Sábado, 16 de noviembre de 2019

Religión en Libertad

Beata Concepción Cabrera (III)

ReL

BIENAVENTURADOS LOS QUE LLORAN,
PORQUE ELLOS SERÁN CONSOLADOS (Mt 5.5)

El Espíritu Santo es Espíritu consolador, Espíritu de verdad y Espíritu de amor.
Es Espíritu consolador que siempre ayuda a nuestra flaqueza, alivia nuestras penas y
hace amable el sacrificio; consuela, poniendo paz en el sufrimiento y estrechando la amistad
divina que nos hace felices.
Pero... ¿a quiénes consuela este divino Espíritu? A los que lloran, a los humildes; nunca
desciende a los que no creen necesitarlo.
¡Cuántas lágrimas inundan la tierra! Llora el enfermo en su lecho, el prisionero en sus
cadenas, el huérfano en su desamparo, el pobre en su indigencia, el calumniado en el
deshonor...
Llora el pecador arrepentido, lloran los que sufren en los desamparos y desolaciones,
lloran las almas víctimas por la Iglesia y por los pueblos culpables al ver ofendido a Dios. ¡y
lloran lágrimas de sangre.
Lloran el rico y el pobre, el alto y el bajo, los reyes y los plebeyos... ¡todo es llanto en
este valle de lágrimas!
Y ¿quién es el consolador excelso, el Único capaz de suavizar y endulzar el
padecimiento? El Espíritu Santo, el cual inspiró a Jesús estas divinas palabras que hicieron
sonreír al mundo: "Bienaventurados los que lloran porque ellos serán consolados". 
El Consolador hace suaves los sacrificios de la vida y derrama su exquisita dulzura en
los corazones atribulados que lo invocan.
¡Oh Consolador de los corazones salud de los enfermos, refugio de los afligidos y único
tesoro del mundo, ten piedad de nosotros! Tú que procedes del Padre y del Hijo, ayúdanos,
sostennos y danos el gozo y la paz que son frutos tuyos.
Vivir en la verdad de Dios nos consuela, nos hace crecer.
El Espíritu de verdad nos enseña a hablar con Dios. El Amor infinito tiene la ciencia del
lenguaje, por eso se dejó ver en Pentecostés sobre los Apóstoles, en lenguas de fuego,
símbolo de amor ardiente.
"El Espíritu penetra todas las cosas, aun las más íntimas de Dios y las comunica a las
almas".  Nos habla, en la oración nos deja oír la voz de la verdad. En el alma del justo
opera maravillas inefables que, si la fe no las enseñara, serían verdaderamente increíbles.
Las palabras del Espíritu Santo son íntimas y persuasivas, porque quiere hacer que
vivamos de la verdad, y que amemos en espíritu y en verdad: es decir, sin doblez ni mentira,
siendo sencillos, francos y sinceros en toda nuestra conducta.
Este divino Espíritu es quien nos sugiere toda verdad. Escuchemos ese lenguaje divino y
transformémonos en sinceridad y en verdad para después darlo a conocer a los demás, porque donde no hay luz, claridad y sencillez, no hay tampoco Espíritu Santo, amigo de la
simplicidad y la unidad.
El Espíritu Santo es fuego sagrado que purifica y abrasa. "La caridad se difunde en
nuestro corazón por el Espíritu Santo que habita en nosotros". 114 Ese fuego, ese amor que
purifica, también ilumina, porque el amor es luz: una luz que alumbra, que diviniza, y
transforma.
¡Oh amor, amor divino, deleite infinitamente atractivo entre el Padre y el Hijo, ¿quién te
comprenderá? ¡Oh luz beatísima, ¡oh esplendor de la gloria, amor increado, penetra, ilumina,
enardece hasta el fondo de nuestros corazones! ¡Quién estuviera sumergido en el lago de tu
lumbre, de tu unidad, en el infinito seno de la Trinidad!

ORACIÓN
¡Oh ser absoluto, vínculo inefable que unes al Padre y al Hijo, yo quiero amarte! El vil
gusanito de la tierra quiere dejar la crisálida de sus vicios y, ya mariposa, volar a ti, perderse
en ti y abrasarse en ti; dame para esto pureza, sacrificio y un amor siempre creciente que me
consuma en la unión con la Trinidad Santísima.
¡Te lo pido por María, Espíritu Santo, y no me lo podrás negar. Amén.

