Sábado, 23 de marzo de 2019

Religión en Libertad

«Ante el amor de Dios no se puede ser indiferente», avisa el Papa en la misa masiva previa al adiós

ReL

Concluyó un intenso viaje de una semana de Francisco a Chile y Perú, donde fue masiva y cariñosamente recibido.
Concluyó un intenso viaje de una semana de Francisco a Chile y Perú, donde fue masiva y cariñosamente recibido.
Aproximadamente a las siete de la tarde, hora local (la una de la madrugada en España), el avión que traslada a Francisco de regreso a Roma partió del aeropuerto militar Grupo Aéreo nº 8 de Lima, donde fue despedido por el presidente Pedro Pablo Kuczynski. Queda atrás una semana de viaje pastoral a Chile y Perú que concluyó con el acto más multitudinario: la misa en la base aérea de Las Palmas de la capital peruana, con una asistencia estimada de 1.300.000 personas. 

Según recoge Aciprensa, al llegar al lugar, abarrotado de fieles, el Santo Padre hizo un tour en el papamóvil que duró aproximadamente media hora para poder saludar a la multitud que lo esperó desde la noche anterior, con una temperatura no demasiado alta pero con mucho bochorno. Al inicio de la Misa, el Papa bendijo la imagen de Nuestra Señora de la Evangelización, patrona de la Arquidiócesis de Lima.
 
Con la auténtica imagen del Señor de los Milagros que sale en procesión cada año como telón de fondo y acompañado de unos mil sacerdotes que concelebraron la Misa, el Pontífice alertó a los fieles ante las situaciones de dolor que pueden generar “la tentación de huir, de escondernos, de zafar”: “Y al ver estas cosas en nuestras ciudades, en nuestros barrios –que podrían ser un espacio de encuentro y solidaridad, de alegría– se termina provocando lo que podemos llamar el síndrome de Jonás: un espacio de huida y desconfianza”.


 
En medio de ese dolor y sufrimiento, dijo el Papa, es importante recordar que “el Reino de Dios está cerca, Dios está entre nosotros. Ha llegado hasta nosotros para comprometerse nuevamente como un renovado antídoto contra la globalización de la indiferencia”. 
 
Luego de recordar que ante el amor de Dios “no se puede permanecer indiferentes”, el Papa resaltó que así “Jesús camina la ciudad con sus discípulos y comienza a ver, a escuchar, a prestar atención a aquellos que habían sucumbido bajo el manto de la indiferencia, lapidados por el grave pecado de la corrupción”. Ahora, continuó Francisco, “Jesús sigue caminando por nuestras calles, sigue al igual que ayer golpeando puertas, golpeando corazones para volver a encender la esperanza y los anhelos: que la degradación sea superada por la fraternidad, la injusticia vencida por la solidaridad y la violencia callada con las armas de la paz”.
 
“¿Cómo encenderemos la esperanza si faltan profetas? ¿Cómo encararemos el futuro si nos falta unidad? ¿Cómo llegará Jesús a tantos rincones, si faltan audaces y valientes testigos?”, se preguntó. Y concluyó con una exhortación: “Hoy el Señor te invita a caminar con Él la ciudad, tu ciudad. Te invita a que seas su discípulo misionero, y así te vuelvas parte de ese gran susurro que quiere seguir resonando en los distintos rincones de nuestra vida: ¡Alégrate, el Señor está contigo!”.


 
Texto íntegro de la  homilía del Papa en la base aérea de Las Palmas
 «Levántate y vete a Nínive, la gran ciudad, y predícales el mensaje que te digo» (Jn 3,2). Con estas palabras, el Señor se dirigía a Jonás poniéndolo en movimiento hacia esa gran ciudad que estaba a punto de ser destruida por sus muchos males.
 
También vemos a Jesús en el Evangelio de camino hacia Galilea para predicar su buena noticia (cf. Mc 1,14). Ambas lecturas nos revelan a Dios en movimiento de cara a las ciudades de ayer y de hoy.
 
El Señor se pone en camino: va a Nínive, a Galilea, a Lima, a Trujillo, a Puerto Maldonado. Aquí viene el Señor. Se pone en movimiento para entrar en nuestra historia personal y concreta.
 
Lo hemos celebrado hace poco: el Emmanuel, el Dios que quiere estar siempre con nosotros. Sí, aquí en Lima, o donde estés viviendo, en la vida cotidiana del trabajo rutinario, en la educación esperanzadora de los hijos, entre tus anhelos y desvelos; en la intimidad del hogar y en el ruido ensordecedor de nuestras calles.
 
Es allí, en medio de los caminos polvorientos de la historia, donde el Señor viene a tu encuentro. Algunas veces nos puede pasar lo mismo que a Jonás. Nuestras ciudades, con las situaciones de dolor e injusticia que a diario se repiten, nos pueden generar la tentación de huir, de escondernos, de zafar.
 
