelear en día festivo, saltar desde una torre con peligro para su vida, tomar un caballo del obispo de Senlis, y otras cosas, respondió: “No creo que esté en pecado mortal, y en caso de que lo estuviese, es Dios quien debe saberlo cuando me confiese a Dios o a un reverendo”. Vamos, que si estaba en pecado, sería por culpa de ellos mismos, que no la dejaban confesarse. Querían saber si tenía dotes adivinatorias o mágicas, así que le preguntaban sobre nimiedades, como si sabía de un clérigo concubino o una taza perdida, a lo que dijo: “sobre eso no sé nada y nunca he oído hablar sobre ello”. Preguntada por que fue ella y no otra la enviada al rey, respondió: “Le plació a Dios que fuera hecho así por una simple doncella, para combatir a los adversarios del rey”.

Y quiero terminar esta breve pincelada con una muestra de su habilidad, al manifestar su obediencia, pero sin traicionar a su conciencia. Le preguntan si quiere someter a la decisión de la Iglesia lo que hacía y decía sobre las voces, el vestir de hombre, la torre, la señal, etc. y respondió: “Todas mis obras y lo que he hecho, lo he realizado de la mano de Dios y me oriento por él. Os certifico que no quiero decir ni hacer nada contra la fe cristiana y si hubiese dicho o hecho algo contra mi propio cuerpo que los clérigos estimen señalarlo como un hecho contra la fe cristiana que Nuestro Señor ha establecido, no lo apoyaré, pero lo acataré”.

Fuente:

 

-"Los procesos de Juana de Arco". GEORGES y ANDRÉE DUBY. Universidad de Granada, 2005.

A 30 de mayo además se celebra a
Beata Isabel de Töss, virgen.
Santos Basilio y Emmelia de Capadocia, esposos.

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