Viernes, 19 de julio de 2019

Religión en Libertad

El demonio y sus leyes


por Pedro Trevijano

Opinión

En una reunión de un grupo apostólico ha surgido la siguiente pregunta: ¿sigue habiendo casos de posesión diabólica? Personalmente, después de mi experiencia el verano pasado en Medjugorje, sobre la que escribí en ReL, no me cabe la menor duda de la existencia de las posesiones, confirmada por otra parte por los evangelios. Hoy todas las diócesis importantes tienen sus exorcistas. En Roma, por ejemplo, hay cuatro, y no les falta trabajo.

Y es que el hecho de que estemos prescindiendo o renunciado a Cristo en tantos lugares ha tenido como resultado que el puesto que ha quedado vacío de Cristo no queda libre, sino que es ocupado por Satanás y en consecuencia, ante el abandono de la fe, el número de personas que se entregan a prácticas ocultistas, espiritistas o mágicas ha crecido exponencialmente, quedando así la puerta abierta para las intervenciones diabólicas, lo que permite a Satanás actuar mucho más abiertamente. Y es que no hay vía de en medio: o somos de Cristo o somos de Satanás. El mal y el Demonio existen y son una terrible realidad. Como afirmó San Pablo VI el 29 de junio de 1972: “Se sale del marco de la enseñanza bíblica y eclesiástica aquel que se niega a reconocer como existente esa terrible realidad”.

Según el Padre Amorth, el más conocido exorcista de fines del siglo pasado y comienzos de éste, y maestro de muchos de los exorcistas actuales, el Diablo intenta seducirnos y engañarnos con sus tres grandes leyes o principios: “Haz aquello que quieras, no debes obedecer a nadie, sé tu propio dios”.

El primer principio intenta aparentemente conceder una plena libertad a sus secuaces; se trata de una libertad sin límites ni frenos que en realidad nos hace esclavos de nuestras pasiones y suprime nuestra libertad y responsabilidad. La base del satanismo es la libertad desenfrenada que nos conduce a la esclavitud. No olvidemos además que Satanás, al contrario de Dios, que nos ha creado como personas libres y respeta nuestra libertad, no nos quiere como seres libres, sino como esclavos, aunque finja lo contrario como mentiroso que es.

El segundo principio anula el ejercicio de la autoridad, por lo que la persona se siente autorizada a no obedecer ni hacer caso a sus padres, a la Iglesia, al Estado o a cualquier otro que intente, incluso en nombre del bien común, reconducirle.

El tercero niega todas las verdades que vienen directamente de Dios: el cielo, el infierno, el juicio, el purgatorio, los diez mandamientos, María, etc. Además, hoy en día muchos poderosos de este mundo están al servicio de Satanás y se han propuesto destruir la fe, la vida, el matrimonio, la familia y los valores humanos y cristianos, hasta el punto que defender en la actualidad la ortodoxia bíblica del cristianismo en materia sexual se considera por muchos una intolerancia inadmisible.

Es evidente que si queremos evitar a las personas, y muy especialmente a los jóvenes, el tener una perspectiva de vida teórica y prácticamente tan destructora, hay que educar ya desde niños a una vida de fe y de amor donde la oración, la Misa, los sacramentos, el sentido de Dios, la existencia del pecado y del diablo creen los anticuerpos necesarios para evitar que caigan en las redes o prácticas satánicas. Especialmente importante es el sacramento de la Penitencia en la lucha contra el pecado y el Maligno, que es un sacramento que nos devuelve y aumenta la gracia, mientras las oraciones de liberación e incluso el exorcismo no pasan de ser sacramentales. Hemos de defender la objetividad de los principios morales, de la Ley Natural y muy especialmente saber distinguir la Verdad de la Mentira, y el Bien del Mal. Pero, sobre todo, si queremos sanar nuestra sociedad, hemos de volver a sanar nuestras familias, haciendo que vuelvan a ser pequeñas Iglesias domésticas, donde se vive y se transmite la fe, y no como sucede en tantos casos actualmente, donde la oración es algo totalmente ignorado. Los esposos cristianos tienen ante sí un deber mutuo de santificación, de recíproca asistencia espiritual y de educación de los hijos, lo que implica buscar juntos a Dios. La fe se expresa en la oración, especialmente en la oración familiar y en el comportamiento de cada día. Ante familias así, de verdad cristianas, que viven el Evangelio, Satanás no tiene nada que hacer.

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