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Martes, 12 de diciembre de 2017

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Religión en Libertad

De nueve cosas que ayudan a alcanzar la devoción

Las cosas, pues, que ayudan a la devoción son muchas; porque primeramente hace mucho al caso tomar estos santos ejercicios muy de veras y muy a pechos, con un corazón muy determinado y ofrecido a todo lo que fuere necesario para alcanzar esta preciosa margarita, por arduo y dificultoso que sea, porque es cierto que ninguna cosa grande hay que no sea dificultosa, y así también lo es ésta, a lo menos a los principios.
Ayuda también la guarda del corazón, de todo género de pensamientos ociosos y vanos, y de todos los afectos y amores peregrinos, y de todas las turbaciones y movimientos apasionados, pues está claro que cada cosa de éstas impide la devoción y que no menos conviene tener el corazón templado para orar y meditar que la vihuela para tañer.
Ayuda también la guarda de los sentidos, especialmente de los ojos y de los oídos y de la lengua, porque por la lengua se derrama el corazón, y por los ojos y oídos se hinche de diversas imaginaciones, de cosas con que se perturba la paz y sosiego del ánima. Por donde con razón se dice que el contemplativo ha de ser sordo, ciego y mudo, porque cuanto menos se derrama por defuera, tanto más recogido estará de dentro.
Ayuda para esto mismo la soledad, porque no sólo quita las ocasiones de distraimiento a los sentidos y al corazón y las ocasiones de los pecados, sino también convida al hombre a que more dentro de sí mismo y trate con Dios y consigo, movido con la oportunidad del lugar, que no admite otra compañía que ésta.
Ayuda, otrosí, la lección de los libros espirituales y devotos, porque dan materia de consideración y recogen el corazón y despiertan la devoción y hacen que el hombre de buena gana piense en aquello que lo supo dulcemente; mas antes siempre se representa a la memoria lo que abunda en el corazón.
Ayuda la memoria continua de Dios, y el andar siempre en su presencia, y el uso de aquellas breves oraciones que San Agustín llama jaculatorias, porque éstas guardan la casa del corazón y conservan el calor de la devoción, como arriba se platicó. Y así se halla el hombre a cada hora pronto para llegarse a la oración. Éste es uno de los principales documentos de la vida espiritual, y uno de los mayores remedios para aquellos que ni tienen tiempo ni lugar para darse a la oración, y el que trajere siempre este cuidado, en poco tiempo aprovechará muy mucho.
Ayuda también la continuación y perseverancia en los buenos ejercicios en sus tiempos y lugares ordenados, mayormente a la noche o a la madrugada, que son los tiempos más convenibles para la oración, como toda la Escritura nos enseña.
Ayudan las asperezas y abstinencias corporales: la mesa pobre, la cama dura, el cilicio y la disciplina y otras cosas semejantes, porque todas estas cosas, así como nacen de devoción, así también despiertan, conservan y acrecientan la raíz de donde nacen.
Ayudan, finalmente, las obras de misericordia, porque nos dan confianza para padecer delante de Dios y acompañan nuestras oraciones con servicios, porque no se pueden llamar del todo ruegos secos, y merecen que sea misericordiosamente recibida la oración, pues procede de misericordioso corazón.

