Jueves, 23 de septiembre de 2021

Religión en Libertad

Cristianismo e inmigración: ante la religión de la humanidad

Inmigrantes en una patera.
Algunos miembros de la Iglesia identifican el mensaje cristiano sobre la inmigración con los dogmas mundanos de la "religión de la humanidad". Foto: Ansa.

por Pierre Manent

Opinión

Desde hace muchos años se ha establecido una especie de síntesis, o de cortocircuito, en la opinión pública, especialmente en la cristiana, entre «mensaje cristiano» y «acogida de inmigrantes». Como si la acogida de los inmigrantes resumiera la exigencia y la urgencia del mensaje cristiano hoy. Como si «ser cristiano hoy en día» encontrara su piedra de toque en la acogida, si no incondicional, al menos lo más amplia posible de los inmigrantes. Me gustaría preguntarme sobre la validez de esta perspectiva.

En primer lugar, haré unas rápidas observaciones sobre las migraciones. La opinión dominante, la que rige a los gobernantes, sostiene que se trata de un problema fundamental, si no exclusivamente moral, que la acogida de los inmigrantes es un imperativo categórico, eventualmente matizado por las posibilidades limitadas de los países de acogida. Aplicando este punto de vista sabemos lo que constituye una buena acción, o una buena actuación, y el debate sólo puede centrarse legítimamente en la valoración de las circunstancias. Sin embargo, esta perspectiva enfáticamente moral se basa en un presupuesto político que rara vez se cuestiona, a saber, que las migraciones constituyen el principal fenómeno de la época, el fenómeno más significativo, y en relación con el cual deben ser considerados todos los demás. Este es el argumento subyacente al Pacto de Marrakech.

¿Evidencia moral o postulado político?

Ahora bien, los migrantes constituyen un pequeño porcentaje de la población mundial, que sigue viviendo principalmente en Estados constituidos. Cualesquiera que sean las necesidades y los deseos específicos de los migrantes, todavía no se ha dado ninguna razón seria para subordinar a ellos por principio las necesidades y los deseos de las poblaciones no inmigrantes, que no son necesariamente menos necesitadas.

Al presionar a los Estados para que hagan todo lo posible por facilitar los movimientos migratorios, se priva inmediatamente a los cuerpos políticos de esa parte esencial de su legitimidad que consiste en determinar libremente las condiciones de acceso a su territorio y a la ciudadanía. Al instarles incluso a controlar cómo hablan sus ciudadanos sobre las migraciones, se pretende arrogarse el derecho de regular la conversación pública en todos los países del mundo. Así, en nombre de una evidencia moral que no es más que un postulado político arbitrario, se debilita la legitimidad y, en consecuencia, la estabilidad de los Estados constituidos, sobre todo de aquellos que son más sensibles a este argumento, es decir, los países democráticos que reciben actualmente a un gran número de migrantes y son, de lejos, los más activos a la hora de prestarles asistencia.

Nuestras democracias proporcionan una paz, una libertad e incluso una convivencia que siguen siendo envidiables para poblaciones numerosas cuyas condiciones sociales, educación, religión, opiniones y estilos de vida son muy variados. Esta capacidad de asociación, fruto de grandes esfuerzos a lo largo una larga historia, no es ilimitada. Nadie sabe hasta qué punto un cuerpo político puede aceptar una creciente heterogeneidad sin romperse. Además, no se trata sólo de una cuestión de «autoconservación», de defender lo propio, por muy legítima que sea esta preocupación, se trata de preservar y, si es posible, mejorar las condiciones de un «bien vivir», y en primer lugar de una educación común.

Primacía de la ciudadanía

Los propios inmigrantes no son una excepción a esta primacía de la ciudadanía. Eran ciudadanos activos en el país que dejaron. Lo más frecuente es que conserven los derechos de ciudadanía o nacionalidad. Han recibido una educación más o menos completa, una formación humana, en definitiva, una forma de vida. Es por lo tanto una visión muy superficial considerar las migraciones desde el punto de vista exclusivamente humanitario, y a los migrantes simplemente como «semejantes». Ciertamente, los migrantes son nuestros semejantes y estamos obligados, si están en peligro, a socorrerlos según los medios a nuestra disposición. Pero son también ciudadanos a los que se les han inculcado normas sociales o religiosas, que a veces pueden ser directamente contrarias a nuestros principios de justicia.

El deber de ayudar al migrante en peligro aquí y ahora no incluye en modo alguno el deber de facilitar su migración, y menos aún el de convertirlo en conciudadano. Todo esto depende de una gran variedad de consideraciones y, en última instancia, de un juicio que no es moral, sino político, o más bien un juicio ético en el viejo sentido de la palabra, es decir, un juicio prudencial en el que el bien común de la comunidad de ciudadanos es el criterio principal, aunque no exclusivo.

¿Qué «mensaje cristiano»?