EL ESPÍRITU SANTO PROMETIDO A LA ORACIÓN

Jesús promete a sus Apóstoles que "el Padre les dará el Espíritu Santo si lo piden". 
Jesús se despedía de sus Apóstoles, hablando siempre del Espíritu Santo; con su
Corazón conmovido porque iba a dejarlos huérfanos; pensando en un consolador para ellos,
en el Paráclito, que les endulzara el dolor de su ausencia, y los preparara a las persecuciones,
suplicios y cárceles haciendo rebosar de júbilo sus corazones con el Espíritu Santo.
"Promesa del Padre", llama san Lucas a la venida del Espíritu Santo, porque es la
realización de todos los planes de la bondad de Dios para con los hombres.
La fe nos enseña que el Espíritu Santo está atento y pendiente de cada uno de nosotros,
que nos sigue a todas partes, que "habita en nuestros corazones", que quiere hacernos
santos. Entonces, ¿cómo no serlo, si lo tenemos más cerca que nosotros mismos? ¿Cómo
languidecer en la vida espiritual, si llevamos con nosotros a la misma actividad?
Jesús da a los Apóstoles el Espíritu Santo como consolador: "Conviene que Yo me vaya,
porque si no me voy, el Espíritu Santo no vendrá". 
Jesús, por el Espíritu Santo, escoge a sus Apóstoles de entre las multitudes, y se goza en
su sencillez; más tarde, les comunica sus poderes y con ellos "edifica el Cuerpo místico del
cual él es la Cabeza". 
El Espíritu Santo es el soplo fecundo de Amor que da vida a la Iglesia. Es él quien da
fuerza para vivir la nueva ley del Amor... Es el Espíritu quien da a la Iglesia la gracia para el
ministerio de la salvación: la infalibilidad, la perseverancia, el sacerdocio, el poder de
perdonar los pecados; todo pertenece a la misión visible del Santo Espíritu.
El Espíritu Santo es el corazón de la Iglesia pues la diviniza y une: "es el Alma" que la
vivifica; y canta en su liturgia: "por el Espíritu Santo todo su cuerpo es vivificado y
santificado".
El Espíritu Santo es el alma del Cuerpo místico, el que infunde todas las virtudes a los
apóstoles, a los mártires, a las vírgenes, a todos los santos.
Desde el Bautismo renace el hombre por el agua y el Espíritu Santo: "Serán bautizados
con el Espíritu Santo".
En la Confirmación, con el santo crisma recibimos el sello del Espíritu Santo, porque
este sacramento viene a ser el Pentecostés de cada cristiano.
Si hemos pecado, el sacerdote nos reconcilia con Dios, con el poder que recibió del
Espíritu Santo.
En la Unción de los enfermos, la Iglesia derrama el aceite y ruega por el enfermo, en
nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
En la Eucaristía recibimos el Cuerpo de Jesús formado por el Espíritu Santo.
El Matrimonio es santificado por la gracia del Espíritu Santo; y en el Orden sacerdotal,
al imponer las manos el Obispo quiere significar cómo el Espíritu Santo imprime un carácter
nuevo e indeleble.
Las últimas palabras de Jesús al subir al cielo en su gloriosa Ascensión fueron: “A
vosotros no os toca conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su propio
poder. Pero recibiréis la virtud del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis
testigos en Jerusalén, en Samaria y hasta los confines de la tierra".

¡Que venga a nosotros ese Espíritu Santo, luz indeficiente, centro de toda dicha, que
anhelamos ser sus apóstoles, su "FAMILIA" en la tierra, su ejército de paz, de caridad, para
ser testigos del Verbo hecho carne! ¡Seamos luz para el mundo con la devoción y el reinado
del Espíritu Santo y, con ella la alegría, la dicha y la paz de la verdad!

ORACIÓN

¡Oh Espíritu vivificador, que rebosas en piedad para los hombres!, ¡quiero
vivir siempre en tu presencia para "amarte y hacer que seas amado!".
¡Ven, oh Santo Espíritu, a renovar todas las cosas en Cristo!
Con tu benéfica influencia se renovarán las sociedades, se levantará la Cruz con el
Corazón de Cristo en su centro para la salvación de la humanidad.
¡Hazlo así, Jesús divino. Fruto precioso del Espíritu Santo; tú que eres "el amor de la
Trinidad para el hombre"!
¡Envía un nuevo Pentecostés a la tierra, y que sea consagrada al Espíritu Santo! Amén.
Todo por María, esposa del Espíritu Santo.

 

 

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