Lunes, 22 de julio de 2019

Religión en Libertad

En 1983 fue encarcelado para que traicionara a sus compañeros, su consuelo fue la Eucaristía

Sigitas Tamkevicius, el jesuita lituano que consagraba con migas de pan y uvas en la cárcel del KGB

La foto del arresto del arzobispo jesuita Sigitas Tamkevicius
La foto del arresto del arzobispo jesuita Sigitas Tamkevicius

ReL

Hablando con los religiosos sobre los mártires que han forjado la Iglesia lituana, el Papa Francisco, en la catedral de Kaunas, citó al arzobispo jesuita Sigitas Tamkevičius, de 1938, y en la actualidad emérito. En 1983 fue arrestado por las autoridades soviéticas. Su historia se encuentra narrada en el libro “El baile tras la tormenta”, de José Miguel Cejas, y el periodista Andrea Tornielli narra en el diario italiano La Stampa cómo pudo sobrevivir a las torturas y no traicionar a sus compañeros sacerdotes.

“Nunca recé tan intensamente como en aquellos momentos –comentó-. Jesús no me dejó solo”. Tamkevičius recuerda el momento del arresto: “‘Nos descubrieron’, pensé ese día de 1983. Al subir a la camioneta de la KGB, me invadió un sudor frío. Los sótanos de la cárcel, con corredores estrechos, techos altos, mal iluminados, bombillas tenues, con manchas de humedad y grietas, no invitaban a la serenidad”.

Le preguntaron su nombre y la profesión. Respondió: “Sacerdote. Jesuita”. Respondieron: “‘¡Anda! Es Sigitas, del Comité para la Defensa de los Creyentes, ese que hace propaganda anti-soviética contra el Estado’. Yo sabía que mi participación en el Comité no era lo que les interesaba. Querían saber quiénes eran los redactores de ‘La Crónica de la Iglesia Católica en Lituania’ y cómo llegaba al extranjero. La idea de “La Crónica” se nos había ocurrido a mí y a otros cuatro sacerdotes en los años setenta”.

Monseñor Sigitas Tamkevičius en la actualidad

Decidimos escribir textos que consolaran a los católicos lituanos y que dieran a conocer nuestra situación en el Occidente: no podíamos ofrecer catequesis ni conferencias, ni evangelizar de ninguna otra manera. En las pocas misas que nos permitían había espías del gobierno que tomaban apuntes de las homilías y vigilaban a las personas que no fueran los ancianos de siempre; no se podían ni construir ni reparar las iglesias”.

“Ocho agentes comenzaron a interrogarme un día sí y otro también. ¡No me podía imaginar que ese interrogatorio habría durado seis meses! Horas y horas de preguntas, en una sucesión constante de examinadores “buenos” y “malos”. Dios me dio la fuerza para no traicionar a ninguno en ese periodo terrible, ni siquiera en los momentos de mayor debilidad”.

“‘No entiendo cómo lo lograste’, me dicen a veces, pensando que superé toda esa situación gracias a mis fuerzas. Pero no es así. En la cárcel logré comprar algunos pedazos de pan y confirmé que era de trigo. Solo me faltaba el vino; en una carta pedí a mi familia una uva pasa seca. Desde entonces, solamente tenía que encontrar un buen momento, sabiendo que mi compañero de celda, como normalmente sucedía, era un criminal común al que le prometían reducir la pena si les hubiera ofrecido informaciones comprometedoras sobre mí”.

“Me ponía de espaldas a la puerta –contó Tamkevičius– con el estuche de los lentes en la mesa; un estuche amarillo de plástico en el que tenía un pequeño pedazo de pan y un pequeño recipiente con un poco de uva pasa. Esperaba que mi compañero de celda se quedara dormido y luego, lentamente, comenzaba a exprimir la uva pasa entre los dedos hasta obtener alguna gota de vino que, en casos excepcionales, resultaba válido incluso para celebrar la eucaristía”.

“Gracias a Dios tengo buena memoria –continúa el obispo– y me acordaba de las oraciones de la misa. Después de la consagración, consumiendo el cuerpo y la sangre de Cristo, una alegría indescriptible se apoderaba de mí. Experimentaba una alegría mayor de la que había sentido la primera vez que celebré misa en la catedral de Kaunas. Dios me consolaba y confortaba. Lo sentía allí a mi lado”.

“Celebrar la misa en esas circunstancias –explicó Tamkevičius– me daba una fuerza especial, sin la cual no habría podido resistir. A veces quería celebrar acostado en el lecho, en plena noche”. “Nunca he rezado tan intensamente como en esos momentos. Fue un don de Dios. No le pedía que me liberara; confiaba en Él. Los brazos de Jesús me sostenían; nunca me dejó solo. Siempre fue mi esperanza”.

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