Llego al segundo punto. ¿A qué nos referimos exactamente, o qué queremos decir, cuando hablamos del «mensaje cristiano»? La respuesta es tanto más difícil cuanto que en el curso de una larga historia la propuesta cristiana ha encontrado expresiones muy diversas según la evolución de la Iglesia, del mundo y de las interacciones entre la Iglesia y el mundo. En concreto, parece que las modalidades de la propuesta cristiana son muy diferentes según la Iglesia esté en una posición de mando o autoridad, como ocurrió durante gran parte de la historia europea, o en una posición de marginalidad o subordinación, como lo está hoy. Empezaré por ahí.

Constantemente encontramos entre nosotros vestigios, restos o signos de la posición antaño central y dominante de la Iglesia, pero si vemos las cosas como son, parece que la Iglesia es cada vez más empujada a los márgenes de las sociedades europeas, incluida la francesa.

La institución eclesial, y los católicos en general, hace tiempo que se han acostumbrado a esta condición disminuida, pero al precio de una dificultad creciente para plantear la propuesta cristiana. ¿Cómo hacer oír la amplitud y la importancia del llamamiento que dirige a la humanidad sin abandonar la modestia a la que le obliga su situación actual? Esta propuesta se dirige a todos los hombres, concierne a toda la humanidad, y la misión de los cristianos es llevar a cabo esta llamada. Ahora bien, si la Iglesia, a través de su liturgia y sus sacramentos, sigue cumpliendo esta misión para sus miembros activos, ya no sabe cómo formularla en el espacio público.

En efecto, el Estado soberano ha ido imponiendo progresivamente su punto de vista a todos los participantes en la vida común, incluida la Iglesia. Desde el punto de vista del Estado, la fe cristiana es una opinión más entre otras muchas, cuya libertad garantiza, pero que no merece ninguna consideración especial, como le deja muy claro cada vez que la Iglesia interviene en el espacio público. Pero si la Iglesia hoy no reclama ninguna consideración especial, no puede renunciar a su razón de ser. ¿Cómo dirigirse a la humanidad, y en primer lugar a todos los miembros del cuerpo cívico, cuando una interpretación cada vez más rigorista de la laicidad lleva al Estado a ejercer una vigilancia cada vez más puntillosa sobre cualquier expresión pública que pueda vincularse a la religión?

Por eso es una gran tentación en la Iglesia buscar la aprobación del público y la conservación de su audiencia vinculando su propio anuncio a la opinión imperante hoy, confundiendo el anuncio cristiano con esa «religión de la humanidad» predominante en Europa y América, reduciendo la caridad a ese «sentimiento del prójimo» en el que ya Tocqueville vio el resorte psíquico más profundo y poderoso de la democracia moderna.

Es una tentación, porque, como todas las tentaciones, es fácil y es una mentira. En efecto, la religión de la humanidad anuncia una familia humana virtualmente unida y sanada, nos invita a percibir, bajo las separaciones aún virulentas, la presencia de una humanidad sin divisiones ni separaciones, una humanidad donde sería inmediatamente visible y sensible la semejanza de los hombres bajo sus diferencias.

Se comprende la atracción que ejerce una perspectiva que promete la unificación de la humanidad mediante el contagio de un sentimiento agradable. Se debe señalar también su coste. Una vez arraigado, este punto de vista implica un desistimiento de todas nuestras aspiraciones, una renuncia de principio a todas nuestras acciones comunes, ya que no puede haber aspiración ni acciones comunes sin un esfuerzo por distinguirnos de los que no comparten esa aspiración ni son parte de esas acciones comunes. Una humanidad que pretende unirse por el contagio del sentimiento del prójimo es una humanidad que ha renunciado a actuar, ya que, cuando actuamos, como explica Rousseau, debemos «considerar las diferencias que encontramos en los usos y costumbres de unos y otros».

La religión de la humanidad

A los ojos del cristiano en particular, la religión de la humanidad es superficial porque no concibe la profundidad de lo que separa a los hombres y donde se arraiga su enemistad: ¿cómo imaginar que encontrarán la sanación de sus divisiones en este sentimiento de simpatía que, reducido a sí mismo, tiene poca fuerza y constancia? Además, debido a que la capacidad humana de simpatía es naturalmente limitada, la compasión se prolonga, se extiende y se distorsiona en proyectos políticos que introducen nuevas divisiones al buscar nuevos enemigos. ¿Cómo no ver la pasión política e ideológica que hay detrás del proyecto de un mundo «sin fronteras» que se presenta como la conclusión necesaria de la toma de conciencia de la semejanza humana?

