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Reflexiones para la Cuaresma. A partir de la liturgia del Miércoles de Ceniza

Diario de un Cura de Aldea Global en su Celda Parroquial

4 marzo 2016

1. Introducción

Recurro a una catequesis del magnífico magisterio del amado papa Benedicto XVI, sobre la síntesis del origen y el valor bíblico del número que determina el tiempo litúrgico de la cuaresma:

“El número cuarenta aparece ante todo en la historia de Noé. Este hombre justo, a causa del diluvio, pasa cuarenta días y cuarenta noches en el arca, junto a su familia y a los animales que Dios le había dicho que llevara consigo. Y espera otros cuarenta días, después del diluvio, antes de tocar la tierra firme, salvada de la destrucción (cf. Gn 7,4.12; 8,6). Luego, la próxima etapa: Moisés permanece en el monte Sinaí, en presencia del Señor, cuarenta días y cuarenta noches, para recibir la Ley. En todo este tiempo ayuna (cf. Ex 24,18). Cuarenta son los años de viaje del pueblo judío desde Egipto hasta la Tierra prometida, tiempo apto para experimentar la fidelidad de Dios: «Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer estos cuarenta años... Tus vestidos no se han gastado ni se te han hinchado los pies durante estos cuarenta años», dice Moisés en el Deuteronomio al final de estos cuarenta años de emigración (Dt 8,2.4). Los años de paz de los que goza Israel bajo los Jueces son cuarenta (cf. Jc 3,11.30), pero, transcurrido este tiempo, comienza el olvido de los dones de Dios y la vuelta al pecado. El profeta Elías emplea cuarenta días para llegar al Horeb, el monte donde se encuentra con Dios (cf. 1R 19,8). Cuarenta son los días durante los cuales los ciudadanos de Nínive hacen penitencia para obtener el perdón de Dios (cf. Gn 3,4). Cuarenta son también los años de los reinos de Saúl (cf. Hch 13,21), de David (cf. 2 Sm 5,4-5) y de Salomón (1R 11,41), los tres primeros reyes de Israel. También los Salmos reflexionan sobre el significado bíblico de los cuarenta años, como por ejemplo el Salmo 95, del que hemos escuchado un pasaje: «Ojalá escuchéis hoy su voz: “No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto, cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras”. Durante cuarenta años aquella generación me asqueó, y dije: “Es un pueblo de corazón extraviado, que no reconoce mi camino”» (vv. 7c-10).

En el Nuevo Testamento Jesús, antes de iniciar su vida pública, se retira al desierto durante cuarenta días, sin comer ni beber (cf. Mt 4,2): se alimenta de la Palabra de Dios, que usa como arma para vencer al diablo. Las tentaciones de Jesús evocan las que el pueblo judío afrontó en el desierto, pero que no supo vencer. Cuarenta son los días durante los cuales Jesús resucitado instruye a los suyos, antes de ascender al cielo y enviar el Espíritu Santo (cf. Hch 1,3)”. (Catequesis en la audiencia general sobre el Miércoles de Ceniza, 22 de febrero de 2012).

Cuarenta días es una cifra que representa en la Sagrada Escritura un tiempo de purificación, renovación, combate y de manifestación de la gracia de Dios en medio de la precariedad y pobreza humana.

2. Evangelio

El relato del evangelio que la liturgia de la Iglesia presenta en este día, para iniciar la cuaresma pertenece al llamado sermón de la montaña, que es como sabemos el núcleo del Nuevo Testamento. Este discurso proyecta sobre el camino de la fe toda la novedad absoluta del mensaje de Jesús de Nazaret. Entre otras cosas, la verdadera religiosidad se da sobre todo en el corazón, o sea, en lo íntimo de todo aquél que acoge libremente y se deja seducir por la presentación del reino de los cielos en la predicación del Señor.

