Jueves, 26 de noviembre de 2020

Religión en Libertad

Giuliano Stenghel volvió a la fe tras morir su esposa con 26 años

Impresionante post sobre Dios de un alpinista días antes de morir escalando: «Sé Quién me acompaña»

Impresionante post sobre Dios de un alpinista días antes de morir escalando: «Sé Quién me acompaña»
Giuliano Stenghel, en la actividad que dio sentido a su vida.

El 14 de agosto, mientras hacía escalada en la Tavolara, pequeña isla junto a Cerdeña cuyas paredes conocía muy bien, murió el alpinista Giuliano Stenghel, de 66 años, toda una institución en el montañismo italiano. Algún error o fallo del material le hizo precipitarse contra las rocas, llegando incluso al mar, donde fue rescatado por la guardia costera al advertir su caída una embarcación cercana. Las informaciones hablan de tales lesiones que hacían su rostro casi irreconocible.

La isla Tavolara, junto a la costa noreste de Cerdeña. Foto: Mikolaj Kirschke / Wikipedia.

Nacido en Rovereto, provincia de Trento, en 1953, era desde 1978 instructor nacional de alpinismo e instructor emérito del Club Alpino Italiano, que a raíz de su fallecimiento ha recordado que se le consideraba "un acróbata de las ascensiones" por su "capacidad para moverse entre rocas difíciles" y cuyo presidente, Vincenzo Torti, se ha mostrado "consternado por la pérdida".

A lo largo de toda una vida de montañismo, Stenghel (Sten, como era conocido) había abierto más de doscientas vías nuevas, varias de ellas en la Tavolara, que cuenta con una pared calcárea de 600 metros que conocía a la perfección, solo accesible por mar en algunos puntos. Las dos últimas vías que abrió, precisamente este mes y en dicha isla, las dedicó a la madre de un amigo y al hijo de otro, ambos fallecidos hace poco.

Era también autor de algunos textos sobre su especialidad, uno de ellos consagrado al excursionismo y montañismo en torno al lago de Garda. 

Su inesperada muerte en un enclave que le era tan familiar ("la montaña que más amaba", según su amigo, paisano y compañero de escaladas Maurizio Giordani) ha caído como un mazazo entre todos los que le conocían, quienes han destacado una de sus características personales: la fe. Y un amor a los demás que, según otro amigo y guía alpino, Franco Nicolino, "le permitió, haciendo el bien, superar el gran dolor de la pérdida de su mujer, Serenella".

 

"Era una persona de gran fe y grandes ideales", evoca su amigo alpinista Alessandro Gogna: "Tuvo que afrontar tragedias como la muerte de su esposa, pero siempre salió de ellas con un optimismo de fondo y con confianza en lo divino".

Serenella murió con solo 26 años. Tenían una hija. En los años transcurridos desde esa muerte, Giuliano nunca la olvidó, al contrario: puso su nombre a una asociación sin ánimo de lucro fundada por él, Serenella, con la finalidad de ayudar a niños pobres de todo el mundo, en buena medida en coordinación con misioneros.

Un post de hace tres meses

El 9 de mayo, tres meses antes de su accidente fatal, Giuliano posteó en su perfil de Facebook un impresionante testimonio de fe, a cuyo final (él, que también había descrito en un libro su experiencia en Medjugorje) mostraba una de las numerosas imágenes de la Virgen que pueblan las montañas italianas.

Dios, ¿existe realmente?”, tituló su reflexión. Debió escribirla una noche de insomnio: “¡Qué extraña es la noche! En ocasiones te envuelve y te duerme serenamente, en otras, por el contrario, te despierta a las cuatro de la mañana y no consigues retomar el sueño. Cuando eso sucede, me pongo con mi ordenador a volcar mis pensamientos…”

Giuliano medita sobre “este periodo de gran angustia para la humanidad, de gran dolor por la pérdida de una persona amada”, en el que “estamos en busca desesperada de alguna certeza para nuestro futuro”.

Y añade: “Muchos se preguntan: pero ¿dónde está Dios? Ese Dios, ¿existe realmente? Otros dicen: Sería bonito que Él existiese, pero si es así, seguramente no está en este mundo y no mira hacia abajo muy a menudo. ¿Y las mismas iglesias? ¿Por qué abrirlas si no sirven para nada más que malgastar palabras y arriesgarnos a contagiar el virus?”

»Mi experiencia, aunque limitada, me lleva a afirmar que quien cree realmente en Dios está destinado a verlo en cualquier cosa, a veces incluso en la manifestación de grandes prodigios. Para mí, Dios, a pesar de mis inevitables debilidades y miserias, es como el aire que respiro: no lo toco, no lo veo, pero no puedo prescindir de Él.

»Creo que Dios me hizo por un designio suyo, pero me quiso alpinista y cuando escalo Le siento cercano, complacido de mi alegría de vivir. Le imagino feliz de que yo sea feliz”.

La Cruz y el don

Pero no siempre Giuliano fue creyente.

Viví aproximadamente la mitad de mi existencia como no creyente. Luego, con la gran prueba de la enfermedad y la pérdida de mi esposa Serenella, mis certezas quebraron en un segundo, se volatilizaron…

»La Cruz influyó en que volviese los ojos a Dios, reconociendo mi pobreza extrema y mi desesperación, pero no fue solo eso. Los que me conocen en profundidad saben que soy un hombre que ha luchado y sufrido desde pequeño. Si hoy creo, es solo por un don de Dios, un conjunto de circunstancias, de casos o signos que me demostraron Su existencia. Y luego, ciertas cosas solo se pueden comprender con el corazón. ¡Y quiero añadir que quien reza no tiene miedo y quien ama es feliz!

