Martes, 29 de septiembre de 2020

Religión en Libertad

El hombre que transformó Jerusalén, Atenas y Roma


por Antonio R. Rubio Plo

Opinión

Fariseo, hijo de fariseos, pero también ciudadano romano nacido en Tarso. Ese es Saulo o Pablo, y en su interior convive la mezcla de culturas del Mediterráneo oriental del siglo I. Judaísmo y helenismo son los rasgos que marcan a un hombre que ostenta la ciudadanía del imperio.

En los últimos dos siglos, sobre todo en tierras alemanas, algunos llegaron a atribuirle la categoría de inventor del cristianismo e incluso abogaron por el retorno al auténtico Jesús que, como Sócrates, no había escrito nada. Pero cuestionar a Pablo implica desdibujar a Cristo, convertirle en un oscuro predicador heterodoxo y con escasa repercusión fuera de los límites de Israel. Sin embargo, el evangelista Lucas, discípulo de Pablo, es muy claro al exponer, después de la Resurrección, las palabras de Jesús: «Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén» (Lc 24, 46-47).  En efecto, Pablo comienza por Jerusalén, recorre el mundo helenístico y termina su viaje en la Roma imperial.  Gracias a Pablo, el cristianismo transformó profundamente la naturaleza de estas ciudades y culturas.

Jerusalén, capital de la religión y la nación judías, es la expresión de un culto milenario que ha desembocado en una religión de preceptos en la que el hombre parece obligado a alcanzar la salvación por el propio esfuerzo. El resultado es una ley sin amor, y explica el reproche del profeta Isaías a un pueblo que honra a Dios con sus labios, aunque su corazón está lejos de Él (Is 29, 13). La rutina ha invadido la religión judaica y ha hecho enmudecer las exhortaciones al arrepentimiento y la penitencia, transmitidas por los profetas. Los saduceos se han acomodado a la ocupación romana y cuestionan toda trascendencia, y los fariseos creen haber alcanzado la pureza religiosa con una estricta observancia. No es extraño que el joven Saulo persiga a los discípulos de Jesús a sangre y fuego, al considerar que está en juego el futuro de la religión. Solamente, tras su conversión, comprenderá que Cristo es el cumplimiento de las promesas de Dios, que no ha venido a abolir la ley y los profetas, sino a darles plenitud. No consigue convencer de esto a muchos judíos y terminará por dirigirse a los gentiles, sin dejar de subrayar que Dios no ha rechazado a su pueblo, pues los dones y la llamada de Dios son irrevocables (Rom 11, 1, 29).

Pablo proclama el Evangelio en Asia Menor y habría permanecido en aquella región si no hubiera tenido un extraño sueño: el de un macedonio que le suplicaba que pasara a ayudarles (Hch 16,9). El apóstol pasa a Grecia y evangeliza en Filipos, Tesalónica y Corinto, y también en Atenas, donde pronuncia su discurso en el areópago partiendo de la existencia de una inscripción dedicada al Dios desconocido. Manifiesta a ese Dios con la cita de «somos linaje suyo», atribuida al poeta Arato de Cilicia, pero se encuentra con el rechazo de los epicúreos, similar al de los saduceos, cuando anuncia a un hombre resucitado de entre los muertos. Se diría que en Atenas había que elegir entre los estoicos y los epicúreos, entre la resignación y el placer para escapar de las angustias de la vida. El mundo heleno había renunciado al anhelo de salvación presente en otros tiempos. No escuchaba una voz interior, como Sócrates, ni suscribía la afirmación de Antígona de que no estaba hecha para compartir el odio sino el amor. Pablo, en cambio, les proclama un mensaje universal, en el que no hay  judío ni griego […] porque todos son uno en Cristo Jesús (Gal 3,28).

La ciudadanía universal

Pablo llega a Roma en la primavera del año 61 y viene cargado de cadenas, pero son las cadenas de un ciudadano romano que apeló libremente al tribunal del César para escapar de las maquinaciones de los dirigentes judíos, y se siente orgulloso de su ciudadanía. El Imperio romano aparenta entonces ser un ejemplo de organización administrativa, y el derecho, que marca la diferencia con las arbitrariedades de los imperios orientales, pretende regir un edificio imponente, y de cuya grandeza dan también testimonio las obras públicas, que se alzan a lo largo de las tierras dominadas. Sin embargo, en el siglo I el legado de las instituciones republicanas y las tradicionales virtudes romanas se desvanece. El culto a los emperadores ha ido transformando el Gobierno de Roma en lo más parecido a una tiranía oriental, que envilece al pueblo con panem et circenses. Pero la filosofía estoica, representada por Séneca o Marco Aurelio, tampoco salvará a Roma porque es un credo minoritario. A Roma la salvará, en cambio, la ciudadanía universal proclamada por Pablo y el hecho de que Pedro establezca allí la Iglesia. El Cristo de los apóstoles se hizo romano al ungir a Roma con su sello y comprarla con su sangre.

Publicado en Alfa y Omega.

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