Lunes, 18 de octubre de 2021

Religión en Libertad

Manuel Peña habla de favores recibidos y del crecimiento espiritual junto a San Josemaría

La estampita de un santo al que no conocía hallada en el barro transformó la vida a este mecánico

Manuel ha visto transformada su vida gracias a aquella estampita hallada tirada en el suelo
Manuel ha visto transformada su vida gracias a aquella estampita hallada tirada en el suelo

ReL

Manuel Peña Farías es un mecánico de Chile que empezó a cambiar su vida y a ver la fe de otro modo gracias a una estampa de un santo que halló tirada en el suelo junto a su taller en un día de lluvia. Se trataba de San Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei, al que no conocía absolutamente de nada ni le sonaba si quiera su nombre de oídas. Pero desde aquel momento se fue forjando entre ellos una relación que se acabó convirtiendo en muy fructífera espiritualmente, aunque no sólo.

Esta experiencia la relata en la web de la Prelatura: “hace unos años, trabajaba en otra estación de servicio en la que estuve mucho tiempo. Un día de invierno en que llovía, después de atender a un cliente, me fui a refugiar bajo techo y en el trayecto vi un papel amarillo que recogí para echarlo al basurero. Era una cartulina amarilla con una fotografía que al principio no distinguí bien y bajo ella, unas palabras escritas; mientras la secaba frotándola por ambos lados contra mi ropa, la miré para ver de qué se trataba y me sorprendí al ver que la cara impresa en ella era la de un sacerdote. Mientras terminé de limpiar la estampa me di cuenta de que él estaba relacionado con el trabajo, y me remeció. Leí la oración y al leerla ya fue parte de mi vida”.

Una vez ya con más tranquilidad, Manuel asegura que la observó con más detalle y “no sé por qué, lo empecé a tratar de tú diciéndole: ‘¡cómo te han tratado! ¡Pero si estás empapado! ¡Yo te cuidaré mejor!’”.

Manuel con una estampa de San Josemaría

Manuel, con una de las estampas de San Josemaría como la que providencialmente encontró tirada en el suelo

Siguió secando aquella estampa de San Josemaría y entonces asegura que la leyó con más calma y mucha curiosidad. “Me di cuenta de que no era un papel cualquiera y empecé a tomarle cariño a esa persona de la fotografía, de la que nunca había oído hablar. La volví a leer varias veces aprovechando para pedirle distintas cosas que se me venían a la cabeza. Finalmente la pegué con scotch al lado de mis herramientas; así la vería con frecuencia y me sentiría acompañado”, relata este chileno.

Pronto asegura que se fueron produciendo pequeños “milagros” relacionados con la estampita del fundador del Opus Dei. “En mi trabajo, cada vez que no tenía 'pega' acudía a él. Le pasaba la mano y le decía ‘ayúdame’ y me aparecían tres, cuatro y hasta cinco cambios de aceite”, añade.

Sin embargo, se produjo también un crecimiento espiritual importante. Manuel afirma que su “devoción a San Josemaría aumentaba cada vez más. Desde un principio me llamó la atención lo que se hablaba de la santificación del trabajo y, pensándolo bien, decidí que la mejor manera de acercarme a Dios en mi trabajo era siendo ordenado con las herramientas, manteniendo limpio el garaje, atendiendo bien a los clientes, siendo buen compañero de trabajo”.

Esta evolución tuvo un punto más. Cuenta este mecánico que en una llegó un cliente que había tenido un accidente gravísimo y estaba esperando el resultado de una operación. “Me dijo que era muy probable que perdiera su brazo, pero yo le aseguré: - ‘no pues, amigo mío, usted no va a perder su brazo’. Entonces me acordé de mi estampita de san Josemaría; le dije que me esperara mientras le iba a buscar algo. Me costó dársela, pero me parecía que si este santo me había acompañado y ayudado a mí, también podría ayudar a este señor en su dolor. Y se la entregué pidiéndole que le rezara, que estaba seguro lo iba a sanar. Al pasársela, no me miró con buena cara, pero después de contarle lo bien que se había portado conmigo, la recibió como para no desagradarme a mí. Y así, me quedé sin mi estampita preferida, pero feliz de que otra persona pudiera acudir a su intercesión”, señala Manuel.

Pocos meses después aquel hombre regresó con su camioneta. Él mismo conducía y no llegaba para llevar el vehículo al taller como la otra vez sino para darle las gracias a Manuel por lo que había hecho por él.

“Se había curado de todas sus fracturas y sanado de los órganos de su cuerpo que se habían visto comprometidos en el accidente. Se le notaba muy feliz por haberme hecho caso rezando la oración de la estampita milagrosa”, cuenta.

¿Fueron casualidades? Manuel responde simplemente: ¡La fe es tan grande! A mí me ha ayudado mucho. Yo con él me tuteo, él me entiende, cuando le pido algo él me lo concede. Ahora mismo me estoy dedicando a la pintura y espero que mi “compadre” me siga ayudando. Cada vez que necesito algo, me acompaña; siempre estoy rezando su oración y vivo agradecido de él. La verdad es que de repente me emociona… la fe es muy importante”.

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