De diez cosas que impiden la devoción

Y así como hay cosas que ayudan a la devoción, así también hay cosas que la impiden, entre las cuales la primera es los pecados, no sólo los mortales, sino también los veniales, porque éstos, aunque no quitan la caridad, quitan el fervor de la caridad, que es casi lo mismo que devoción, por donde es razón evitarlos con todo cuidado, ya que no fuese por el mal que nos hacen, a lo menos por el grande bien que nos impiden.
Impide también el remordimiento de la conciencia, que procede de los mismos pecados (cuando es demasiado), porque trae el ánima inquieta, y caída, y desmayada, y flaca para todo buen ejercicio.
Impiden también los escrúpulos, por la misma causa, porque son como espinas, y no la dejan reposar y sosegar en Dios y gozar de la verdadera paz.
Impide también cualquier amargura y desabrimiento del corazón y tristeza desordenada, porque con esto muy mal se puede compadecer el gusto y suavidad de la buena conciencia y de la alegría espiritual.
Impiden, otrosí, los cuidados demasiados, los cuales son aquellos mosquitos de Egipto que inquietan el ánima y no la dejan dormir este sueño espiritual que se duerme en la oración, antes allí más que en otra parte la inquietan y divierten con su ejercicio.
Impiden también las ocupaciones demasiadas, porque ocupan el tiempo y ahogan el espíritu, y así dejan al hombre sin tiempo y sin corazón para vacar a Dios.
Impiden los regalos y consolaciones sensuales (cuando el hombre es demasiado en ellas), porque el que se da mucho a las consolaciones del mundo, no merece las del Espíritu Santo, como dice San Bernardo. Impide el regalo en el demasiado comer y beber, mayormente las cenas largas, porque éstas hacen muy mala cama a los espirituales ejercicios y a las vigilias sagradas, porque con el cuerpo pesado y harto de mantenimiento, muy mal aparejado está el ánimo para volar a lo alto.
Impide el vicio de la curiosidad, así de los sentidos como el entendimiento, que es querer oír y ver y saber muchas cosas y desear cosas pulidas, curiosas y bien labradas, porque todo esto ocupa el tiempo, embaraza los sentidos, inquieta el ánima y derrámala en muchas partes, y así impide la devoción.
Impide, finalmente, la interrupción de todos estos santos ejercicios, si no es cuando se deja por causa de alguna piadosa o justa necesidad, porque (como dice un doctor) es muy delicado el espíritu de la devoción, el cual después de ido, o no vuelve, o a lo menos con mucha dificultad. Y por esto, así como los árboles y los cuerpos humanos quieren sus riegos y mantenimientos ordinarios, y en faltando esto luego desfallecen y desmedran, así también lo hace la devoción, cuando le falta el riego y mantenimiento de la consideración. Todo esto se ha dicho así sumariamente, para que mejor se pudiese tener en la memoria, la declaración de lo cual podrá ver quien quisiere con el ejercicio y larga experiencia.


Las tentaciones más comunes que suelen fatigar a los que se dan a la oración, y de sus remedios

Será bien tratar ahora de las tentaciones más comunes de las personas que se dan a la oración y de sus remedios, las cuales, por la mayor parte, son las siguientes:
Las faltas de las consolaciones espirituales.
La guerra de los pensamientos importunos.
Los pensamientos de blasfemia e infidelidad.
El temor desordenado.
El sueño demasiado.
La desconfianza de aprovechar.
La presunción de estar ya muy aprovechado.
El apetito demasiado de saber.
El indiscreto celo de aprovechar. Éstas son las más comunes tentaciones que hay en este camino, los remedios de las cuales son los siguientes:

