Miércoles, 30 de septiembre de 2020

Religión en Libertad

Hombre agitado, hombre cansino


por Carmen Castiella

Opinión

¿Por qué el hombre actual tiene que estar siempre haciendo algo?

Fue muy iluminador el modo en que comenzó el confinamiento. Todos teníamos saturado el móvil con actividades virtuales de todo tipo: visitas a museos, manualidades sin fin, horticultura, gimnasia y yoga, cursos on line de todo tipo, culto a la gastronomía, videoconferencias y conciertos… Grotesco. Nunca se le había exigido tanto al perímetro de lo cotidiano. Cualquier cosa con tal de no quedarnos en silencio en nuestra habitación.

Elogio de la pereza. Parodiando los célebres Elogios postmedievales, Jacques Leclercq tituló así su discurso de ingreso en la Libre Académie de Belgique en 1936. Han pasado muchos años y me parece profética la lucidez con la describió la velocidad y trepidación de la sociedad que venía. Con ironía y sentido del humor, reivindicaba hace más de ochenta años la serenidad y la contemplación. Podría haber sido también un Elogio de la lentitud. Discreto y profundo, porque no pretende enseñarnos a “bien vivir” sino simplemente a “vivir”. Irónico al cantar la dulzura y la virtud de la indolencia.

Sobre el mismo tema, recomiendo también un ensayo de Jorge Freire, ganador del XI Premio Málaga de Ensayo 2020, titulado Agitación. Sobre el mal de la impaciencia, en el que pone de manifiesto que España se ha convertido en una enorme esterilla de yoga. Es buenísimo al describir la transición del Hommo Agitatus al Homo Coñazus. Es decir, no solo hay que estar continuamente haciendo cosas sino que también hay que contarlo después en instagram o youtube. Adultos que adolecen de adolescentes. Niños distraídos. No es un aguafiestas, sino un tío lúcido y luminoso que reivindica la alegría natural del hombre que se gobierna a sí mismo.

A mí personalmente, muchas preocupaciones y ocupaciones inútiles me han robado tiempo y energía y me han inyectado prisas durante años. Cuánto me ha costado desaprender el frenético y equivocado sentido del aprovechamiento del tiempo que me inculcaron. No solo a mí sino a una generación entera. Extenuante. Agónico. Cada minuto cuenta. Todo es cuestión de organización. Y el ocio es siempre ocio activo, cambio de actividad, nada de perder el tiempo… Hay entre nosotros muchos adictos al trabajo y a la acción que, extenuados, cantan ahora las maravillas de la meditación y el yoga. Es lógico.

Esta hiperactividad y autoexigencia, unida a la saturación de estímulos que recibimos, genera enorme confusión y cansancio. El exceso de ruido e imágenes de las pantallas nos aturde y dispersa. Llega un momento en que es difícil silenciar tanto ruido interior y uno empieza a estar cada vez más ansioso y más cansado. Entonces descubre el mindfulness o se ensimisma con la meditación y las asanas mientras repite mantras como un autómata con tal de conseguir algo de silencio en su maltrecho mundo interior.

Son caminos, más bien atajos, que buscan reparar el daño producido por la actividad sin objeto y el trabajo sin límite. Son parches para reducir el malestar interior de un hombre que no se posee a sí mismo. Para conseguir “aguantarse” y que le aguanten, necesita vaciarse y ensimismarse un rato. En lugar de poseerse, conocerse y ponerse en presencia del Creador, opta por la disolución del yo. Son parches porque no consiguen reducir el ruido interior sino solo bajar el volumen durante un rato. No construyen una identidad sino que disuelven el yo, y un yo cada vez más vacío se hace menos capaz para la relación, el diálogo y la entrega. Pero como el alivio es real, se vuelven cada vez más radicales en la reivindicación del “método”, ya sea meditación, yoga o mindfulness. Lo entiendo. Sentarse en la esterilla y meditar alivia a cualquiera. Por supuesto que alivia. Pero hay un camino de mucha más hondura y eficacia para alcanzar la paz interior.

No necesitamos buscar fuera lo que ya tenemos entre los milenarios tesoros de la Iglesia. “Venid a mí los que estáis cansados y agobiados que Yo os aliviaré”. Jesús es fiel a sus promesas y nos promete a los cansados y agobiados que si acudimos a Él, nos aliviará. Nos promete también que su yugo es llevadero y su carga ligera. Y Él es fiel a su palabra.

Por eso, no hay mejor método de relajación que la oración. No hay descanso para el alma de mayor eficacia y hondura. No hay asana capaz de regalarnos la paz que nos da un rato de oración pasiva ante Jesús Eucaristía. No hay mantra que pueda infundirnos la serenidad y energía que nos da el rosario. Cuando lo tocamos y pasamos las cuentas, estamos dando la mano a nuestra Madre. Caminamos a su lado. Nos colocamos bajo su manto.

No creo que el confinamiento por el Covid tenga una clara “moraleja” ni quiero forzar esa búsqueda de sentido, que llevará su tiempo. Pero esta desaceleración forzada ha acrecentado en mí ese gusto por la lentitud y la contemplación. La vida no es humana si no hay silencio y lentitud en ella. Acumular carrera tras carrera no es acumular montañas sino vientos y tempestades.

Transcribo por su actualidad una parte del discurso de Leclercq Elogio de la Pereza. También porque en la oración hay que saber esperar sin impacientarse. Los tiempos de Dios no son los nuestros, pero Él cumple sus promesas:

“Leemos en el libro del éxodo que Dios llamó a Moisés a la montaña. Moisés subió y penetró la nube que cubría la cúspide. Esperó la voz divina pero Dios no habló.

»Moisés esperó una hora entera, esperó un día. Esperó otro día. Dios guardaba silencio. Un tercer día, un cuarto día, Moisés esperó toda una semana. El séptimo día, Dios habló.

»No se hace venir a Dios como se llama a un ordenanza. Para oír la voz de Dios hay que saber esperar. Saber perder el tiempo, según el lenguaje de hoy…”

El anciano Simeón esperó toda una vida y los Reyes Magos llevaban años estudiando el cielo. Y el mismo Jesús vivió una vida oculta y pausada de 33 años y se fue 40 días con sus 40 noches al desierto para acumular reservas de silencio y oración…

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