La propuesta humanitaria es difícil de rechazar porque postula que basta con que todos se hagan sensibles a la evidencia de la semejanza humana para conseguir la justicia. La propuesta cristiana es difícil de aceptar porque afirma que todos los seres humanos son prisioneros de una injusticia de la que no pueden escapar por sus propias fuerzas, y que para salir de ella deben aceptar la mediación de Cristo, que es a la vez hombre y Dios, mediación de la que la Iglesia es a su vez mediadora. En efecto, son muchas mediaciones cuando la religión de la humanidad propone el sentimiento inmediato de la semejanza humana, pero la propuesta cristiana abre un camino de perfección incomparablemente más instructivo y exigente, ya que su fin es Dios mismo del que todo ser humano es imagen.

Sería injusto subestimar las virtudes y los efectos positivos de la compasión humanitaria. De hecho, los gestos de caridad son en cierta medida los mismos que los de compasión. Pero frente a los fabulosos poderes concedidos a la compasión, frente precisamente a esta religión de la compasión que ha establecido su autoridad entre nosotros, es importante subrayar sus límites. Los cristianos perderían el sentido y la intención de su fe si ya no pudieran distinguir entre compasión y caridad.

Fascinación por el «migrante»

Así, tras haber esbozado una perspectiva política de las migraciones, tengo que poner el acento sobre la especificidad del mensaje cristiano. Ambos enfoques, por diferentes caminos, pretenden librarnos del vértigo que nos invade a muchos de nosotros, cristianos o no. De un vértigo o una fascinación, la fascinación del «migrante», figura que resume la humanidad porque es la pérdida de lo humano, como decía Marx del proletariado, figura crística que tiende a ocupar el lugar de Cristo como objeto de la intención, si no de la fe, de los cristianos.

Ahora bien, la atracción, el hechizo por la figura del migrante en una parte de la opinión pública encuentra inevitablemente su contrapartida en otra parte de esa opinión pública, en forma de un rechazo más o menos vehemente de los migrantes, de modo que la aceptación o el rechazo de los migrantes tiende a constituir en nuestros países el motivo más poderoso de las divisiones políticas y morales. He tratado de sugerir que las migraciones no nos obligan en absoluto a modificar el carácter de nuestro régimen político ni el significado y los criterios de la religión cristiana. Sin embargo, si las migraciones no cambian fundamentalmente la condición política de los hombres, ejercen una presión sobre nuestros países que, de hecho, afecta íntimamente tanto a nuestro régimen político como, me atrevo a decir, a nuestro régimen religioso.

Esta presión es a la vez la causa y el efecto del progreso asombrosamente rápido de esta «religión de la humanidad» que transforma profundamente las condiciones de nuestra vida en común. Esta nueva religión política ha deslegitimado nuestra república representativa al imponer la idea de que hay algo radicalmente injusto en una comunidad de ciudadanos que se gobiernan a sí mismos, porque al hacerlo se separan del resto de los hombres y excluyen así a todos los que no forman parte de ella. Por muy democrática que pretenda ser, nuestra comunidad de ciudadanos es juzgada como radicalmente injusta desde el momento en que los derechos que otorga a sus miembros no se conceden a todos los hombres que los piden o reclaman. La única regla justa es la que se aplica al hombre en general.

Es según esta misma lógica que la religión de la humanidad ha tendido a deslegitimar la religión cristiana, que, como comunidad que comparte sus propios objetos de fe, criterios de juicio y forma de vida, se separa del resto de la humanidad. De hecho, cualquier comunidad de acción o educación, en definitiva, casi todo lo que la humanidad ha sido capaz de producir, queda deslegitimado por la religión de la humanidad, que sólo quiere ver semejanzas donde los hombres han creado grandes cosas diferentes.

La dificultad, uno está tentado de decir la perversidad, de nuestra situación, se concentra en la relación entre migraciones y religión de la humanidad. Esta última nos manda abrirnos a los migrantes sin pedirle nada a cambio, y en cualquier caso no que se abran a la forma de vida que es la nuestra. Sin embargo, ¿no somos nosotros «los otros» para ellos? En realidad, no se trata de una cuestión de igualdad o de semejanza humana. El encuentro al que somos invitados es el de un presunto inocente con un presunto culpable; está ordenado por una desigualdad moral de principio. Es que la religión de la humanidad no ha sido producida por la humanidad reunida, sino por el viejo cristianismo, cansado de sí mismo o vuelto contra sí mismo. El humanitarismo no es solo un cristianismo que se ha vuelto soso: hay, en la raíz de la religión de la humanidad que se ha apoderado de Europa, una enemistad y un resentimiento específicamente dirigidos contra la religión cristiana. Este estado de cosas concierne tanto a los cristianos como a los no cristianos, ya que, mientras que el cristianismo parece retirarse de la vida europea, otra religión se ha apoderado de las conciencias de los europeos para privarles del derecho a gobernarse y a conservar una forma de vida que les es propia. Mientras Europa se empeña en borrar los últimos vestigios de cristianismo, nada impide ya que desaparezca en una humanidad sin forma ni vocación.

Publicado en La Nef y traducido por Infovaticana.

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