»Pero hace muchos años pensaba de forma muy distinta…”

"No tenía necesidad de Dios"

Giuliano explica que vía al cien por cien entregado a su pasión, el alpinismo, que concentraba todas sus energías y su tiempo: “Muchas veces escalaba solo, sin cordaje ni protecciones, sin darme cuenta de los riesgos que corría y de la importancia de mi vida, si no para mí, al menos para las personas que tenía al lado”.

“¿Y si me hubiese caído cuando escalaba, completamente suelto? Me habría estrellado cientos de metros más abajo y no habría dejado nada”, escribe, en unas palabras que impresionan leídas tras su muerte y que sugieren que algo falló en sus protecciones, pues no parece que con los “achaques” que reconoce un poco antes por su “edad venerable” cometiese los mismos errores de su primera juventud.

“Tiempo después aprendí que no se puede ser feliz sin la felicidad de los demás, empezando por quienes tienes cerca, y que es un deber luchar por realizar también los deseos de los demás, en particular de quienes sufren”, como ha hecho él con su asociación Serenella.

No era así entonces: “No tenía necesidad de saber si Dios existía o era solo una cuestión filosófica. Su propuesta de amor ligada a una Iglesia llena de contradicciones no me interesaba. ‘Todo ser vivo debe disfrutar de sus espacios de libertad, ser autónomo, dueño absoluto de su vida’, pensaba. No comprendía a quienes afirmaban que el hombre tiene una necesidad innata de lo divino”.

Pensar en que viviremos después de muertos, que hay Alguien que nos protege y nos ama podía ser hermoso y confortante, pero “¿qué necesidad hay de ello?”: “Yo vivía para las emociones, eso me bastaba”.

Simpatizaba con la versión light de San Francisco de Asís o de la Madre Teresa, de Gandhi o de Martin Luther King, pero tenía la tópica visión laicista de la historia según la cual la religión es fuente de todos los conflictos y guerras. Él quería, sí, ya entonces, ayudar al prójimo, “pero sin esperar nada a cambio, menos aún un hipotético paraíso”: “Yo no tenía necesidad de Dios, porque en mi mundo no había lugar para Él… ¡yo, a quien se le iba a caer el mundo encima e iba a ser salvado por Su amor…!”

El instante que lo cambió todo

“Fue con la larga enfermedad y la muerte de mi esposa Serenella a los 26 años. Solo, con una niña pequeñita que criar, yo, el omnipotente alpinista, por primera vez me encontré a los pies de una pared inaccesible, sin cuerda ni mosquetones, sin nada para subir. Por primera vez, en la desesperación más profunda, me di cuenta de que la única posibilidad que tenía de seguir adelante era volverme a aquel Dios en el que Serenella siempre había creído

»Durante años Le había ignorado, pero en aquel instante Le invocaba con la desesperación en el corazón y esperaba que me respondiese. Y sucedieron cosas, sensaciones, emociones. Sentí dentro de mí que ya no estaba solo en la desesperación. Algo, Alguien estaba a mi lado”.

En la vida de todo hombre, sostiene Sten, hay un momento que sacude tu existencia y que puede devorarte o “catapultarte a la eternidad”. Es un don que te llega “tras una decisión muy precisa: ¡O Dios o nada! Basta simplemente pedir a Dios, incluso una sola vez en la vida, que se ocupe de ti, y te puedo asegurar que Él lo hará por el resto de tus días”.

“Cuando me di cuenta del desierto de su falta, experimenté un vacío que nada podía llenar. Pero los días tristes me abrieron los ojos sobre el significado de la vida, incluida la importancia de luchar contra el mal y no rendirme, aun en medio del sufrimiento y de la angustia, consciente de que, con Serenella y su inmenso poder de ángel, el dolor menguaría y el sol volvería a salir para mí…

»El suplicio me ayudó a crecer interiormente, a controlar y aceptar una situación nostálgica, melancólica, con la ayuda de Dios y su intensa presencia de amor y de consolación. A pesar del profundo malestar que me afligía, intenté entender cómo el destino había conseguido provocar un cambio tan radical en mi existencia”.

El final del post parece casi un testamento espiritual:

“He luchado con todas las fuerzas para realizar los deseos de las personas que amo, esforzándome por comunicar el proyecto de Dios sobre cada uno de nosotros. Hoy, a pesar de la vejez y de la situación, no he perdido el carácter batallador, inmediato y enérgico, no he perdido los aspectos fuertes de mi forma de ser, típica del alpinista, de los hombres que quieren atreverse.

»No me considero saciado con las grandes satisfacciones que he tenido, quiero buscar otras. No me contento con lo que he hecho, sino que busco nuevas metas y horizontes. Y observo que, aunque la vida a menudo me ha hecho sufrir, me quiero aferrar fuertemente a ella hasta el final.

»En fin, tengo aún mucha fuerza, pero admito que soy un hombre débil, demasiado apegado a mis gustos y placeres. No me rindo. Porque sé en qué dirección caminar, y sobre todo de Quién acompañarme…”

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