Viernes, 27 de noviembre de 2020

Religión en Libertad

La misma Iglesia de Cristo siempre: ni de ayer, ni de hoy ni de mañana


por Germán Masserdotti

Opinión

Escribo las reflexiones que siguen como católico y argentino, es decir, movido por la fe y por el patriotismo.

Doy por conocidos los sucesos del affaireclausura del Seminario de San Rafael”. Un buen resumen se encuentra en esta nota aparecida en Infovaticana.

Jesús dice en el Evangelio: “La mies es grande y los obreros son pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros para la cosecha” (Lc 10, 2). Resulta patente que el Dueño de la mies ha escuchado los ruegos de los fieles cristianos a la vista de la cantidad de ordenaciones sacerdotales que hubo y de la cantidad de seminaristas que cursan los estudios de la filosofía y la teología en el Seminario de San Rafael (Mendoza, Argentina) desde el momento de su fundación el 25 de marzo de 1984. Y, en primer lugar, a la vista de los frutos apostólicos que se siguieron de la celosa labor sacerdotal del clero de San Rafael en la Argentina, mi Patria, y en otros países. Se trata de un hecho. Deo gratias!

La pregunta, entonces, es la siguiente: ¿cómo se explica que haya tomado forma la próxima clausura del seminario? Todavía antes, ¿es explicable algo así?

A lo largo de los meses se ensayaron varias respuestas. Algunas, animadas por la auténtica fe católica y por la suprema lex del Derecho de la Iglesia que es la salus animarum. Otras, mejor olvidarlas, pero no puede dejar de mencionarse que responden a un mentalidad mundana, es decir, ajena la Cristianismo, que plantea la falsa antinomia entre una Iglesia de hoy y ¿una Iglesia de ayer? ¿Habría, también, una Iglesia de mañana?

Algo incomprensible, por otra parte, salvo que se pierda de vista lo explicado por San Pablo VI: “Al acontecimiento religioso no se le puede comprender adecuadamente si se le considera tan sólo en su dimensión humana, psicológica y socialmente comprobable. Hay que descubrir también su dimensión espiritual, o, lo que es igual, la conexión e inserción en el misterio de la comunión del hombre con Dios, es decir, en el misterio de la salvación. Esto significa captar, en cuanto es posible, la verdad precisamente «religiosa» de ciertos sucesos especiales, que podrá ser asida por entero sólo cuando se tuviere en cuenta el contexto espiritual del fenómeno religioso al cual se refiere el acontecimiento, y -por encima de la sola competencia profesional- la luz de la fe, la única que puede ofrecer plena comprensión, sobre todo en determinadas circunstancias, de tal verdad religiosa” (Mensaje para la VI Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, 21 de abril de 1972).

En la misma línea de lo dicho arriba por San Pablo VI, al Misterio de la Iglesia nos acercamos teniendo en cuenta su propia naturaleza o, de otra manera, lo terminamos desfigurando. Plantear una lectura de la vida cristiana de acuerdo a las expectativas de la Iglesia de hoy es, lamentablemente, rechazar la sabiduría y la voluntad sobre la Iglesia de Nuestro Señor Jesucristo, su divino Fundador.

Llama la atención, digo, que para avalar las “expectativas de la Iglesia de hoy” se invoque al Concilio Vaticano II por un doble motivo. En primer lugar, porque de la lectura atenta de los documentos conciliares, sobre todo de la constitución dogmática Lumen gentium sobre el misterio de la Iglesia, no se sigue esa necesidad de adaptar de manera anómala la Iglesia al mundo de hoy. Si se trata de la constitución pastoral Gaudium et spes, que plantea las relaciones de la Iglesia con el mundo actual, lo pastoral debe comprenderse y practicarse de acuerdo al depositum fidei, es decir, la Gaudium et spes debe interpretarse a la luz de la Lumen gentium y de los documentos magisteriales anteriores al Concilio Vaticano II. Si se trata, a su vez, de los respectivos decretos conciliares sobre los miembros de la Iglesia en particular (Christus Dominus, sobre el ministerio pastoral de los Obispos; Presbysterorum ordinis, sobre el ministerio y la vida de los presbíteros; Optatam totius, sobre la formación sacerdotal; Apostolicam actuositatem, sobre el apostolado de los laicos; Perfectae caritatis, sobre la adecuada renovación de la vida religiosa), en ninguno de ellos figura una indicación de conformarse con la mentalidad de este mundo: “Nolite conformari huic saeculo, sed transformamini renovatione mentis” (Rom 12, 2), es decir, “no os amoldéis a este mundo, sino, por el contrario, transformaos con una renovación de la mente”.

En segundo lugar, invocar al Concilio Vaticano II para justificar la clausura del seminario de San Rafael es contrario a los hechos. Efectivamente, el seminario sanrafaelino nació bajo el auspicio de la auténtica renovación promovida por el Concilio Vaticano II. Basta, nomás, repasar su historia para comprobarlo.

Entonces, ¿cómo se explicaría la anuciada próxima clausura? Me parece que, desde el sentido cristiano y común de la vida, resulta inexplicable. Solamente podría responder al espíritu anticristiano. Y esto es dicho no porque quien esto escribe se considere el Padre Pío, sino porque existe algo denominado por la Tradición de la Iglesia como sensus fidelium. A Dios gracias, Él no abandona a su Iglesia ni a sus miembros y, sin perder de vista las limitaciones de cada uno de nosotros, por su sola gracia nos confirma en la fe auténtica.

Dije arriba que escribo estas líneas como católico y como argentino. Habiendo escrito arriba desde la fe, ahora me importa hacerlo desde el patriotismo.

La historia del seminario de San Rafael (Mendoza, Argentina) es un ejemplo felizmente logrado de una casa de formación sacerdotal en la que se conjugan amigablemente la fe católica y el patriotismo. Lo que debería ser común en la vida de todos los cristianos, por otra parte. Aquí, y de modo inalterable, se comprueba esa amable y viril impronta que le otorgó el padre Alberto Ezcurra Medrano, insigne sacerdote argentino. Un sacerdote católico que siempre predicó, especialmente a los fieles laicos, el Reinado Social de Jesucristo. Sus principales afanes apostólicos se orientaron a que la Argentina cuidara y defendiera ese carácter católico impreso por la Corona castellana en América. Porque el padre Ezcurra sabía, como buen sacerdote que era, que la mayoría de las almas necesita una sociedad católica para llegar a la vida eterna. Bregó, y enseñó a los sacerdotes y seminaristas, la doctrina perenne de la Cristiandad, es decir, de la información obrada por el Evangelio en orden social y, en particular, en el político.

Dios quiera que no se lleve a cabo, finalmente, la clausura del seminario. Lo cierto, también, es que Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre y, por tanto, auténtico amante de su patria –al punto de que que lloró al ver a Jerusalén infiel a la Promesa– sigue vivificando esa llama viva de fe y de patriotismo a lo largo de los siglos. Los simples fieles cristianos, religiosos y clérigos pasaremos y, sin dudas, deberemos rendir cuentas a Dios de cada uno de nuestros pensamientos, palabras, obras y omisiones, pero Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre. Algunos podrán clausurar un Seminario, pero nunca podrán apagar la llama viva y vivificante de la Fe verdadera que busca reinar en cada uno de nosotros, en nuestras familias, en cada uno de los grupos sociales y, especialmente, en nuestra querida Patria.

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