Jueves, 23 de enero de 2020

Religión en Libertad

Carlos de Foucauld

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Carlos de Foucauld
Carlos de Foucauld
- Tan pronto  como creí que había un Dios, comprendí que no podía hacer otra cosa que vivir para Él: mi vocación religiosa data del mismo momento que mi fe: ¡Dios es tan grande…!¡Hay tanta diferencia entre Dios y lo que no es Él…!
 
- Dichosos aquellos cuyos pecados son perdonados… Hace once años, en esta época, Vos me habéis convertido sin que yo os buscases, habéis vuelto mi alma al redil… Y en medio de que grandes dulzuras me habéis hecho esta gracia; no digo que no hubiese penas en ese tiempo, el dolor es necesario para purificar el alma, pero  ¡cómo me hacíais sentir la dulzura de vuestra mano!... Entre qué almas me habéis colocado! ¡A qué almas me habéis confiado! ¡Que dulces y queridos han sido los seres de los que os habéis servido para ayudar exteriormente  a vuestra  obra!  ¡Qué bueno habéis sido!  Divinamente bueno.
 
- ¡Y qué gracias interiores!  Esa necesidad de soledad, de recogimiento, de lecturas piadosas, esa necesidad de ir a vuestras Iglesias, yo que no creía en Vos, esa turbación del alma, esa angustia, esa búsqueda de la verdad, esa oración:  Dios mío, si existís, dádmelo a conocer. Todo esto, Dios mío, era obra vuestra, obra únicamente vuestra. Un alma hermosa os secundaba, pero por medio de su silencio, su dulzura, su bondad y perfección; ella  se dejaba ver, era buena y esparcía su atrayente perfume, pero no actuaba. Vos, Jesús mío, mi Salvador, vos lo hacíais todo, por dentro y por fuera. Vos me habíais atraído a la virtud por la belleza de un alma, en la cual la virtud me había parecido tan bella que irrevocablemente había arrebatado mi corazón, Vos me atrajisteis a la verdad, por la belleza de esa misma alma.  Vos me concedisteis entonces cuatro gracias. La primera fue inspirarme este pensamiento: Si esta alma es tan inteligente, la religión en la que ella cree tan firmemente no puede ser una locura, como yo pienso.   La segunda fue la de inspirarme este otro pensamiento: Si  esta religión no es una locura, quizá la verdad, que no está en la tierra en ninguna otra ni en ningún sistema filosófico, esté allí; la tercera fue que yo me dijese: Estudiemos pues esta religión; tomemos un profesor de religión católica, un sacerdote instruido, y veamos de qué se trata y si hay que creer lo que dice. La cuarta fue la gracia incomparable de encaminarme para recibir esas clases de religión, al señor Huvelim… Haciéndome entrar en su confesonario, uno de los últimos días de octubre… me diste todos los bienes, Dios mío… ¡Qué bendito día, qué día de bendición!

- Amo a nuestro Señor Jesucristo, aunque con un corazón que querría amar más y mejor, pero al fin le amo, y no puedo soportar llevar una vida distinta a la suya, una vida tranquila y honorable cuando la suya fue la más dura y la más despreciada que haya existido… no quiero recorrer la vida en primera clase mientras que Aquel a quien amo la ha recorrido en la última.
 
- El mayor sacrificio para mí, tan grande que todos los demás no existen comparados con él y se convierten en nada, es la separación para siempre de una familia adorada y de unos amigos poco numerosos, pero a los que mi corazón esta apegado con todas sus fuerzas.
 
- Padre mío, me pongo en vuestras manos; Padre mío, me confío a vos; Padre mío, me abandono a vos; Padre mío, haced de mí lo que os plazca; sea lo que sea lo que hagáis de mí, os lo agradezco; gracias por todo; estoy dispuesto a todo; lo acepto todo; os doy gracias por todo; con tal que vuestra voluntad se haga en mí, Dios mío; con tal que vuestra voluntad se haga en todas vuestras criaturas, en todos vuestros hijos, en todos aquellos a los que ama vuestro Corazón, no deseo nada más, Dios mío; pongo mi alma en vuestras manos; os la doy, Dios mío, con todo el amor de mi corazón, porque os amo, y para mí es una necesidad de amor el darme, ponerme en vuestras manos sin medida; yo me pongo en vuestras manos con infinita confianza, porque vos sois mi Padre.
 
- Serás tentado contra esta vida tan hermosa, tan divina: cuanto mayor es el don que Jesús te hace, más envidioso está el demonio, más empleará sus astucias más sutiles y quizá sus medios más violentos para quitártelo; te hablará al oído y al de otros, pero  nadie es tentado por encima de sus fuerzas. No te asombres por las tentaciones, no te asombres por las contradicciones: cuanto más se parezca tu género de vida al de Jesús, menos lo comprenderá el mundo.
 
- (¿Dónde ir?)   No a donde haya más oportunidades  humanas  de tener novicios, autorizaciones canónicas, dinero, terrenos, ayudas; no, sino  allí donde sea más perfecto en sí mismo, lo más perfecto según la palabra de Jesús, lo más conforme a la perfección evangélica, lo más conforme a la inspiración del Espíritu Santo; allí donde Jesús iría: a  “ la oveja más extraviada”, al “hermano” de Jesús  “más enfermo”, a los más abandonados, a los que tienen menos pastores, los que “están sumidos en las tinieblas más densas”.
Vayamos ahora donde podamos ir… Cuando las puertas se abran en otro sitio, allí iremos. ¡A cada día su afán; hagamos en el momento presento lo que sea mejor! En todos los momentos que se suceden y que componen la vida, aprovechemos la gracia presente, los medidos que Dios da; nada mejor para prepararnos bien para aprovechar las gracias futuras y recibirlas, que usar bien de las actuales.
 
- Si he podido hacer algún bien, si he podido establecerme en el Sahara, es, después de Jesús, porque he sido oficial y he viajado por Marruecos. Dios prepara desde lejos las cosas y hace que sirvan para la salvación de las almas los buenos, los malos y los actos realizados sin pensar para nada en Él.
 
- Compartamos, compartamos, compartamos todo con ellos (los pobres) y démosle la mejor parte, y si no hay bastante para los dos, démosle todo. Es a Jesús a quien se lo damos (…) y si después de habérselo dado todo, para él, a él en sus miembros, morimos de hambre, bendita suerte… Y si, sin llegar a morir, cayésemos enfermos por la necesidad, por haber dado demasiado a Jesús en sus miembros, ¡bendita, dichosa enfermedad! Seríamos felices, favorecidos, privilegiados, qué gracia de Dios, qué dicha, estar enfermos por ese motivo.
 
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