Miércoles, 30 de septiembre de 2020

Religión en Libertad

Sobrevivió a un brutal ataque y perdonó a los agresores

La historia del «atleta de Dios», el sacerdote que aprendió en África y que dio ejemplo en el Bronx

Jorge Iván Fernández es un misionero javeriano. Su estancia en Kenya le cambió la vida. La misión se mezcló con el atletismo, pasión que llevó más tarde a Nueva York.

Javier Lozano / ReL

En cuestión de segundos algo inesperado, algo ajeno a uno mismo, puede terminar con una vida entera, con una trayectoria inmaculada y muchas perspectivas de futuro por delante... Eso es lo que a punto estuvo de sucederle a Jorge Iván Fernández López, un sacerdote nacido en Yarumal, Colombia, hace 49 años, y a quien una mañana la vida estuvo cerca de cambiarle para siempre. "Los médicos, Dios y la oración lograron salvarme".
 
Era una mañana fría, algo más habitual de lo que parece a principios de mayo en Nueva York. Pero Jorge Fernández no se lo pensó, y salió a correr, como solía hacer todos los días. Sin embargo, nada ni nadie podía imaginar lo que estaba a punto de sucederle. Al poco rato de arrancar, cuando llegó a uno de los parques del Bronx donde residía, se vio sorprendido por un joven, que le detuvo la carrera. Casi sin darse cuenta, éste le soltó un puñetazo en la cara. Cuando cayó al suelo llegaron cinco chicos más, y comenzaron a propinarle un golpe tras otro.
 
La agresión que casi acaba con su vida
"Me dieron en la cara, en el tronco, en la mandíbula, que me la partieron en tres partes, me fracturaron varias costillas... Cuando conseguí levantarme como pude, la gente que andaba por ahí llamó a una ambulancia, y me llevaron al hospital", recuerda el propio Jorge Fernández.
Y es que la pesadilla no había terminado allí. En cuanto le realizaron los reconocimientos correspondientes, descubrieron que una costilla rota había perforado el pulmón derecho, lo que le obligó a estar nueve días en la Unidad de Cuidados Intensivos.
 
"Pensé que iba a morir, pero los médicos, los auxiliares y Dios lograron salvarme la vida. Si me salvé fue por la labor de los médicos y enfermeras, por mi buena condición física, pero sobre todo por el poder de la oración".
 
Pidió el perdón para sus agresores
No obstante, al salir del hospital y mostrarse recuperado, Jorge Fernández declaró a la prensa -la historia había salido en los medios de todo el país- que quería el perdón para estos muchachos. "Errar es humano, y perdonar es divino", afirmó. "Yo soy un sacerdote, no un juez. Sigo el ejemplo de Juan Pablo II, que perdonó el intento de homicio de que fue objetivo por Alí Agca". Poco después, recibía el premio de mejor deportista de la categoría 40 a 44 años por parte del club de atletismo de Nueva York.
 
Una vida dedicada al atletismo...
Y es que el Padre Jorge lleva más de tres décadas practicando atletismo. Desde 1979, para ser más exactos, como él mismo afirma. Por eso, no es de extrañar que sólo un año después de aquel terrible incidente regresara a Nueva York para correr el maratón popular, terminando en el puesto 119 (de más de 38.000 atletas), lo que le valió para estar entre los mejores de su categoría y ser el mejor latino en la reconocida prueba.
 
Más recientemente, y como una muestra más de su excelente estado de forma, Jorge Fernández fue también el mejor atleta latinoamericano en la trigésima edición del ascenso al Empire State, el edificio más alto de Nueva York. La prueba, consistente en subir 86 pisos y 1576 escalones, fue completada por el colombiano en apenas 13 minutos y 25 segundos.
 
...y a la evangelización
Este sacerdote colombiano lleva además desde 1994 "ejerciendo de misionero y evangelizador" como miembro de la Comunidad de los Misioneros Javerianos. Durante 7 años, hasta 2001, estuvo en África, generalmente en el desierto keniata de Samburu, para "compartir el mensaje de Jesús".
 
Aunque su vocación de servicio y su espiritualidad se forjó desde niño, cuando su familia, compuesta por un padre y una madre con clara vocación misionera y trece hermanos -dos de ellos dedicados a la vida religiosa- le inculcaron el amor al prójimo, sobre todo a los más desfavorecidos.
 
“Yo nací en Yarumal, donde es la sede de los misioneros. Cuando estaba en el colegio siempre pensaba a qué iba dedicar mi vida. A uno lo educan para ganar plata, para ser famoso, para manejar máquinas, pero uno se interroga muchas cosas y se da cuenta de que eso no es lo esencial. Yo quiero aprovechar mis talentos para ayudar a otras personas. Uno no va a cambiar el mundo, pero sí lo puede mejorar”, afirmaba Jorge Fernández.
 
Kenia es, además, una tierra de atletas de fondo, con lo que el padre Jorge pudo compartir también su otra pasión. Allí pudo observar por qué los africanos son tan buenos en las pruebas de largo recorrido: para buscar la comida, corren tras los búfalos. Y todo eso pudo vivirlo con los nativos. Tanto, que los miembros de las tribus en las que trabajó terminaron por denominarle Lakwtani Len Kai, "el Atleta de Dios".
 
El principio de todo
Esta vida de misionero le llevó poco después a Estados Unidos, a la zona del Bronx, una de las más polémicas, deterioradas y peligrosas de Nueva York. Allí, junto a su grupo, fundó una iglesia y cumplió oficios sacerdotales con la comunidad latina durante ocho años. Y todo, pese a que al tercero de llegar sufrió el terrible incidente que a punto estuvo de costarle la vida.
 
Años después, y tras haber vuelto a pasar por el parque en multitud de ocasiones, haber hablado con la prensa sobre el aterrador suceso, y haber pedido incansablemente el perdón para sus agresores -la mayoría de ellos pasaron un tiempo en prisión- el Padre Jorge Fernández decidió regresar a África "a continuar con mi misión".
 
Allí sigue a día de hoy, en la zona de Kenia que limita con Etiopía. Junto a la misión, ha fundado nueve pequeñas escuelas y máa de 20 casas para la población samburu. "Necesitamos enfermeras, profesionales de la salud en nuestra misión, gente que pueda visitar el semidesierto y ayudar con la labor humanitaria. Allí la gente duerme sobre pieles de cabra", declara Jorge Fernández.
 
En el corazón de África revive ese amor al prójimo que le inspiraron desde pequeño, su enorme vocación religiosa, y la extrema pasión por el atletismo, que tanto le ha dado a lo largo de sus casi 50 años, y que a punto estuvo de costarle la vida una triste mañana. "Desde aquel suceso yo siempre digo que el padre Jorge, otro atleta de Dios, no anda solo. Que este sacerdote volvió a correr y que no lo hace solo, porque está con la compañía del Padre, el Espíritu Santo y yo".
 
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