Viernes, 27 de noviembre de 2020

Religión en Libertad

Maternidad y paternidad


por Josep Miró i Ardèvol

Opinión

Lo más decisivo en la vida de cualquier persona es ser madre o padre. La maternidad comporta una transformación profunda íntimamente sentida. La paternidad es un cambio que se aprende, y en esta sabiduría surge su sentido. La esencia común a ambas es una actitud de desposeimiento en favor de los hijos. Esta es la clave de la humanidad y de la realización personal: el desposeimiento, en mayor o menor grado, mediante la donación. Esta es la fuente primigenia de toda filantropía, la virtud de procurar el bien de las personas desinteresadamente, incluso a costa del interés propio.

El desposeimiento de los padres en relación con los hijos constituye una especie de ley universal. Una ley natural que atraviesa países, tiempos y culturas y que acerca el ser humano a Dios. El gran teólogo Hans Urs von Balthasar explica que el desposeimiento es lo que nos permite entrever la unicidad de Dios en la Trinidad cristiana. Cada una de las tres personas se desposee de manera absoluta en las otras dos haciéndose una. Por eso Jesús puede decir “quien me ve a mí ve al Padre”, porque el Padre está en Él, de la misma manera que Él está en el Padre. Esta es la causa de que el desposeimiento sea una condición esencial del cristianismo, una de las constantes en los Evangelios, que narran los actos y palabras de Jesús, y señala la exigencia cristiana. Es el tensor que atrae lo humano hacia su horizonte de sentido. Ese hacia donde ir, que se realiza al final de la vida si se alcanza la unión con Dios.

Desposeerse en favor del otro es un acto excepcional, pero que se vuelve cotidiano, natural, asumible –cada vez menos– por la vía de la paternidad y la maternidad. Las personas que no pueden ejercer esta maternidad y paternidad carnal la profesan mediante un desposeimiento espiritual. Las órdenes religiosas son el ejemplo más compartido, pero hay muchos otros ejercicios individuales de entrega a un servicio. Un personaje como Cambó, tan aparentemente alejado de una forma de vida desinteresada, explica en sus Memorias que su compromiso con una forma de entender y realizar Cataluña le llevó a descartar el matrimonio, y de esta manera consagrarse por entero a su causa.

Pero todo esto son singularidades más o menos numerosas. La paternidad y la maternidad son la forma intuitiva de alcanzar la realización mediante la donación de uno mismo al alcance de la inmensa mayoría de las personas, superando así la pulsión del egoísmo innato. Tener hijos significa condicionar nuestro presente a su futuro, frenando la búsqueda de la inmediatez de la satisfacción, estimulando un comportamiento altruista, que no es perfecto, como todo lo humano, pero que está al alcance de muchos para intentar lograr la plenitud de vida. A la vez, la familia así formada beneficia a la sociedad. Sus funciones valiosas son insustituibles porque es capaz de generar por sí misma y con la mayor eficiencia la población y el capital moral, social y humano, primigenio, sin aportes de otras instituciones y personas. Por medio de estos factores incide de manera inmediata y mediata sobre la prosperidad y el bienestar.

Desposeerse en los hijos significa asumir que no habrá contrapartida por su parte, con la esperanza, sin certeza, de que se dé una determinada reciprocidad. Y los hijos deben sentir el deber de que tal esperanza se haga efectiva. La dificultad radica en que los padres no pueden educarlos en el deber de la reciprocidad, porque sería el fin de su entrega, convertida en un do ut des, te doy para que me des, que destruye la donación. Pero entonces ¿cómo conseguir que tal deber florezca? Los padres, educando a los hijos en la filantropía del servicio a la comunidad. La sociedad, manteniendo una sólida cultura del deber filial.

La creciente carencia de ambas condiciones explica el declive de la paternidad y la maternidad en nuestra sociedad, lo que hace imposible por razones vinculadas a la anomia que dicha sociedad proporcione el bienestar y la prosperidad necesarios.

La pandemia, con su agudo efecto estresante, acentúa también esta crisis, que tiene su origen en la cultura de la desvinculación, basada en la pretensión de que la reali­zación personal, el disfrute de la vida, solo se alcanza mediante la inmediata satisfacción del deseo, por encima de todo vínculo, com­promiso, deber o norma.

La impotencia de los gobiernos para evitar el desbordamiento habitual del ocio nocturno, ahora necesariamente restringido por razones de salud pública, es una muestra de las consecuencias de la debilidad de la filantrópía originada en la familia, y que una sociedad buena debería amplificar. Por el contrario, nuestra sociedad desvinculada estigmatiza la paternidad y menosprecia la maternidad, incluida la vocación del cuidar.

Así, no hay salida.

Publicado en La Vanguardia.

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