Viernes, 29 de mayo de 2020

Religión en Libertad

El ciego de nacimiento y el paralítico de Betesda son muy distintos: el Papa explica por qué

En sus misas en Santa Marta durante esta cuarentena, el Papa suele finalizar realizando una bendición solemne con el Santísimo
En sus misas en Santa Marta durante esta cuarentena, el Papa suele finalizar realizando una bendición solemne con el Santísimo

ReL

Si el domingo pasado la Iglesia reflexionaba sobre la curación milagrosa del ciego de nacimiento, en la misa de este 24 de marzo el Evangelio presenta la historia del paralítico de la piscina de Betesda. El Papa Francisco, en su homilía desde la capilla de la residencia Santa Marta, donde celebra casi sin asistentes a causa del coronavirus, ha señalado que se trata de dos enfermos muy distintos.

El ciego era una persona que nunca había visto, pero estaba dispuesta a sanarse. En cambio, el paralítico, según Francisco, parece impedido más bien por la pereza y la tristeza, acomodado en su desgracia... ¿de verdad en 38 años no había conseguido que nadie le acercase a las aguas medicinales en el momento adecuado?

Así, el Papa Francisco predicó contra esa tristeza y esa pereza que son armas que "el diablo puede usar para aniquilar nuestra vida espiritual”, advirtiendo de que esa tristeza paralizante “es la semilla del diablo”.

Contra ellas, el agua (símbolo del Espíritu Santo) sirve para espabilarnos, para despertarnos.

Al inicio de la misa, el Papa Francisco recordó a los sanitarios y capellanes que enferman o mueren en la lucha contra el coronavirus

“Pensemos en el agua, esa agua que es un símbolo de nuestra fuerza, de nuestra vida, el agua que Jesús usó para regenerarnos, el Bautismo. Y pensemos también en nosotros, si alguno de nosotros tiene el peligro de resbalar en la pereza, en este pecado ‘neutral’: el pecado de lo ‘neutro’. Es esto, ni blanco ni negro, nadie sabe lo que es. Y es un pecado que el diablo puede usar para aniquilar nuestra vida espiritual y también nuestra vida como personas”, advirtió el Papa.

Comentando el caso del paralítico de Betesda dijo: "Uno que quiere ser curado, se ‘las arregla’ para tener a alguien que lo ayude, se mueve… pero él, 38 años allí, a tal punto que no se sabe si está enfermo o muerto...”

Entonces llega Jesús y le pregunta "¿quieres curarte?" En realidad, el paralítico no le responde que sí, sino que empieza a quejarse de los demás, de que la gente no le acerca al agua. “La respuesta a la propuesta de Jesús para ser curado es una queja en contra de los otros. Es así, 38 años quejándose de los otros. Y no haciendo nada para sanar”, apunta el Pontífice. “La clave es el encuentro de Jesús, después, cuando lo encontró en el templo y le dijo: estás curado, no peques más, para que no te suceda algo peor”.

Para Francisco, Jesús señala así que el paralítico vivía establecido en un pecado: el de "ir tirando" y dedicarse a quejarse de los demás. "El pecado de la tristeza, que es la semilla del diablo, de aquella incapacidad de tomar una decisión en la propia vida, pero sí mirar a los otros para quejarse, no para criticarlos, sino para quejarse: ‘ellos van antes, yo soy una víctima de esta vida’. Estas personas respiran quejas”, advirtió el Papa.

Contrasta con el ciego de nacimiento del evangelio del pasado domingo: “Con cuánta alegría, con cuánta decisión recibió la curación, y también con cuánta decisión fue a discutir con los doctores de la ley”. En cambio, el paralítico solamente informó.

“Me hace pensar en muchos de nosotros, en muchos cristianos que viven en este estado de pereza, incapaces de hacer algo, quejándose de todo. La pereza es un veneno, es una niebla que rodea el alma y no la hace vivir. Es también una droga porque si tú la pruebas seguido, gusta. Y tú terminas como un ‘triste- dependiente’, un ‘pereza-dependiente’… Es como el aire. Y este es un pecado bastante común entre nosotros, la tristeza, la pereza, no digo la melancolía, pero se acerca”, indicó el Papa.

Finalmente, el Santo Padre señaló que “nos hará bien leer este capítulo 5 de San Juan para ver cómo es esta enfermedad en la que podemos caer. El agua es para salvarnos, pero yo no puedo salvarme porque la culpa es de los otros, y permanezco 38 años allí…”.

“Jesús me curó: no se ve la reacción de los otros que son curados, que toman la camilla y bailan, cantan, dan gracias, lo dicen a todo el mundo. No va hacia adelante. Los otros le dicen que no se puede hacer y él dice: ‘quien me ha curado me ha dicho que si’, y va hacia adelante. Y después, en lugar de ir hacia Jesús, agradecerle y todo, informa: ‘fue Él’. Una vida gris, pero gris por aquel mal espíritu que es la pereza, la tristeza, la melancolía. Que el Señor nos ayude a entender cuán feo, cuán maligno es este pecado”, concluyó el Pontífice.

Con el Santísimo y por los que cuidan enfermos

Al inicio de la misa, el Papa Francisco agradeció el ejemplo de heroicidad de médicos, enfermeros y sacerdotes que cuidan a los enfermos de coronavirus COVID-19. “He recibido la noticia que en estos días han fallecido algunos médicos, sacerdotes, no sé si algún enfermero, pero se han contagiado, han recibido el mal porque estaban al servicio de los enfermos”, dijo el Papa. En esta línea, el Pontífice pidió “recemos por ellos y por sus familias” y agradeció a Dios “por el ejemplo de heroicidad que nos dan al cuidar a los enfermos”.

Antes de finalizar la Misa, el Papa rezó en voz alta la oración de la “comunión espiritual” para que todos los que no pueden recibir sacramentalmente la Eucaristía en este período de confinamiento, debido al coronavirus, puedan recitarla también en su corazón.

“Jesús mío, creo que estás realmente presente en el Santísimo Sacramento del altar. Te amo por encima de todas las cosas y te deseo en mi alma. Ya que no puedo recibirte sacramentalmente ahora, ven al menos espiritualmente a mi corazón. Como ya has venido, te abrazo y me uno a Ti. No permitas que nunca me separe de Ti”.

Por último, el Santo Padre rezó en silencio ante el Santísimo Sacramento y después impartió la bendición eucarística.

En este vídeo podemos ver las ruinas de la piscina de Betesda (con sus 5 pórticos: cuatro laterales y una en el centro), y de la iglesia bizantina que se construyó sobre ella en Jerusalén

 

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