Domingo, 26 de septiembre de 2021

Religión en Libertad

Con 17 años ingresó en una clausura dominica y ya lleva 60: «La vida religiosa merece la pena»

Monja de clausura en Las Dueñas.
Las dominicas de clausura de Las Dueñas comienzan su jornada a las 6 de la mañana y dedican parte de ella a lo que mejor saben hacer: rezar y preparar dulces.

ReL

La de Sor María Eugenia es una vida dedicada al Señor. Con 77 años, lleva 60 en el convento de las Dueñas (Salamanca) perteneciente a la Orden de clausura de las Dominicas. Se levanta de madrugada, realiza sus labores de repostería para mantener el convento y sobre todo, reza. “Por todos, sin ninguna distinción, porque personas buenas las hay en todos los sitios”, cuenta a El Español-Noticias de Casilla y León.

En el mismo convento desde los 17 años

“Llevo 60 años en este convento y puedo decir que la vida religiosa merece la pena y que soy muy feliz”, afirma. “Entonces eran otros tiempos, éramos un grupos de chicas en Palencia que éramos amigas y sentimos la llamada de Dios y por eso quise ordenarme para servir al Señor, entonces había muchas más vocaciones que ahora”.

“En mi caso siempre he vivido en este convento, dado que lo normal en la vida de clausura es quedarse para siempre en el convento donde se ingresa, salvo que hagas falta en otro convento donde hay pocas monjas y te manden allí”.

Sor María explica que, como las otras 21 hermanas con las que convive, todas tienen la elevada misión, pese a su aparente sencillez, de “llevar una vida dedicada al Señor. Una vida de oración  para rezar tanto por nosotras como por todas las personas que están en el mundo”.

Clausura dominica de Las Dueñas.

En la clausura de Las Dueñas, dedicar la vida al Señor "merece la pena": las hermanas son felices, conocer los problemas del mundo y algunas tienen teléfono móvil.

Los pilares de Las Dueñas: oración, trabajo y repostería

“Después de levantarnos a las seis y de rezar y de dar gracias a Dios, celebramos la Eucaristía, cada una arregla su celda y luego cada hermana realiza el trabajo que tiene asignado. El principal trabajo que hacemos es la repostería, aunque este último año, debido al coronavirus, no han venido muchas personas a comprar dulces”, señala.

Y es que las hermanas, pese a vivir tras las rejas de una clausura no son ajenas a los problemas de nuestro tiempo.

Gracias a una televisión, que usan “para que puedan ver la misa del domingo las hermanas más mayores que no pueden bajar a rezar”, reciben noticias del exterior. “Estamos al tanto de lo que pasa en el mundo, por ejemplo ahora con todos los problemas que hay en Cuba”.

También tienen un ordenador, que lo utiliza la hermana que se encarga “de llevar la administración y las cuentas”, una de las pocas que sale al exterior cuando es necesario ir al banco. Los teléfonos móviles son la excepción en el convento, y las salidas al exterior se limitan a “visitar al médico cuando se pone enferma alguna hermana”.

Después de toda una vida tras una clausura, y pese a las dificultades que esto conlleva, Sor María concluye la conversación alegre y reitera: “la vida religiosa merece la pena”.

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