Jesús no manifiesta una ruptura sobre el conjunto de prácticas y hábitos de la piedad judía: limosna, oración y ayuno; por el contrario, les da un nuevo y profundo sentido. Estos elementos de lo que podríamos llamar “ascesis judía” también eran usados por el Señor en la intimidad de su vida espiritual y religiosa. La limosna, el ayuno y la oración no son preceptos que se realizan para llamar la atención sobre sí, ni para obtener el reconocimiento y la alabanza de los hombres, sino para agradar al Padre que ve en lo escondido el verdadero culto del corazón, cómo bien había dicho Jesús en el dialogo con la samaritana: Créeme, mujer, que llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre… Pero llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren. Dios es espíritu, y los que adoran, deben adorar en espíritu y verdad.(Jn 4,21-24).

La limosna no debe ser precedida por el anuncio del gesto que se va a realizar: “no lo vayas trompeteando por delante”, basta recordar que las trompetas eran tocadas desde antiguo en las grandes solemnidades, ante la llegada de dignatarios importantes o como toque de guerra; a respecto de la oración, Jesús recomienda que no debe ser realizada para “para ser vistos por los hombres” con posturas, expresiones y en medio de la gente; y sobre el ayuno, el Señor advierte que no hay necesidad de “poner cara triste”, por eso, dada la aflicción y flaqueza que produce privarse de una comida a la largo de la jornada, Jesús aconseja: “perfuma tu cabeza y lava tu rostro”. Para las tres prácticas de la piedad judía el Señor agrega: “no hagan como los hipócritas”. Los hipocrités eran los actores que representaban a través de las máscaras, los diversos papeles de las grandes obras (tragedias, comedias y dramas) del teatro griego. Dar limosna, rezar y ayunar “como los hipócritas” significa, por tanto, actuar y mostrar la religiosidad en el escenario de la propia vanidad y arrogancia, o sea, su religiosidad está basada en lo que hace –siendo el centro del culto– no el misterio de Dios a quien supuestamente adora.

3. Actualización Catequética

Dos ideas surgen de la simple observación de la condición humana que nos pueden ayudar a entrar en la praxis y en el espíritu del tiempo de la Cuaresma. Es propio de la naturaleza de los hombres prepararse para todo aquello que es considerado importante: las personas cuando van viajar se preparan para partir; los que estudian se preparan arduamente antes de efectuar un examen que define la vida profesional; los artistas se preparan para una determinada presentación queriendo rayar la perfección en sus performances; los atletas se preparan con mucha disciplina y rigor ante una seria competición, etc. También la humanidad a través de la ciencia y el desarrollo médico ha percibido la relevancia de la higiene personal (dada cantidad enorme de virus y gérmenes que nos rodean y que producen muchas enfermedades); por eso, la asepsia –que es fundamental también en las intervenciones quirúrgicas– evita graves contaminaciones e infecciones en el cuerpo humano, para no comprometer el equilibrio sanitario de la sociedad. Nos encontramos, por tanto, ante dos acciones fundamentales: prepararse y [higienizarse] purificarse.

¿Por qué prepararse?, y ¿por qué purificarse en el tiempo de la Cuaresma?

Para la primera pregunta respondemos con una frase célebre de la Tradición de la Iglesia en la voz de san Bernardo de Claraval: “Grita el mundo, me oprime el cuerpo, el diablo me pone asechanzas, pero yo no caigo, porque estoy cimentado sobre piedra firme”; esto quiere decir, que nos preparamos porque tenemos tres enemigos que nos dificultan las cosas en el combate de la fe, tres realidades ante las cuales nos sentimos vulnerables, frágiles y amendrontados, pero que en Cristo podemos enfrentar. Nos preparamos para poder celebrar la Pascua del Señor, y también, porque la lucha no acaba a lo largo de la vida, de la que es imagen el desierto cuaresmal que estamos iniciando por medio de la liturgia.

