Viernes, 13 de diciembre de 2019

Religión en Libertad

El mejor colegio (católico) del mundo


por Nacho Calderón

Opinión

Cualquier colegio tiene como objetivo formar a sus alumnos: enseñar, dotar de habilidades cognitivas y físicas y colaborar en la educación que llevan a cabo los padres.

Hay, entre todas las posibles, unas medidas objetivas que en España –como en muchos otros países– parecen tener especial relevancia: el porcentaje de aprobados en la prueba de acceso a la universidad, la nota media obtenida por el conjunto de los alumnos presentados a esta prueba  y la cantidad de exámenes internacionales de inglés que aprueban sus alumnos.

A priori, cuantos más alumnos aprueben la mencionada prueba, cuanto mejor sea la media de sus notas, y cuantos más exámenes de inglés aprueben sus alumnos, mejor será el colegio.

Cualquier colegio tiene estos datos en el frontispicio de su publicidad, bien sea en su página web, en los folletos o en las presentaciones que hace a los padres de sus alumnos: hay que mantener a los clientes contentos (y hoy en día son mayoría los padres que fijan su interés máximo en esos datos).

Para conseguir esos objetivos da igual que el colegio sea de carácter religioso o aconfesional.

¿Qué aportan entonces los colegios católicos hoy en día? Muchos padres me dicen que buscan un colegio que “comparta nuestros valores humanos”. Pero lo fundamental es lograr que los alumnos puedan optar a la educación superior de mayor calidad y con el máximo de opciones posibles. En otras palabras: que saquen la mejor nota posible en las pruebas de acceso a la universidad y que sepan mucho inglés (gramática en realidad). Lo demás es considerado (muy) secundario.

Siendo esta la situación, hace varios años me llegó una información que me ha dado bastante que pensar. Me comentaron que un sacerdote de Madrid desea abrir un colegio (¿otro?) con un objetivo principal distinto al planteado hasta ahora.

Su deseo es abrir un colegio en el que todos sus alumnos lleguen a ser santos. Este objetivo marcaría la actividad de todo el colegio.

La propuesta inicialmente me sorprendió. Pero… ¡ no está nada mal!

Enseguida pensé que, en realidad, ese debería ser el objetivo prioritario de cualquier colegio de titularidad católica, porque conseguir una nota muy alta en la prueba de acceso a la universidad o que los alumnos aprendan mucha gramática inglesa lo puede conseguir cualquier colegio, pero que sus alumnos lleguen a ser santos… eso solo es competencia de los católicos.

Además, creo que si algo falta en nuestra sociedad no son ingenieros, médicos, arquitectos y físicos (por nombrar las profesiones de prestigio), ni tampoco maestros, enfermeros, psicólogos, logopedas, etc. (por nombrar a algunas de las muchas que no tienen el prestigio merecido). Nuestra sociedad adolece de santos. Y si los colegios católicos no tienen ese objetivo como absolutamente prioritario, pues ya me contará usted quién va a luchar por ello.

Por otro lado, no es en absoluto incompatible con el objetivo mencionado anteriormente. Más aún, es evidente que hay una relación directa. Recordemos que para alcanzar la santidad se debe demostrar en primer lugar que se han vivido las virtudes humanas en grado heroico. Así que si queremos que los alumnos sean santos tendrán que llegar a la heroicidad en los estudios (luego sacarán la nota que puedan, ese dato concreto será secundario). Pero en el sentido contrario no funciona. Sacar la mejor nota del mundo o saber mucha gramática inglesa no te hace santo. Peor aún, si lo consigues con la intención equivocada resta puntos (destacar frente a los demás, ser admirado, recibir premios, poder estudiar una carrera con la que después gane mucha pasta, etc.).

Soy consciente de que si se alcanza la esperanza de vida en la España actual, el colegio sólo habrá supuesto el 15% de su tiempo, y por tanto, los alumnos tendrán tiempo más que suficiente como para “perder” toda la santidad que podían haber logrado en sus años escolares, pero si los colegios pusieran la santidad como objetivo prioritario, estoy seguro que un porcentaje significativo de sus “ex alumnos” lucharían por serlo a lo largo de toda su vida.

Hoy solo luchan por ser profesionales con un buen sustento salarial y prestigio social. ¡Ah! y por no depender económicamente más que de sí mismos.

Estoy convencido de que no hace falta abrir un nuevo colegio cuyo objetivo primero y fundamental sea que todos sus alumnos sean santos. Lo que hace falta es que algún colegio de titularidad católica de los muchos que ya existen se lo plantee. Cuantos más mejor. Pero si hubiera uno, solo uno, ya sería un logro impresionante.

Por si algún directivo –o algún capellán– de algún colegio quiere asumir el reto, permítame humildemente proponerle una idea. Una de las medidas más eficaces, más directas para acercarnos a vivir en el Corazón de Jesús es la adoración al Santísimo Sacramento. Cualquiera que tenga el privilegio de pasar una hora a la semana de adoración frente al Santísimo le podrá decir cómo el Señor aprovecha esa hora para colmar y rebosar de gracias el corazón del adorador. Si en los colegios hubiera diariamente adoración al Santísimo Sacramento desde la hora de apertura hasta la hora de finalización de las clases, de lunes a viernes, la vida de los alumnos, de los profesores, de los cocineros, del personal de limpieza y de los directivos, de los padres y de muchos de los abuelos de esos alumnos cambiaría en manera y grado que hoy no podemos sospechar.

Soy plenamente consciente de la dificultad que implica poner en marcha una adoración al Santísimo cuasi permanente. Si el horario del colegio es de 9:00 a 17:00 horas, son 8 horas diarias, lo que implica que cuarenta personas deben comprometerse a estar una hora semanal ante el santísimo en un horario muy estricto. Si se quisiera hacer turnos de media hora, tendrían que ser 80 las personas que adquirieran el compromiso semanal. Muy difícil. Pero ¿alguien se atreve a decir “no merece la pena”?

Considerando la dificultad me atrevo a proponer comenzar los jueves –día eucarístico– en la última hora lectiva, de 16:00 a 17:00 por ejemplo, e ir aumentando días y horas según van surgiendo personas que comprenden que la Adoración al Santísimo no es un lujo sino una necesidad.

¿Se imaginan cómo cambiaría un colegio si la mayor preocupación de los profesores, de la dirección y de los padres fuera conseguir que todos llegaran a ser santos (naturalmente, ellos inclusive), en lugar de la dichosa nota en las pruebas de acceso a la universidad?

¿Se imagina cómo cambiaría la capacidad de motivación de esos profesores hacia el aprendizaje y el estudio?

Yo no. No puedo ni imaginármelo.

Por supuesto, esta solo es una idea. Si la dirección de un colegio se planteara seriamente proponerse que sus alumnos llegaran a ser santos, tendría que poner en marcha decenas de medidas de manera diaria. Es muy difícil, pero insisto en la pregunta: ¿alguien se atreve a decir “no merece la pena”?

Un último apunte: si un colegio quiere fijar su prioridad en lograr que todos sus alumnos sean santos, inmediatamente se percataría que la santidad no entiende de “capacidades”. Todos estamos llamados a ser santos y todos, absolutamente todos podemos llegar a serlo, tengamos altas capacidades o tengamos “discapacidad”.

Si un colegio realmente considera la santidad de sus alumnos como la prioridad mayor, sería un colegio incluyente, no discriminativo. Solo si el colegio es inclusivo podemos plantear que realmente desea que sus alumnos sean santos.

Solo un colegio incluyente puede plantearse llegar a ser el mejor colegio (católico) del mundo.

Publicado en el blog del autor, Educarconsentido.

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