Primer aviso
Primeramente, al que le faltaren las consolaciones espirituales, el remedio es que no por eso deje el ejercicio de la oración acostumbrada, aunque le parezca desabrida y de poco fruto, sino póngase en la presencia de Dios como reo y culpado, y examine su conciencia, y mire si por ventura perdió esta gracia por su culpa, suplique al Señor con entera confianza le perdone, y declare las riquezas inestimables de su paciencia y misericordia en sufrir y perdonar a quien otra cosa no sabe sino ofenderle. De esta manera sacará provecho de su sequedad, tomando ocasión para más se humillar, viendo lo mucho que peca, y para más amar a Dios, viendo lo mucho que le perdona. Y aunque no halle gusto en estos ejercicios, no desista de ellos, porque no se requiere que sea siempre sabroso lo que ha de ser provechoso. A lo menos esto se halla por experiencia, que todas las veces que el hombre persevera en la oración con un poco de atención y cuidado haciendo buenamente lo que puede, al cabo sale de allí consolado y alegre, viendo que hizo de su parte algo de lo que era en sí. Mucho hace en los ojos de Dios quien hace todo lo que puede, aunque pueda poco. No mira Nuestro Señor tanto al caudal del hombre, cuanto a su posibilidad y voluntad. Mucho da quien desea dar mucho, quien da todo lo que tiene, quien no deja nada para sí. No es mucho durar mucho en la oración, cuando es mucha la consolación. Lo mucho es que, cuando la devoción es poca, la oración es mucha, y mucha mayor la humildad, y la paciencia y la perseverancia en el bien obrar.
También es necesario en estos tiempos andar con mayor solicitud y cuidado que en los otros, velando sobre la guarda de sí mismo y examinando con mucha atención sus pensamientos, y palabras, y obras; porque como entonces nos falte la alegría espiritual (que es el principal remo de esta navegación), es menester suplir con cuidado y diligencia lo que falta de gracia. Cuando así te vieres, has de hacer cuenta (como dice San Bernardo) que se te han dormido las velas que te guardaban, y que se te han caído los muros que te defendían. Y por eso toda la esperanza de salud está en las armas, pues ya no te ha de defender el muro, sino la espada y la destreza en el pelear. ¡Oh cuánta es la gloria del ánima que de esta manera batalla, que sin escudo se defiende, y que sin armas pelea, y sin fortaleza es fuerte y, hallándose en la batalla sola, toma el esfuerzo y ánimo por compañía! No hay mayor gloria en el mundo que imitar en las virtudes al Salvador. Y entre sus virtudes se cuenta por muy principal haber padecido lo que padeció, sin admitir en su ánima ningún género de consuelo. De manera que el que así padeciere y peleare, tanto será mayor imitador de Cristo cuanto más careciere de todo género de consuelo. Y esto es beber el cáliz de la obediencia puro, sin mezcla de otro licor. Éste es el toque principal en que se prueba la fineza de los amigos, si son verdaderos o no lo son.

Segundo aviso
Contra la tentación de los pensamientos importunos que nos suelen combatir en la oración, el remedio es pelear varonil y perseverantemente contra ellos, aunque esta resistencia no ha de ser con demasiada fatiga y congoja de espíritu, porque no es este negocio tanto de fuerza, cuanto de gracia y humildad. Y por esto cuando el hombre se hallare de esta manera, debe volverse a Dios sin escrúpulo y sin congoja (pues esto o no es culpa, o es muy liviana), y con toda humildad y devoción le diga: «Veis aquí, Señor mío, quién soy yo, qué se esperaba de este muladar, sino semejantes olores? ¿Qué se esperaba de esta tierra que Vos maldijisteis, sino zarzas y espinas? Éste es el fruto que ella puede dar si Vos, Señor, no la limpiáis». Y dicho esto, torne a atar su hilo como de antes, y espere con paciencia la visitación del Señor, que nunca falta a los humildes. Y si todavía te inquietaren los pensamientos, y tú todavía perseverantemente les resistieres e hicieres lo que es en ti, debes tener por cierto que mucha más tierra ganas en esta resistencia que si estuvieras gozando de Dios a todo sabor.

Tercer aviso
Para remedio de las tentaciones de blasfemia es de saber que así como ningún linaje de tentaciones es más penoso que éste, así ninguno hay menos peligroso, y así el remedio es no hacer caso de las tentaciones, pues el pecado no está en el sentimiento, sino en el consentimiento y en el deleite, el cual aquí no hay, sino antes al contrario; y así, más se puede llamar ésta pena, que culpa, porque cuan lejos está el hombre de recibir alegría con estas tentaciones, tan lejos está de tener culpa en ellas. Y por eso el remedio (como dije) es menospreciarlas y no temerlas; porque cuando demasiadamente se temen, el mismo temor las despierta y las levanta.