Para la segunda cuestión tenemos la simple constatación diaria –y confirmada por la psicología– de nuestra naturaleza inclinada para el mal por el pecado que está en nosotros, como dice san Pablo: Sabemos, en efecto, que la ley es espiritual, mas yo soy de carne, vendido al poder del pecado. Realmente, mi proceder no lo comprendo; pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco. Y, si hago lo que no quiero, estoy de acuerdo con la Ley en que es buena; en realidad, ya no soy yo quien obra, sino el pecado que habita en mí. Pues bien sé yo que nada bueno habita en mí, es decir, en mi carne; en efecto, querer el bien lo tengo a mi alcance, mas no el realizarlo, puesto que no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero. Y, si hago lo que no quiero, no soy yo quien lo obra, sino el pecado que habita en mí. (Rm 7, 14-20). Nos purificamos, por tanto, por la contaminación que ocasiona el pecado y por las consecuencias que desencadenan en la vida personal, de los otros y en la sociedad.

¿Cómo nos preparamos? Pues, usando las prácticas de la piedad judeo-cristina, que Jesucristo repropone en el evangelio y que la Tradición de la Iglesia presenta como las armas del combate espiritual. Por eso, ante “el mundo que grita”, la Iglesia nos invita a dar limosna; ante “el cuerpo que nos oprime”, la Iglesia nos exhorta a usar el ayuno; y, finalmente, ante “el demonio que arma asechanzas”, en la fe somos llamados a utilizar la oración.

¿Cómo nos [limpiamos] purificamos? El cristiano responde utilizando los sacramentos de la Eucaristia, pero sobre todo, el de la Reconciliación dado por el Señor resucitado a su Iglesia naciente a través de los apostóles. En el sacramento del perdón de los pecados, señal del remedio de la misericordia y de la curación se nos ofrece la gracia de Dios que nos justifica y renueva en Cristo por medio de su Iglesia. En este Año de la Misericordia redescubrir este sacramento –que está en crisis por la falta de consciencia de pecado y el subjetivismo moral– sería una gracia especial y marca profunda en el camino de la fe y en la experiencia de Dios en nuestras vidas.

Para finalizar, quisiera recordar que todo esto sobre lo que acabamos de meditar, está relacionado con la una virtud –como camino de fe– que los santos seguían [realizaban] por amor a Cristo y en el ambiente de la cuaresma es muy oportuno retomar esta práctica. Nos referimos a la “ascesis”, que designaba en el griego clásico “los ejercicios metódicos que servían para el entrenamiento físico de los atletas y los soldados. Por analogía, designa en filosofia los desprendimientos y los esfuerzos necesarios para adquirir la virtud, para alcanzar la sabiduría. San Pablo retorna la comparación con las competiciones de atletas en el estadio; la aplica a la vida cristiana y confiere a la ascesis un sentido religioso, que volveremos a encontrar en los Padres de la Iglesia. Para éstos la ascesis designa el régimen de vida ordenado a la perfección evangélica, especialmente en el estado de continencia o en la profesión monástica. En la época moderna, la ascesis hace pensar sobre todo en las privaciones y en las penitencias físicas asociadas a la vida espiritual; toma entonces un aspecto negativo, aflictivo (Cfr. Manual de Espiritualidad).

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Carlos F. Hernández-Sánchez
Nacido el 12 de abril de 1970 en la Arquidiocesis de Medellín, Colombia. Estudios de Filosofía en la Universidad Pontificia Bolivariana, siendo alumno del Seminario Misionero Arquidiócesano “Redemptoris Mater” de Medellín (1990-92). Ordenado Presbítero por el Cardenal José Freire Falcão el 30 de noviembre de 1996, e incardinado en la Arquidiócesis de Brasilia. Enviado como Presbítero Itinerante con un equipo de catequistas de las comunidades neocatecumenales, a la Arquidiocesis de Rio de Janeiro (1997-99). Enviado a estudiar a Roma, siendo residente del Colegio “Redemptoris Mater” y alumno de la Pontificia Universidad Gregoriana donde cursó la Licenciatura en Teología Dogmática (1999-01). En la actualidad es párroco en la iglesia de San Pío de Pietrelcina. Asimismo es miembro de la Comisión para la formación permanente del clero diócesis de Brasilia.

Carlos F. Hernández-Sánchez, c[email protected], es autor, editor y responsable del Blog Diario de un Cura de Aldea Global en su Celda Parroquial, alojado en el espacio web de www.religionenlibertad.com
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