Viernes, 13 de diciembre de 2019

Religión en Libertad

Un centrocampista que acabó repartiendo juego como misionero: 40 años en Brasil y jugando al fútbol

ReL

El religioso comboniano Carlos Bascarán lleva más de cuatro décadas como misionero en Brasil
El religioso comboniano Carlos Bascarán lleva más de cuatro décadas como misionero en Brasil

Carlos Bascarán, antes que ser misionero comboniano, jugaba al fútbol. Y sus excompañeros, con los que se ha podido reunir este verano en Asturias, le comparaban con Busquets o Casemiro, centrocampistas que dan equilibrio al equipo. Y desde hace más de cuatro décadas ahora reparte juego pero como sacerdote en zonas humildes de Brasil.

Precisamente, en Portugal primero y en Brasil después, países netamente futbolísticos, este misionero asturiano ha seguido jugando al fútbol a gran nivel. Incluso en Brasil jugó en Tercera División. Después mantuvo esta afición jugando ‘pachangas’ hasta que cumplió los 75 años, cuando decidió colgar las botas definitivamente.

Un centrocampista que no perdía balones

Según recoge en un reportaje en La Nueva España que sus excompañeros asturianos le consideraban un bregador con buena técnica que no se complicaba y que no perdía un balón.

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Esta pasada semana se juntó con sus compañeros de la Juventud Asturiana para comer y recordar buenos momentos. "Vengo cada dos años para hacerme revisiones médicas y siempre que estoy aquí me junto con los compañeros del equipo. Nos lo pasamos de cine recordando anécdotas y vivencias de cuando éramos jóvenes", explica el misionero.

El fútbol ha sido siempre parte importante para este religioso. Primero jugó en el equipo de su colegio, el Loyola, y después pasó por el Foncalada, la Juventud Asturiana y por el Vetusta, el filial del Real Oviedo. Una vez que se ordenó como sacerdote tampoco abandonó el deporte. Siendo ya misionero jugó en el Maia-Oporto de Portugal y al llegar a Brasil se enroló en las filas del Deportiva Ferroviária, un equipo del estado Estado Del Espírito Santo que disputaba sus partidos en una categoría equivalente a la Tercera División Española.

"La gente no se podía creer que un sacerdote jugase al fútbol, las primeras veces vino hasta la televisión. Decían que era un cura bueno en misa y con la bola", asegura entre risas. Estuvo hasta los 39 años jugando federado, pero no fue hasta los 75 cuando colgó las botas. "Después ya jugaba con amigos en pachangas. El fútbol me ha servido para mantener el cuerpo en forma, para disfrutar, para aprender a ganar y perder, para saber jugar en equipo y para criar relaciones de amistad", explica.

Tuna, novia, amigos, hasta que Dios le tocó

Sin embargo, hubo un día en el que Dios fue mucho más importante que el fútbol, tanto como para dar un vuelco a su vida. De este modo, explica bromeando que "yo hasta los 21 años era normal, me gustaba salir, tocaba el violín en la tuna y tenía novia. Era creyente e iba a misa, pero aún no me había involucrado", explica el religioso.

Pero entonces, "un día alguien me enseñó una frase de la Biblia que dice 'Dios vomita a los tibios'. Le busqué el significado y me di cuenta de que los tibios son aquellos que no se involucran, por eso empecé a pensar en ser misionero. Después vi la película Molokai, la isla maldita, que trata sobre un misionero belga que llega a una isla hawaiana llena de leprosos, que los ayuda y que acaba enfermando hasta morir. Eso me marcó".

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Su partida a las misiones

Y así fue como encontró un número de la revista Mundo negro que decía: "Se necesitan jóvenes dispuestos a ser misioneros". Sin pensárselo se fue a Madrid. "Una vez allí yo sólo quería ser misionero, pero como ya tenía estudios -había cursado hasta segundo de Química en Oviedo- me propusieron hacerme sacerdote y acepté". Se ordenó en Oporto tras estudiar seis años de Filosofía y Teología y dio su primera misa en el monasterio de Las Pelayas. De eso se cumplirán 50 años el año que viene.

Actualmente trabaja en el barrio Marcos Mora, en la periferia de la ciudad de Santa Rita. Allí, junto a otros compañeros, forma a comunidades religiosas, ayuda en un centro en el que se ayuda a mujeres maltratadas y trabaja en una cooperativa que han montado los misioneros para sacar a los niños de la calle. "Recogen basura para reciclar. Se sienten útiles porque salvan el medio ambiente y se llevan algo de dinero para casa". Además, también atiende a 140 chavales en una escuela en la que les enseñan desde capoeira hasta informática para evitar que caigan en las redes de la droga.

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