Miércoles, 28 de octubre de 2020

Religión en Libertad

Ateos madrileños comentan la Semana Santa: «oscura», «da vergüenza», «subdesarrollo», «¡usan niños!»

Anette Loja, Luis Vega y Bity Sánchez, de la Asociación de Ateos de Madrid, algo descolocados en la procesión de Jesús el Pobre
Anette Loja, Luis Vega y Bity Sánchez, de la Asociación de Ateos de Madrid, algo descolocados en la procesión de Jesús el Pobre
Quedar con unos ateos militantes para ver una procesión de Semana Santa en Madrid sólo podía convertirse, en efecto, en un cristo. Y eso es lo que redactor, fotógrafo e invitados se encuentran en la calle del Nuncio hacia las 18.30 horas de ayer: riadas y más riadas de madrileños, turistas, niños, abuelas, policías, descuideros y palos de selfie para rendir culto, o al menos visita, al Jesús el Pobre de la Iglesia de San Pedro el Viejo.

Siquiera acercarse a la talla, para conseguir la foto que ilustra esta historia, va a exigir una implacable penitencia, o al menos una tenaz procesión atea (objetivo oculto de este reportaje, lo confesamos) por el Madrid viejo, literalmente a reventar.

«Bueno, bueno, pero esto es mucho folclore, no es oro todo lo que reluce», dice Luis Vega, presidente de la Asociación Madrileña de Ateos y Librepensadores.

«En realidad, el 60% de los españoles se declaran católicos, y de ellos un 13% practicantes... Eso no debería dar para 60 procesiones llenas de gente en Madrid, ¿no?», explica mientras Anette Loja, también miembro de la directiva, le pregunta a los periodistas: «Oye, por saber, vosotros respecto a esto, ¿cómo os posicionáis?». Rodeados, a campo abierto en terreno enemigo, los ateos quieren saber si al menos cuentan con algún aliado.

Mientras intentamos rodear sibilinamente a la turbamulta por la Cava Baja, Vega desgrana su queja: este es el primer año, después de cinco solicitándolo sin éxito, en que la Asociación ha dejado de pedir a Delegación del Gobierno competir con la avalancha católica con una modesta procesión atea por Lavapiés.

«Sí, siempre han dicho que lo prohibían para prevenir problemas de orden público, por si había enfrentamientos... Pero luego nos dejan hacer una, 20 días después de Semana Santa, y no nos ponen ni Policía: es incoherente e injusto», dice.

Entretanto, los primeros costaleros ya han salido de la iglesia con sus capirotes y su marcialidad, precedidos de unos estandartes como de legiones romanas y de una banda de música que corta la tarde con sus trompetas y luego la sacude a tamborazo limpio.

«A mí, lo tengo que decir, todo esto me da vergüenza», dice Bity Sánchez, también de la directiva de la asociación. «Es como de país subdesarrollado, como si fueras a Brasil a ver un espectáculo de magia negra donde cortan el cuello a un gallo y se beben su sangre... Y tengo amigos andaluces que me lo dicen, que les da vergüenza, ¿eh?».

Sin embargo, no es exactamente fanatismo lo que se puede ver en el gentío que observa el paso del Cristo por la calle Sacramento, con la esperada marejada de móviles en ristre -el tótem actual contra los tótems de ayer-. Mucho creyente, como es lógico, pero también mucha curiosidad. «Sin duda, lo único bueno de esto es lo bien que le viene al turismo», dice Vega, ingeniero aeronáutico en la sesentena.

¿Prohibiría las procesiones? «¿Yo? En absoluto. Si hicieran solo una, sin cortar media ciudad, y se pudieran hacer de otras confesiones e incluso de la nuestra, ningún problema».

Y desgrana, mientras tomamos posiciones en la Plaza de la Villa, su crítica: «Esto es un espectáculo tenebroso, sangriento, fúnebre, que busca culpabilizar y castigar, no tiene que ver con ningún dios salvador: es un dios que castiga, por eso los costaleros se visten como las víctimas de la Inquisición. Además, están empezando a usar niños, cuando deberían estar fuera de estas cosas. En esto tendría que meter mano el defensor del Menor», remata.

Al rato aparecen efectivamente niños vestidos con capirotes, correteando por medio del drama.

«El catolicismo tiene un punto de partida: si la gente puede creerse que un pájaro dejó embarazada a una mujer, se puede creer cualquier cosa. A partir de ahí, ancha es Castilla. Con sus creencias, cada cual que haga lo que quiera. El problema es el poder que tiene la Iglesia, que es enorme», dice Vega.

La casualidad (o el Altísimo, nunca se sabe) quiere que nuestra comitiva, ya colocada cual lata de sardinas junto a una de las vallas, se tope con una amiga de Vega que viene a ver la procesión. Ella no se declara creyente, pero «mi hijo es costalero, un friki de la Semana Santa». ¿Creyente? «No, no creo que lo sea, quizás es más por pasarlo bien, por la tradición...». «Pues yo tengo la tradición de hacer ensaladilla cuando llega la primavera, y eso no hace daño a nadie», remata Anette, que mantiene un pequeño debate con la mujer.

- Si no es creyente, igual es que no se ha planteado bien las cosas...

- Quién, ¿mi hijo? Uy, él se lo plantea todo mucho...

El sufrimiento tan característico de las procesiones comienza a hacer mella en nuestras piernas. La comitiva viene a 2 km/h, el apiñamiento arrecia y quizás por eso Vega afloja una pequeña confesión: «Yo tengo un amigo al que le encanta esto, estuve con él en alguna en su pueblo, Íjar, en Aragón, y hay que reconocer que el tambor, en el pecho, es impactante, pero innecesario».

Mientras Anette y Bity le fotografían en plena procesión, Vega lanza un análisis casi cinematográfico de la puesta en escena: «En el Antiguo Egipto, el faraón salía vestido de dorado al ponerse el sol, para que pareciera que la luz emanaba de él. Aquí, la talla va por encima de todos, las autoridades preceden a la comitiva, se recrean en la lentitud para intentar hipnotizarte, juegan con tu paciencia... Tiene hasta pulsiones sadomasoquistas».

Llega el justo y necesario clímax: la pétrea figura, a hombros de los costaleros, y la lluvia de móviles. Los ateos le dan discretamente la espalda.

Bromea Anette: «¿Con esto entonces habremos limpiado algún pecado?».

Devuelve Vega: «Espero que no, porque los queremos todos, ¿no?». 

(Bajo estas líneas, el Cristo de Mena y los legionarios en Málaga, otro momento emblemático de la Semana Santa española)

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