Miércoles, 04 de agosto de 2021

Religión en Libertad

Cada vez somos más pobres


Con ese sueldo único y a pesar de las quiebras que apenas señalo, pude sacar adelante una familia de diez personas

por Vicente Alejandro Guillamón

Opinión

La prueba de que cada vez los españoles somos más pobres, la obtengo yo de mi vida laboral, siempre como asalariado, desde que me casé, hace ya más de medio siglo, hasta mi jubilación anticipada un año antes de la fecha de «caducidad». A lo largo de todo ese tiempo, en el que sufrí algún período de paro y más de un quebranto económico de consideración, en mi familia no ingresaba más sueldo que el mío, sucesivamente como redactor, jefe de sección, redactor-jefe de la agencia Efe, y finalmente director de «Vida Nueva», con igual salario que en la agencia de noticias. Ni una peseta más.
 
Con ese sueldo único y a pesar de las quiebras que apenas señalo, pude sacar adelante una familia de diez personas –por la inclusión periódica de mi madre o mi suegra-, dar estudios superiores a los siete hijos, casarlos, comprar piso a los dos mayores cuando los inmuebles no se habían disparado hasta las nubes, mejorar sucesivamente de vivienda, transformar con el esfuerzo de toda la familia los fines de semana, un secano de hectárea y media absolutamente improductivo en una hermosa finca de regadío plantada de mandarinos y, finalmente, montar un camping en terreno propio y, de nuevo, el trabajo de la familia entera, a las afueras de Ávila, en la carretera de Sonsoles, que regentó mi mujer como titular, directora y mujer orquesta, de modo que igual atendía la recepción que servía un carajillo en el bar o limpiaba los baños del público.
 
Cierto que nunca tuvimos coches nuevos salvo en las postrimerías del camping (años 2001-2002), que por necesidades del servicio adquirimos una furgoneta Kangoo de primera mano, pero también es cierto que nunca privamos a nuestros hijos de las vacaciones colectivas de la tribu, ni de las suyas personales en los campamentos scouts. Primero, invadiendo la casa de la abuela en el pueblo, luego en una casita de huerta, también en el pueblo, sin agua corriente, luz ni demás servicios básicos, pero a 20 kilómetros del mar, lo que nos permitía bañarnos muchos días en las playas de Castellón; más tarde de pensión por esas rutas de España, metidos los nueve en un Citroen dos caballos; a continuación de camping en tienda de campaña y, finalmente, en una caravana, con la que nos atrevimos a salir al extranjero (Portugal y Francia).
 
Cierto, igualmente, que vivimos siempre con el cinturón apretado, en términos austeros, ahorrando peseta a peseta, euro a euro, trabajando toda la familia como estajanovistas, pero asimismo cierto que a nuestros hijos nunca les falto nada importante, sobre todo el amor sin límites de su madre, y con el de ella, el mío. Vistieron siempre como maniquíes, y fueron avanzados en tener los aparatejos que, increíblemente desarrollados, hoy inundan el mercado y los hogares: una calculadora compleja de Texas Instruments que me costó un pastón, y un ordenador pionero Amstrad de 16 k de memoria interna, que también valía lo suyo. Asimismo fuimos de los primeros que tuvimos lavadora automática, una de aquellas Hoover que se cargaban por arriba fabricadas o distribuidas por Manufacturas Metálicas Madrileñas, y que además servía a mi mujer para esconder los papeles comprometedores cuando venía la policía a registrar a deshora nuestra vivienda del poblado dirigido de Manoteras de Madrid.
 
Llegados a este punto, me atrevo a preguntar: actualmente, un periodista con un salario medio, ¿sería capaz de mantener con su único sueldo una familia de nueve o diez personas, dar estudios superiores a todos sus hijos y tener vivienda propia medianamente decorosa y sin hipoteca eterna? Resultaría verdaderamente milagroso. Ni siquiera trabajando ambos cónyuges y dejándose la piel en el tajo. Tendrían, sí, los dos, su propio vehículo, con el gasto correspondiente de compra, mantenimiento, seguros, impuestos y demás gabelas. Un ordenar portátil cada uno de ellos, teléfono móvil personal toda la familia, uno o varios televisores de pantalla gigante, lavadora, lavavajillas, secadora, aspirador y no sé cuantos cachibaches electrodomésticos más. Pero ¿pueden liberarse de la hipoteca hasta Dios sabe cuando?, ¿pueden ahorrar un solo euro?, ¿pueden ir de vacaciones incluso a los sitios más modestos sin recurrir a los créditos personales?

Y cuando digo periodista, podría extender la pregunta a todos los asalariados y a no pocos empresarios autónomos, pequeños o medianos de este país. En España, la inmensa mayoría de la gente –y no hablo de los millones de parados- es bastante más pobre que hace no tantos años. Este mes, por ejemplo, cuando los asalariados –no sé si los funcionarios también- perciban sus nóminas, advertirán que no registran ningún aumento debido al IPC, debidamente manipulado a la baja por la pericia fraudulenta del Gobierno, y en cambio verán aumentadas las deducciones a cuenta del IRPF en un dos por ciento o más, es decir, que este año cobrarán menos que el año pasado aunque el coste de la vida siga subiendo, que lo sigue haciendo bien que digan lo contrario las mentirosas estadísticas oficiales, y se encarecerá forzosamente la cesta de la compra por el incremento del IVA, que al final siempre repercute en el bolsillo del consumidor. Y quien habla de los asalariados –bendito ellos que tienen empleo- puede extenderse a los jubilados y pensionistas. En resumen, los españoles estamos condenados a ser cada vez más pobres, gracias al Estado del malestar, «progresista», depredador y ladrón que nos gobierna.
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