Martes, 19 de noviembre de 2019

Religión en Libertad

El ejemplo de los padres


por Pedro Trevijano

Opinión

En un mensaje de la Virgen de Medjugorje leo: “Enseñad a vuestros hijos, porque si no sois un ejemplo para ellos, los niños no buscarán el bien” (25-8-1996).

Ahora bien, ¿cómo realizar esto? Una joven me lo explicó claramente: “Yo, en la vida, lo tengo muy claro. Quisiera ser como mis padres. Han formado una hermosa familia, son profundamente cristianos y se quieren entrañablemente”. Todo niño tiene derecho a tener un padre y una madre que se amen y le amen profundamente. Necesita no sólo que le den vida, sino también que le quieran, pues el papel de la familia en el nuevo ser humano es fundamental, y el niño crece mejor en una familia que se quiera y esté unida por el vínculo permanente del matrimonio. El matrimonio y la familia están fundados sobre la monogamia, y los hijos sufren cuando se producen rupturas familiares. El hogar familiar estable es el mejor ámbito para la acogida de los hijos, pues les da seguridad afectiva y aprenden experimentalmente lo que es el amor, pues allí es donde primero lo recibimos, gracias a los padres, ejemplo y guía para cada uno de nosotros, y donde también lo damos por primera vez.

El papel de la madre, normalmente llena de generosidad y entrega, resalta en la vida familiar. Me comentaba un marido sobre su esposa: “Acompañé al médico a mi mujer embarazada. Vi que la única preocupación de mi mujer era su hijo. Lo que le pasase a ella, le importaba un bledo”. Pero tampoco conviene olvidar ni minusvalorar el papel del padre, que aunque con características diversas y complementarias, es también imprescindible para el correcto desarrollo de los hijos. Con frecuencia el problema en muchas familias es la escasa o nula presencia de los padres, con frecuencia demasiado absortos en el trabajo, mientras que los hijos a menudo necesitan que su padre pueda dedicarles tiempo. Los hijos necesitan tiempo para ser escuchados, para dialogar, para fortalecer la relación y también, ¿por qué no?, para la oración, pues “familia que reza unida, permanece unida”.

El niño viene al mundo a realizarse como persona. La educación debe ser un gesto de amor que le ayude a desarrollar la personalidad. Los padres tienen la tarea de educar a sus hijos para que perseveren en el bien. Nuestra libertad debe ir madurando, para que sea una libertad responsable, no una mera libertad de decidir, sino una libertad que quiere dar sentido a sus acciones. La familia tiene una función social, por lo que no es legítimo llamar familia a cualquier asociación, si ésta no favorece el proceso de personalización, tanto más cuanto que a todo manipulador le estorba la familia e intenta sustituirla con falsos sucedáneos. Desarrollarse y madurar significa superar los límites del egocentrismo. La religión ayuda a perseverar en el bien, abriéndonos a la trascendencia y a buscar la salvación eterna. No nos olvidemos además de que el mandamiento fundamental cristiano es el del amor. Es muy importante también saber dar paso al perdón, pues “saber perdonar y sentirse perdonados es una experiencia fundamental en la vida familiar” (Papa Francisco, exhortación apostólica Amoris Laetitia, nº 236).

Una educación cristiana debe ante todo procurar transmitir la fe. Para ello es necesario vivir una vida cristiana. Si mi vida cristiana vale casi nada, está claro que no lograré transmitir la fe. Pero si mi vida está llena de Cristo, es indudable que lograré más fácilmente hacerlo. Y en todo caso al verdadero cristiano le queda el recurso de la oración.

Supongo que todos nosotros hemos admirado el ejemplo de Santa Mónica, que por veinte años rezó por la conversión de su hijo San Agustín. Pero a mí me impactó más cuando alguien me hizo notar que si Dios le hubiese concedido pronto la conversión de su hijo, entonces probablemente hubiésemos tenido un San Agustín, pero no una Santa Mónica. Por cierto he conocido un caso, el de Patrick, el canadiense de Medjugorje, cuya madre rezó durante treinta y ocho años por la conversión de su hijo. Y es que aunque los tiempos de Dios no son nuestros tiempos, la oración perseverante es muy poderosa.

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