Cuarto aviso
Contra las tentaciones de infidelidad, el remedio es que acordándose el hombre por un cabo de la pequeñez humana, y por otro de la grandeza divina, piense en lo que Dios le manda, y no sea curioso en querer escudriñar sus obras, pues vemos que muchas de ellas exceden a nuestro saber. Y, por tanto, el que quiere entrar en el santuario de las obras divinas, ha de entrar con mucha humildad y reverencia, y llevar consigo ojos de paloma sencilla y no de serpiente maliciosa, y corazón de discípulo y no de juez temerario. Hágase como niño pequeño, porque a los tales enseña Dios sus secretos. No cure de saber el porqué de las obras divinas, cierre el ojo de la razón y abra sólo el de la fe, porque éste es el instrumento con que se han de tantear las obras de Dios. Para mirar las obras humanas muy bueno es el ojo de la razón humana; mas para mirar las divinas, no hay cosa más desproporcionada que él. Mas porque ordinariamente esta tentación es al hombre penosísima, el remedio es el de la pasada, que es no hacer caso de ella, pues más es ésta pena que culpa, porque no puede haber culpa en lo que la voluntad está contraria, como allí se declaró.

Quinto aviso
Algunos hay que son combatidos de grandes temores y fantasías, cuando se apartan sólo de noche a orar. Contra esta tentación el remedio es hacerse el hombre fuerza y perseverar en su ejercicio; porque huyendo crece el temor, y peleando, la osadía. Aprovecha también considerar que ni el demonio, ni otra cosa es poderosa para nos dañar, sin licencia de Nuestro Señor. También aprovecha considerar que tenemos al Ángel de nuestra Guarda a nuestro lado, y en la oración mejor que en otra parte, porque allí existe él para nos ayudar y llevar nuestras oraciones al cielo y defendernos del enemigo, que no nos puede hacer mal.

Sexto aviso
Contra el sueño demasiado, el remedio es considerar que el sueño unas veces procede de necesidad, y entonces el remedio es no negar al cuerpo lo que es suyo, porque no nos impida lo que es nuestro. Otras procede de enfermedad y entonces no debe el hombre congojarse por eso, pues no tiene culpa, ni tampoco debe dejarse del todo vencer, sino hacer de su parte lo que buenamente pudiere, para que del todo no se pierda la oración, sin la cual no tenemos seguridad ni alegría verdadera en esta vida. Otras veces nace el sueño de pereza o del demonio que lo procura. Entonces el remedio es el ayuno, no beber vino, beber poca agua, estar de rodillas, o en pie, o en cruz y no arrimado, hacer alguna disciplina u otra cualquiera aspereza que despierte y punce la carne. Finalmente, el único y general remedio, así para este mal como para los otros, es pedirlo a Aquel que está aparejado para dar, si hubiere quien siempre le quiera pedir.

Séptimo aviso
Contra las tentaciones de la desconfianza y de la presunción; que son vicios contrarios, es forzado que haya diversos remedios. Para  la desconfianza, el remedio es considerar que este negocio no se ha de alcanzar por solas tus fuerzas, sino por la divina gracia, la cual tanto más presto se alcanza, cuanto más el hombre desconfía de su propia virtud y confía en sólo la bondad de Dios, a quien todo es posible.
Para la presunción, el remedio es considerar que no hay más claro indicio de estar el hombre muy lejos, que creer que está muy cerca, porque en este camino los que van descubriendo más tierra, ésos se dan mayor prisa por ver lo mucho que les falta; y por eso nunca hacen caso de lo que tienen en comparación de lo que desean. Mírate, pues, como en un espejo, en la vida de los Santos y en las de otras personas señaladas que ahora viven en carne, y verás que eres ante ellos como un enano en presencia de un gigante, y así no presumirás.

Octavo aviso
Contra la tentación del demasiado apetito de saber y estudiar, el primer remedio es considerar cuánto más excelente es la virtud que la ciencia, y cuánto más excelente la sabiduría divina que la humana, para que por aquí vea el hombre cuánto más se debe ocupar en los ejercicios por do se alcanza la una que la otra. Tenga la gloria de la sabiduría del mundo, las grandezas que quisiere, que al fin se acaba esta gloria con la vida. Pues, ¿qué cosa puede ser más miserable que adquirir con tanto trabajo lo que tampoco se ha de gozar? Todo lo que aquí puedes saber es nada. Y si te ejercitares en el amor a Dios, presto le irás a ver, y en él verás todas las cosas. «Y el día del juicio no nos preguntarán qué leímos, sino qué hicimos; ni cuán bien hablamos o predicamos, sino cuán bien obramos».