Y razones, ni a Jonás ni a nosotros nos faltan. Mirando la ciudad podríamos comenzar a constatar que existen «ciudadanos que consiguen los medios adecuados para el desarrollo de la vida personal y familiar —y eso nos alegra—, el problema está es que son muchísimos los “no ciudadanos”, “los ciudadanos a media” o los “sobrantes urbanos”»[1] que están al borde de nuestros caminos, que van a vivir a las márgenes de nuestras ciudades sin condiciones necesarias para llevar una vida digna y duele constatar que muchas veces entre estos «sobrantes humanos» se encuentran rostros de tantos niños y adolescentes. Se encuentra el rostro del futuro.
 
Y al ver estas cosas en nuestras ciudades, en nuestros barrios —que podrían ser un espacio de encuentro y solidaridad y de alegría— se termina provocando lo que podemos llamar el síndrome de Jonás: un espacio de huida y desconfianza (cf. Jon 1,3).
 
Un espacio para la indiferencia, que nos transforma en anónimos y sordos ante los demás, nos convierte en seres impersonales de corazón cauterizado y, con esta actitud, lastimamos el alma del pueblo. De este pueblo noble. Como nos lo señalaba Benedicto XVI, «la grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre. […] Una sociedad que no logra aceptar a los que sufren y no es capaz de contribuir mediante la compasión a que el sufrimiento sea compartido y sobrellevado también interiormente, es una sociedad cruel e inhumana».[2]
 
Cuando arrestaron a Juan, Jesús se dirigió a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. A diferencia de Jonás, Jesús, frente a un acontecimiento doloroso e injusto como fue el arresto de Juan, entra en la ciudad, entra en Galilea y comienza desde ese pequeño pueblo a sembrar lo que sería el inicio de la mayor esperanza: El Reino de Dios está cerca, Dios está entre nosotros.
 
Y el Evangelio mismo nos muestra la alegría y el efecto en cadena que esto produce: comenzó con Simón y Andrés, después Santiago y Juan (cf. Mc 1,14-20) y, desde esos días, pasando por Santa Rosa de Lima, Santo Toribio, San Martín de Porres, San Juan Macías, San Francisco Solano, ha llegado hasta nosotros anunciado por esa nube de testigos que han creído en Él. Ha llegado hasta Lima, hasta nosotros para comprometerse nuevamente como un renovado antídoto contra la globalización de la indiferencia.
 
Porque ante este Amor, no se puede permanecer indiferente. Jesús invitó a sus discípulos a vivir hoy lo que tiene sabor a eternidad: el amor a Dios y al prójimo; y lo hace de la única manera que lo puede hacer, a la manera divina: suscitando la ternura y el amor de misericordia, suscitando la compasión y abriendo sus ojos para que aprendan a mirar la realidad a la manera divina.
 
Los invita a generar nuevos lazos, nuevas alianzas portadoras de eternidad. Jesús camina la ciudad lo hace con sus discípulos y comienza a ver, a escuchar, a prestar atención a aquellos que habían sucumbido bajo el manto de la indiferencia, lapidados por el grave pecado de la corrupción.
 
Comienza a develar muchas situaciones que asfixiaban la esperanza de su pueblo suscitando una nueva esperanza. Llama a sus discípulos y los invita a ir con Él, los invita a caminar la ciudad, pero les cambia el ritmo, les enseña a mirar lo que hasta ahora pasaban por alto, les señala nuevas urgencias.
 
Conviértanse, les dice: el Reino de los Cielos es encontrar en Jesús a Dios que se mezcla vitalmente con su pueblo, se implica e implica a otros a no tener miedo de hacer de esta historia, una historia de salvación (cf. Mc 1,15.21 y ss.).
 
Jesús sigue caminando por nuestras calles, sigue al igual que ayer golpeando puertas, golpeando corazones para volver a encender la esperanza y los anhelos: que la degradación sea superada por la fraternidad, la injusticia vencida por la solidaridad y la violencia callada con las armas de la paz. Jesús sigue invitando y quiere ungirnos con su Espíritu para que también nosotros salgamos a ungir con esa unción, capaz de sanar la esperanza herida y renovar nuestra mirada.
 
Jesús sigue caminando y despierta la esperanza que nos libra de conexiones vacías y de análisis impersonales e invita a involucrarnos como fermento allí donde estemos, donde nos toque vivir, en ese rinconcito de todos los días.
 
El Reino de los cielos está entre ustedes —nos dice— está allí donde nos animemos a tener un poco de ternura y compasión, donde no tengamos miedo a generar espacios para que los ciegos vean, los paralíticos caminen, los leprosos sean purificados y los sordos oigan (cf. Lc 7,22) y así todos aquellos que dábamos por perdidos gocen de la Resurrección. Dios no se cansa ni se cansará de caminar para llegar a sus hijos. A cada uno ¿Cómo encenderemos la esperanza si faltan profetas? ¿Cómo encararemos el futuro si nos falta unidad? ¿Cómo llegará Jesús a tantos rincones, si faltan audaces y valientes testigos?
 
Hoy el Señor te invita a caminar con Él la ciudad, te invita a caminar con Él tu ciudad. Te invita a que seas su discípulo misionero, y así te vuelvas parte de ese gran susurro que quiere seguir resonando en los distintos rincones de nuestra vida: ¡Alégrate, el Señor está contigo!
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