Jueves, 23 de mayo de 2019

Religión en Libertad

Irlanda, aborto, pederastia


El problema no es ser madre o no serlo, sino ser madre de un hijo vivo o de un hijo muerto. Tener un bebé nunca, nunca, será tan duro a la larga como tomar la decisión de no tenerlo.

por Pedro Trevijano

Opinión

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Para los que creemos en el valor de la vida humana, es indudable que el resultado del referéndum sobre el aborto en Irlanda ha supuesto una gran decepción. Cuando he visto la alegría de mucha gente celebrando su presunta victoria, no he podido por menos de pensar en tantos niños que van a ser víctimas de ese crimen horrible y de tantas madres que consciente o, en muchísimos casos, inconscientemente, van a arruinar sus vidas cometiendo esa salvajada de asesinar a su hijo al hacer todo lo contrario de lo que dice el instinto materno.

Debo decir que desconozco, o al menos nunca me he encontrado con él, el caso de la mujer que haya quedado traumatizada y con serias consecuencias psíquicas como consecuencia de no haber abortado, mientras que por el contrario he tenido que enfrentarme muchas veces al drama y a la tragedia de las personas, generalmente mujeres, pero algunas veces también hombres, que han visto deshechas sus vidas como consecuencia del aborto.
 
La realidad es que el aborto no cura ninguna enfermedad física ni psíquica, sino por el contrario, las agrava. Desde luego mi experiencia personal y lo que oigo y leo en los profesionales de la salud que hablan de estos temas es que el aborto es una solución desastrosa, con gravísimos traumas psíquicos y morales, que van haciéndose mayores con el paso de los años.
 
Nuestros actos son a menudo irreversibles y sus consecuencias están con frecuencia fuera de nuestro alcance. Antes de hacerlo las mujeres deben ser informadas de las secuelas y repercusiones del aborto, porque el aborto conlleva un sentimiento de culpa, por lo que sufren graves depresiones, autorreproches, remordimientos, insomnio, pesadillas y trastornos de conducta como la promiscuidad o el alcoholismo, quedando con frecuencia marcadas con un síndrome postaborto, que se presenta antes o después a lo largo de la vida, independientemente de ideologías o creencias, y se expresa con problemas graves de personalidad, inestabilidad emocional, agresividad contra el médico que les ha inducido y a quien no quieren volver a ver, o contra el marido o compañero con un número muy elevado de separaciones y divorcios en el primer año tras el aborto, pues se quejan, en la inmensa mayoría de los casos con razón, de no haber recibido información veraz y completa acerca de las consecuencias físicas, y sobre todo psicológicas, que ese aborto tendría para ellas. Y es que el problema no es ser madre o no serlo, sino ser madre de un hijo vivo o de un hijo muerto. Tener un bebé nunca, nunca, será tan duro a la larga como tomar la decisión de no tenerlo.
 
En el plebiscito anterior sobre el aborto, en 1983, Irlanda aprobó ilegalizarlo por un estrecho margen y con una participación un poco por encima de la mitad del censo. Ahora bien, ¿qué ha pasado para un cambio tan radical en la opinión pública?
 
Recuerdo que en el seminario, hará ya unos sesenta años, pero sigue siendo válido, nos decían: “El pueblo donde cae un mal sacerdote queda arrasado en lo religioso para mucho tiempo”. Irlanda ha sido uno de los países que más ha sufrido por el escándalo de la pedofilia. Benedicto XVI, en su carta pastoral del 19 de marzo de 2010, dice a los sacerdotes y religiosos irlandeses culpables: “Habéis traicionado la confianza depositada en vosotros por jóvenes inocentes y sus padres. Debéis responder por ello ante Dios Todopoderoso y ante los tribunales debidamente constituidos. Habéis perdido la estima de la gente de Irlanda y arrojado vergüenza y deshonor sobre vuestros semejantes. Aquellos de vosotros que son sacerdotes han violado la santidad del sacramento del Orden, en el que Cristo mismo se hace presente en nosotros y en nuestras acciones. Junto con el inmenso daño causado a las víctimas, un daño enorme se ha hecho a la Iglesia y a la percepción pública del sacerdocio y de la vida religiosa”, aunque también hay que decir que, por supuesto, no es la causa única de descristianización y que como nos muestra lo que sucede en países como Alemania o Estados Unidos, el número de sacerdotes o religiosos implicados en este delito es una muy pequeña minoría en el conjunto de acusados y condenados por ello, mucho menor que otros grupos, como pueden ser los profesores y monitores de Educación Física.
 
La Iglesia ha tomado conciencia del problema. Ya con San Juan Pablo II se dieron órdenes de que, frente a la pederastia, tolerancia cero, y se dictaron para el Derecho Canónico una serie de disposiciones mucho más severas en conjunto que las de los códigos penales de los Estados. Parece ser que las medidas son acertadas, pues se está dando una gran reducción en el número de nuevos casos.
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