Viernes, 19 de abril de 2019

Religión en Libertad

Paul Kioko tuvo una infancia de cuento, pero Dios tenía otros planes para él

Se crió con elefantes, leones y cobras, llegó a ser un importante médico y pronto será sacerdote

Paul creció entre animales salvajes, algunos de ellos especialmente peligrosos. Hoy se prepara para ayudar a salvar almas y luchar contra el demonio
Paul creció entre animales salvajes, algunos de ellos especialmente peligrosos. Hoy se prepara para ayudar a salvar almas y luchar contra el demonio

Javier Lozano / ReL

Paul Kioko pronto cumplirá el sueño de ser sacerdote. Tras ser ordenado diácono el pasado mes de noviembre en mayo recibirá el orden sacerdotal siguiendo así una llamativa y salvaje historia que le trae desde África. Debido a que su padre era guarda en los parques nacionales de Kenia se crió literalmente entre leones, rinocerontes y elefantes.

Estudiando secundaria en la ciudad conoció de cerca el catolicismo, se convirtió posteriormente en médico y cuando era un prestigioso doctor en su país sintió una llamada tardía al sacerdocio. Gracias a una beca de CARF (Centro Académico Romano Fundación), que ayuda a sacerdotes y seminaristas de países pobres o perseguidos, pudo trasladarse a Roma donde ha completado sus estudios y espera ser ordenado.

Una infancia de cuento infantil

Su infancia fue muy diferente a la del resto de niños, pero a la vez fue como la hubieran soñado millones de ellos. Aunque nació en Nairobi, capital de Kenia, pasó sus primeros años en los diferentes parques nacionales porque su padre era el jefe de los guardabosques.

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“Mi infancia fue itinerante: en cada parque vivíamos una media de cinco años, y luego nos trasladábamos a otro, hasta recorrer casi todo el país”, cuenta Paul en una entrevista en la web del Opus Dei. En ellos, él y sus hermanos crecieron jugando entre los arbustos y también entre los peligrosos animales que habitan en estos parques.

Picados por una cobra, casi comidos por dos leones...

Recordando aquellos momentos habla de cómo “en una ocasión una cobra escupió veneno en los ojos de uno de mis hermanos. Lo llevamos corriendo al hospital y no perdió la vista. En otra ocasión, otro hermano casi chocó con su bicicleta contra dos leones que estaban escondidos tras una curva. Afortunadamente, los animales estaban en ese momento dando buena cuenta de un jabalí que habían cazado, por lo que mi hermano pudo ponerse a salvo”.

Si Paul y sus hermanos se portaban bien durante la semana podían acompañar a su padre los domingos en su jeep cuando recorría el parque. El reto no era otro que jugar quien veía primero uno de los grandes animales (elefante, rinoceronte, león, búfalo o leopardo). “Casi siempre ganaba mi padre porque era el más paciente, y podía mirar durante un largo rato un lugar y descubrir los animales que se escondían ahí”.

De aquellos años todavía saca importantes lecciones. “Lo que me ha marcado profundamente es, por un lado, la paciencia de mi padre para ver grandes cosas, y por otro lado, la capacidad de mi madre para disfrutar de las pequeñas alegrías de la vida, como contemplar un pajarillo”, afirma.

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En aquellos años de su infancia pudo convivir con muchos otros animales que quedaban huérfanos, y que había que cuidar y alimentar. Así creció con impalas, gacelas, antílopes, leones, elefantes e incluso rinocerontes.

Su acercamiento a la Iglesia

Fue cuando Paul se trasladó a la ciudad para estudiar donde conoció a algunos universitarios católicos que les mostraban su fe, de los cuales algunos eran miembros del Opus Dei, realidad con la que acabaría entrando en contacto  y más adelante formando parte.

“Tras completar mis estudios de Medicina en la University of Nairobi, trabajé en el hospital del ejército de Kenia durante casi 15 años en el Mater Hospital of Nairobi, primero en el departamento de Urgencias y luego en la Unidad de Cuidados Intensivos, donde acabé la especialización de Anestesiología.

Cuando su vida ya parecía totalmente encarrilada el Señor tocó a Paul y le llamó a entregarle su vida. Sobre aquel momento, cuenta que “como dice el libro de la Sabiduría, hay un tiempo para cada cosa bajo el Cielo. Comprendí que así como Dios me había dado la vocación de servir a los enfermos como médico, me estaba llamando a servir a toda su Iglesia como sacerdote. En cierto sentido, pienso que siendo médico me preparó para recibir la llamada al sacerdocio”.

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La familia de Paul no quiso perderse su ordenación diaconal

Una tesis doctoral sobre Bioética

En todo este tiempo se ha ido preparando y alimentando a través de la oración y la participación en la Misa. Mientras tanto, se ha formado durante varios años en la Universidad de la Santa Cruz de Roma gracias a la beca concedida por CARF, consiguiendo incluso hasta un doctorado en Teología Moral. “Teniendo en cuenta mi formación y trabajo como médico, no sorprenderá que me sienta atraído por los temas bioéticos y por los fundamentos filosóficos de la práctica médica”.

Sobre su tesis doctoral, Paul Kioko relata que “trata sobre la virtud de la prudencia como punto de conexión entre las decisiones médicas ‘técnicamente correctas’ y ‘moralmente acertadas’. Cuando trabajé en la Unidad de Cuidados  Intensivos, tuve que afrontar muchas veces el dilema sobre cuándo y cómo poner límite a los tratamientos médicos”.

Dios mediante el próximo mes de mayo será ordenado sacerdote en Roma. Pese a la distancia de su país y estar en un mundo tan distinto al que se crió, Paul cree que “las memorias de la infancia nos acompañan a lo largo de la vida, y siempre recordaré con gusto las aventuras entre animales salvajes. Pero sé que una vida al servicio de Dios y de los demás es una aventura aún mayor.  Te levantas por la mañana, ofreces tu jornada al Señor y no sabes dónde guiará tus pasos. Antes, sólo admiraba la belleza de la creación en los parques naturales; ahora, contemplo la amorosa providencia de Dios en todas las situaciones en las que Él me pone. Espero que muchos más lo puedan encontrar a través de mi ministerio sacerdotal”.

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