Noveno aviso
Contra la tentación del indiscreto celo de aprovechar a otros, el principal remedio es que de tal manera entendamos en el provecho del prójimo, que no sea con perjuicio nuestro. Y que de tal manera entendamos en los negocios de las conciencias ajenas, que tomemos tiempo para las nuestras, el cual ha de ser tanto, que baste para traer a la continua el corazón devoto y recogido, porque esto es andar en espíritu, como dice el Apóstol, que es andar el hombre más en Dios que en sí mismo. Pues como esto sea raíz y principio de todo nuestro bien, todo nuestro trabajo ha de ser procurar de tener tan larga y tan profunda oración, que baste para traer siempre el corazón con esta manera de recogimiento y de devoción, para lo cual no basta cualquier manera de recogimiento y oración, sino es menester que sea muy larga y muy profunda.

Avisos necesarios para los que se dan a la oración
Una de las cosas más arduas y dificultosas que hay en esta vida es saber ir a Dios y tratar familiarmente con él. Y por esto no se puede este camino andar sin alguna buena guía, ni tampoco sin algunos avisos para no perderse en él, y por esto será necesario apuntar aquí algunos con la nuestra acostumbrada brevedad. Entre los cuales, el primero sea acerca del fin que en estos ejercicios se ha de tener. Para lo cual es de saber que (como esta comunicación con Dios sea una cosa tan dulce y tan deleitable, según dice el Sabio) de aquí nace que muchas personas atraídas con la fuerza de esta maravillosa suavidad (que es sobre todo lo que se puede decir) se llegan a Dios y se dan a todos los espirituales ejercicios, así de lección como de oración y uso de Sacramentos, por el gusto grande que hallan en ellos, de tal manera, que el principal fin que a esto les lleva es el deseo de esta maravillosa suavidad. Éste es un muy grande y muy universal engaño en que caen muchos. Porque como el principal fin de todas nuestras obras haya de ser amar a Dios y buscar a Dios, esto más es amar a sí y buscar a sí, conviene saber, su propio gusto y contentamiento, que es el fin que los filósofos pretendían en su contemplación. Y esto es también -como dice un Doctor- un linaje de avaricia, lujuria y gula espiritual, que no es menos peligrosa que la otra sensual. Y lo que es más, de este mismo engaño se sigue otro no menor, que es juzgar el hombre a sí y a los otros por estos gustos y sentimientos, creyendo que tanto tiene cada uno más o menos de perfección, cuanto más o menos gusta de Dios, que es un engaño muy grande. Pues contra estos dos engaños sirve este aviso y regla general: que cada uno entienda que el fin de todos estos ejercicios y de toda la vida espiritual es la obediencia de los mandamientos de Dios y el cumplimiento de la divina voluntad, para lo cual es necesario que muera la voluntad propia, para que así viva y reine la divina, pues es tan contraria a ella. Y porque tan gran victoria como ésta no se puede alcanzar sin muy grandes favores y regalos de Dios, por esto principalmente se ha de ejercitar la oración, para que por ella se alcancen estos favores y se sientan estos regalos para salir con esta empresa. Y de esta manera y para tal fin se pueden pedir y procurar los deleites de la oración (según arriba dijimos), como los pedía David cuando decía: Vuélveme, Señor, la alegría de tu salud, y confírmame con tu espíritu principal (Ps.50,14). Pues conforme a esto, entenderá el hombre cuál ha de ser el fin que ha de tener en estos ejercicios, y por aquí también entenderá por dónde ha de estimar y medir su aprovechamiento y el de los otros, conviene saber, no por los gustos que hubiere recibido de Dios, sino por lo que por él hubiese padecido, así por hacer la voluntad divina, como por negar la propia. Que éste haya de ser el fin de todas nuestras lecciones y oraciones, no quiero traer para esto más argumentos que aquella divina oración o salmo: Beati immaculati in via (Ps.118,1), que teniendo ciento setenta y siete versos (porque es el mayor del salterio) no se hallará en él uno solo que no haga mención de la ley de Dios y de la guarda de sus mandamientos, lo cual quiso el Espíritu Santo que así fuese, para que por aquí viesen los hombres cómo todas sus oraciones y meditaciones se habían de ordenar en todo y en parte a este fin, que es la obediencia y guarda de la ley de Dios, y todo lo que va fuera de aquí, es uno de los muy sutiles y más colorados engaños del enemigo, con el cual hace creer á los hombres que son algo, no siéndolo. Por lo cual dicen muy bien los Santos que la verdadera prueba del hombre no es el gusto de la oración, sino la paciencia de la tribulación, la abnegación de sí mismo y el cumplimiento de la divina voluntad, aunque para todo esto aprovecha grandemente así la oración como los gustos y consolaciones que en ellas se dan. Pues, conforme a esto, el que quisiere ver cuánto ha aprovechado en este camino de Dios, mire cuánto crece cada día en humildad interior y exterior. ¿Cómo sufre las injusticias de los otros? ¿Cómo sabe dar pasada a las flaquezas ajenas? ¿Cómo acude a las necesidades de sus prójimos? ¿Cómo se compadece y no se indigna contra los defectos ajenos? ¿Cómo sabe esperar en Dios en el tiempo de la tribulación? ¿Cómo rige su lengua? ¿Cómo guarda su corazón? ¿Cómo trae domada su carne con todos sus apetitos y sentidos? ¿Cómo se sabe valer en las prosperidades y adversidades? ¿Cómo se repara y provee en todas las cosas con gravedad y discreción? Y, sobre todo esto, mire si está muerto el amor de la honra, y del regalo, y del mundo, y según lo que en esto hubiere aprovechado o desaprovechado, así se juzgue, y no según lo que siente o no siente de Dios. Y por esto siempre ha de tener él un ojo, y el más principal en la mortificación, y el otro en la oración, porque esa misma mortificación no se puede perfectamente alcanzar sin el socorro de la oración.

Segundo aviso
Y si no debemos desear consolaciones y deleites espirituales para sólo parar en ellos sino por los provechos que nos causan, mucho menos se deben desear visiones o revelaciones o arrebatamientos y cosas semejantes que pueden ser más peligrosas a los que no están fundados en humildad. Y no tenga el hombre miedo de ser en esto desobediente a Dios, porque cuando Él quiere revelar algo, Él lo sabe descubrir por tales modos que por más que el hombre huya El se lo certificará de manera que no pueda dudar aunque quiera.

Tercer aviso
Debe asimismo ser avisado en callar los favores o regalos que Nuestro Señor le hiciere, si no fuere a sólo su maestro espiritual. Por lo cual dice San Bernardo que el varón devoto ha de tener en la celda escritas estas palabras: Mi secreto para mí, mi secreto para mi.

Cuarto aviso
También debe el hombre tener aviso de tratar con Dios con la mayor humildad y reverencia que le sea posible, de manera que nunca el ánima ha de estar tan regalada y favorecida de Dios, que no vuelva los ojos hacia dentro y mire su vileza y recoja sus alas y se humille delante de tan grande majestad, como lo hacía San Agustín, de quien se dice que había aprendido a alegrarse en la presencia de Dios con temor.

Quinto aviso
Dijimos arriba que el siervo de Dios ha de trabajar para tener sus tiempos señalados para vacar a Dios, pues allende de este ordinario de cada día debe desocuparse a tiempos de todo género de negocios, aunque sean tantos, para entregarse del todo a los espirituales ejercicios, y dar a su ánima un abundante pasto, con el cual se reparte lo que con los defectos de cada día se gasta, y se cobren nuevas fuerzas para pasar adelante. Y aunque esto se debe hacer en otros tiempos, más especialmente se debe hacer en las fiestas principales del año y en los tiempos de tribulaciones y trabajos, y después de algunos caminos largos y de algunos negocios que han causado distraimiento y derramamiento en el corazón para tornar a recogerlo.

Sexto aviso
Algunos hay también que tienen poco tiempo y discreción en sus ejercicios cuando les va bien con Dios. A los cuales su misma prosperidad viene a ser ocasión de su peligro. Porque hay muchos a quien parece que se les da esta gracia a manos llenas, los cuales, como hallan tan suave la comunicación del Señor, entréganse tanto a ella y alargan tanto los tiempos de la oración y las vigilias y asperezas corporales, que la naturaleza, no pudiendo sufrir a la continua tanta carga, viene a dar con ella en tierra. De donde nace que muchos vienen a estragarse los estómagos y la cabeza, con lo que se hacen inhábiles no sólo para los otros trabajos corporales, sino también para esos mismos ejercicios de oración. Por lo cual conviene tener mucho tiento en estas cosas, mayormente a los principios, donde los fervores y consolaciones son mayores, y la experiencia y discreción menos, para que de tal modo tratemos la manera de caminar que no faltemos a medio camino. Otro extremo contrario es el de los regalados, que, so color de discreción, hurtan el cuerpo a los trabajos, el cual, aunque en todo género de persona sea muy dañoso, mucho más lo es en los que comienzan, porque, como dice San Bernardo, imposible es que persevere mucho en la vida religiosa el que siendo novicio es ya discreto; siendo principiante, quiere ser prudente, y siendo aún nuevo y mozo, comienza a tratarse y regalarse como viejo. Y no es fácil de juzgar cuál de estos dos extremos sea más peligroso, sino que la indiscreción (como dice muy bien Gerson) es más incurable porque mientras el cuerpo está sano esperanza hay que podrá haber remedio; mas después de ya estragado con la indiscreción, mal se puede remediar.

Séptimo aviso
Otro peligro hay también en este camino, y por ventura mayor que todos los pasados, el cual es que muchas personas, después que algunas veces han experimentado la virtud inestimable de la oración y visto por experiencia cómo todo el concierto de la vida espiritual depende de ella, paréceles que ella sola es el todo, y que ella sola basta para ponerlos en salvo, y así vienen a olvidarse de las otras virtudes y aflojar en todo lo demás. De donde también procede que, como todas las otras virtudes ayuden a esta virtud, faltando el fundamento, también falta el edificio; y así, mientras el hombre procura esta virtud, menos puede salir con ella. Por esto, pues, el siervo de Dios debe poner los ojos no en una virtud sola, por grande que sea, sino en todas las virtudes; porque así como en la vihuela una sola voz no hace armonía si no suenan todas, así una virtud sola no basta para hacer esta espiritual consonancia si todas no responden con ella. Y así como un reloj si se embaraza un solo punto para todo, así también acaece en el reloj de la vida espiritual si falta una sola virtud.

Octavo aviso
Aquí también conviene avisar que todas estas cosas que hasta aquí se han dicho para ayudar a la devoción se han de tomar como unos aparejos con que el hombre se dispone para la divina gracia; ocupándose diligentemente en ellos, y quitando la confianza de ellos y poniéndola en sólo Dios. Digo esto porque hay algunas personas que hacen como arte de todas estas reglas y documentos, pareciéndoles que así como el que aprende un oficio, guardadas bien las reglas de él, por virtud de ellas saldrá luego buen oficial, así también el que estas reglas guardare, por virtud de ellas, alcanzará luego lo que desea, sin mirar que esto es hacer arte de la gracia, y atribuir a reglas y artificios humanos lo que es pura, dádiva y misericordia del Señor. Pues por esto conviene tomar estos negocios no como cosa de arte, sino como de gracia, porque tomándolo de esta manera sabrá el hombre que el principal medio que para esto se requiere es una profunda humildad y conocimiento de su propia miseria, con grandísima confianza en la divina misericordia, para que del conocimiento de lo uno y de lo otro procedan siempre continuas lágrimas y oraciones, con las cuales, entrando el hombre por la puerta de la humildad, alcance lo que desea por humildad y lo conserve con humildad y lo agradezca con humildad, sin tener ninguna repunta de confianza, ni en su manera de ejercicios, ni en cosa que sea suya. 
 

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